Verdades ocultas

— Esto pasará en breve… ahora mismo, en un rato. — Alarate le hablaba. Obnet lo escuchaba con la mano izquierda sobre la cara sentado en el Trono Gubernamental.

— ¿Estás seguro de lo que estás diciendo? — Replicó Obnet, pero al terminar de pronunciar esas palabras, se arrepintió de haberlas dicho.

Alarate sólo lo miró moviendo los ojos.

Luego retomó su posición normal de vista al frente.

— Dime más. Todo lo que alcances a ver — dijo Obnet a Alarate

— Será un cambio de era. El evento de la misma está por suceder. Podría pasar de muchas formas, nueve mil treinta y seis para ser precisos son aquellas que tienen los finales más distantes. Darkón será acorralado, llevado a defenderse, tú tendrás que escoger estar a su lado o en su contra. Estando en su contra, hay múltiples líneas de las cuales veo muchas quedándote solo o muriendo. Y a pesar que de Darkón pierde, se lleva a muchos con él. Todos nosotros nos iremos con él. Si estás a su lado, deberás ser un traidor, es la única posibilidad. —

Y Alarate giró el cuello y lo miró. Tenía una telilla blanca cobre sus pupilas.

— Deberás ser el mejor traidor o te matará y eso nos llevará con contigo a la muerte definitiva y también se llevará a todo el universo. Si hay o no hay otro ciclo después de éste, es incierto para nuestro oráculo. —

Alarate tensó sus palabras: — Deberás seguir sus planes y alabar sus ideas, deberás tener una inteligencia felina, la valentía de una fiera y el coraje de tu padre para salvarnos; salvar a tu gente —

Y el Shidorl se sobaba las manos por delante entre las telas de su sotana.

— Está en tus manos decidir el futuro de los Pondaror y el evento que desencadenará todo está a punto de suceder. Ya lo verás. Todo indicará lo contrario. Cuando creas que pierdes la cordura, estaré a tu lado, quien desapasionado por las demás civilizaciones te ayudaré a ti y sólo a ti. Este es mi propósito. Deberás ser muy perspicaz. Todas las pruebas te dirán lo contrario. Debes estar muy atento a tus pensamientos y a tu corazón Obnet. Debes siempre recordar que… — Y tres golpes sonaron desde la puerta principal.

— Que yo siempre estaré contigo —

Un guardia entró súbitamente llevándose la mano derecha al pecho, haciendo el gesto de saludo Pondaror e irguiéndose. — Saludos gran Obnet —

— ¿Gran Obnet? — pensó Obnet — ¿Qué ocurre? — dijo sin levantarse de su asiento que estaba a tres peldaños del suelo. — La nave de Darayana señor — dijo el guardia sin perder su postura rígida — Fué atacada señor. Todos murieron —

Alarate se acercó a Obnet quien estaba inmobil y le susurró algo al oído.

Obnet no movió ningún músculo, permaneció en silencio con los ojos abiertos tratando de controlarse hasta que no pudo más y se puso de pie empujando a Alarate con sus hombros.

— Y Ziro ¿Iba con ella? — No lo sé señor — y Obnet bajó los tres peldaños y salió raudo de la sala.

Entró a su estudio principal. Caminó con las manos en la cabeza. Sus ojos se tornaron rojos y las lágrimas adornaron sus mejillas.

Llegó frente a un vidrio separador y se vió la cara, estaba deformada del dolor. Un nuevo pisotón del destino le caía del cielo.

Un guardia llegó corriendo. Se detuvo en la entrada y vio a Obnet inquieto. El guardia abrió la segunda puerta de par en par.

— Pronto llegaría la comitiva de Consejeros. Señor — dijo mientras se agachaba para sacar el seguro.

— Maldito Alarate, no me ha predicho esto… Mi amada. ¿Acaso está muerta? no puede ser. El que haya hecho esto, lo pagará. No importa quien sea. — Pensaba.

De pronto comenzaron a llegar toda clase de ancianos y personas adultas muy fornidas. Todas morenas de piel. Algunos con distintivas insignias en sus hombros.

Tomaron asiento uno por uno en silencio. Se escucharon unos pasos de alguien corriendo hacia la sala.

Dando grandes zancadas entró Cochran jefe de guardias y amigo de Obnet — Ziro está a salvo. No iba en la nave — Dijo Cochran a penas entró.

Luego dijo, para todos, a viva voz: — Creemos que fue una emboscada —

— ¿De quién? — interpeló Obnet

— Los Kantorianos, señor — respondió Cochran.

Los ancianos comenzaron a murmurar.

— Dayanara quiso tomar esta misión personalmente. Traía los resultados del análisis del robot Kantoriano que asesinó a su padre, el gran Greonet, en la reunión Decacemal. —

— Pero si destruían la nave, se pondrían al descubierto. ¿Acaso creen que no tomaríamos represalias? — Dijo Obnet y pensó: — Es un descuido muy grande. ¿Estrán haciendo alarde de su poder militar? ¿Por qué con nosotros? ¿Acaso quieren una guerra? —

Alarate llegó caminando despacio. Con ambas manos agarradas por el frente por debajo de su sotana color azul profundo. Mirando a todos en silencio.

Se percató de una luz roja que parpadeaba en uno de los monitores. Miró a Cochrane y luego sus ojos miraron tan arriba que se perdieron detrás del párpado superior, dejando ver su blanca esclerótica.

Cuando sus ojos volvieron a la normalidad, caminó rápido, se adelantó a Cochrane, quien iba al mismo panel, casi en una competencia. Luego dijo. — Obnet. Mira. Un mensaje —

Cochrane no alcanzó a llegar y tropezó con Obnet.

Obnet miró atrás. Estaba tan ensimismado que no se percató del empujón.

— Una señal encriptada — dijo Alarate mientras presionaba algunos botones.

Luego la pantalla cambió a mostrar planos galácticos.

Un punto rojo, punzante en la orilla derecha superior, destacaba sobre el resto de pigmentos violáceos y acusó lo que muchos sospechaban.

— Fue ella — dijo Obnet. Envió un mensaje.

Obnet comprendió que aquel punto rojo pertenecía a la trayectoria de la nave que traía a Darayana

Cochrane dijo: — Quizás al verse atacada alcanzó a enviar un mensaje encriptado. Nuestros analistas lo verán en un momento. — entonces Cochrane comenzó a presionar una serie de botones para enviar el mensaje a la central de inteligencia.

Obnet se acercó al mesón principal, al centro de la sala.

Apretó un par de botones en el canto de madera y un holograma se encendió sobre la mesa.

— Envíalo aquí — Inquirió.

Cochran lo miró y presionando solo un botón hizo que un holograma se dibujara sobre la mesa.

El ambiente era lúgubre, cada uno sentía el inmenso peso de la pena de Obnet su Goberante, en su mismo corazón.

A pesar de que ninguno utilizó sus ojos Iyuwe, era lógico encontrar un aura verdosa y amarillenta en cada uno. Todos, a pesar de su ideología, empatizaron con el otro en aquel momento.

Obnet parecía sombrío, nervioso e inquieto. Tenía una sombra negra sobre el rostro, parecía hecho de piedra y pestañeaba irregularmente perdido en sus pensamientos.

Nadie decía nada, nadie sabía que hacer más que esperar las órdenes de su líder y acatarlas. Este no solo era un ataque a la familia del Gobernante, sino que un atentado a toda la nación.

Cuando se terminó de dibujar lo que parecía ser la cabeza despedazada del robot Katoriano asesino de su padre.

Aparecían algunas letras flotantes que señalaban algunos compuestos químicos encontrados, pero al hacer zoom, se encontró una marca de residuos de silicio. Un silicio muy especial, único.

Entonces el compuesto químico del silicio tomó la forma de una esfera, la cual ascendía fuera del planeta y viajaba en línea recta haciendo una cuerda punteada que llegaba fuera del súper cúmulo y se detenía peligrosamente cerca del planeta Kantor y se quedaba titilando con una luz roja.

— ¿Acaso esto indica que la marca de carbono pertenece a esta parte de la galaxia? — dijo Cochran.

— Esto es extrañamente cerca de los Kantoriano, señor — sentenció finalmente.

— ¿Pero es posible que ostenten esta rebeldía en contra nuestra? ¿Acaso no saben que Darkón está esperando el más mínimo movimiento para atacarlos? — Le preguntó Obnet a Alarate.

Alarate lo miró pero no le dijo nada.

De pronto, Rufus. Un anciano grande, de boca prominente, de cabellos rizados y negros se acercó a Obnet. Lo tomó del brazo y le dijo al oído: — Todo esto es muy raro… Los Kantorianos no nos harían daño. Hubo muchos encuentros amistosos entre tu padre y el consejo Kantoriano. Aquella vez en la reunión Decacemal se iban a presentar nuestros avances en negociaciones con el otro supercúmulo. Darkón iba a… — Pero Cochrane se acercó y los interrumpió.

Cochrane le dijo a Obnet en el otro oído: — Todo esto es muy raro, ¿no? Malditos Kantorianos, deben pagar lo que hicieron —

Obnet se aclaró la garganta y apartó a Cochran para hablar alto al resto del grupo, el cual susurraba incesantemente discutiendo y aclarando lo que se acababa de ver en el holograma.

Alarate se quedó lejos de Obnet pero lo miró fijamente.

Obnet dijo — Dayanara ha muerto. Nos ha enviado este mensaje antes de ser atacada. Se ha encontrado una huella en el silicio del robot… hueya restrable al super cúmulo de Álbaran en donde viven los Kantorianos

— Debemos atacarlos — Dijo Branet uno de los consejeros escogidos por el pueblo. Y todos enardecieron

— ¡Sí! — gritaron. Había consenso.

— Debemos prepararnos. — dijo Obnet mirando a Alarate

— Debemos prepararnos como nunca antes. No podemos dejar que esto quede así. ¡Los Kantorianos se han pasado del límite!

— ¡Sí! — gritaron todos nuevamente.

Obnet los miró uno a uno señalando de acuerdo a su rango y aptitudes lo que debían hacer ahora. Pero Rufus no hizo nada. No movió ningún músculo pensando en la decisión que Obnet acaba de tomar.

— Hay que hablar con nuestra gente. Hablar con nuestros ejércitos. Con nuestros pueblos amigos — Y con un dolor en el corazón Obnet dió la orden final: — Debemos defendernos de este ataque. Nos lo tomamos muy a la ligera. Será decretada la ley marcial. Hay un traidor entre nosotros o entre los pueblos amigos, solo los Ruminitas y los Gloan sabían de esta misión. Será responsabilidad de todos saber cómo y quién fué el responsable de filtrar la posición de la nave de Darayana en esa trayectoria que se suponía era secreta. Debemos declarar la guerra — y Obnet miró de nuevo a Alarate quien cruzó su mirada sin hacer ningún gesto.

Alarate también miró a Rufus, quien comprendió el mensaje al instante. — Esto es cosa del destino — Pensó Rufus.

Obnet salió de prisa por la puerta principal que los guardias se apresuraron a abrir.

— Cochran. — Llamó Obnet. Cochrane lo siguió.

Cuando llegó frente a Alarate se detuvo. El shidorl le hizo una reverencia y lo invitó a pasar. Cochrane pasó y Alarate lo siguió.

Los tres caminaron hasta el Centro Receptor de Mensajes.

Cuando llegaron, vieron el desfile de luces azules, amarillas y rojas desplegadas por todos lados. Y en cada rincón había un Pondaror moviendo hologramas o presionando algún botón.

El rumoreo cesó de inmediato. Obnet entró hasta el medio de la sala y se detuvo.

Atrás entró Cochran y por último Alarate.

— ¿Quién fue? — preguntó Obnet al grupo.

Cochrane apuntó a una de las esquinas a un operario.

Obnet se acercó a él, quien quiso ponerse de pie ante la llegada del Gobernador, pero fue interrumpido por éste con su mano en el hombro, obligándolo a sentarse de nuevo.

— ¿A qué hora fue recibido el mensaje? — El pequeño operario buscó en su monitor y dijo — Hace seis horas y treinta y dos minutos, señor. Pero lo hemos descifrado hace pocos minutos. Justo después de recibir… bueno… la noticia. —

Alarate caminó rápido para susurrar algo en el oído de Obnet — No debes perder la compostura — Le dijo. —

Obnet cerró los ojos y luchó contra su ira. Inspiró profundamente. — Alarate le susurró al oído nuevamente. — Debemos reunirnos. En poco tiempo recibirás un mensaje de los Koratak. —

Obnet se alejó de Alarate y le preguntó al operario — ¿Qué codificación usó Darayana para enviar el mensaje? — Codificación Rose, señor — Obnet dijo casi imperceptiblemente — No es lo que parece — Miró a Alarate y ambos salieron de la sala.

Caminaron un rato hasta que entraron a una pequeña habitación que tenía una puerta con cerrojo. Todo parecía calmado. Las paredes eran de piedra caliza blanca. El techo estaba a unos 20 metros del suelo y las paredes culminaban en lo alto en dos grandes ventanas que apuntaban de norte a sur. Al costado de la escalera, se detuvieron. Obnet se giró y dijo — Pues ya!. Habla! —

— Cuando cuelgues la llamada del Koratak, comenzará el resto de la historia tuya. Contigo y con Darkón. Estarás bajo el filo de su espada en cuatro ocasiones. Debes actuar bien, debes jugar tu mejor papel. Ya te lo he dicho, debes ser el mejor traidor de la historia. Yo no podré hablarte en ningún momento de esto, si lo hago, desencadenaría eventos oscuros, turbios y sin ningún buen augurio. Estaremos vigilados recelosamente día y noche. Hasta que nos separen y solamente tres veces podremos cruzar miradas hasta que todo esto termine. Tus emociones deben ser encerradas bajo siete llaves. Tus sentimientos más profundos deben ser suprimidos — Y Alarate comenzó a rodear a Obnet

— Y completamente domados. De esto depende la paz, de tus movimientos y de la destreza de su ejecución. Debes confiar en mis palabras, todo estará en tu contra, sabrás verdades que tendrás que ocultar bajo una sonrisa. Darkón debe ser destruido con toda su prole. ¿Sabes que los Sporo son descendientes genéticos de los Koratak ¿No? —

— ¡Claro que lo sé, todo el mundo lo sabe! — Toda su prole — Repitió Alarate asintiendo co la cabeza.

— Hay muchos caminos — enfatizó el Shidorl — Depende de tus decisiones y cómo actúes en el momento adecuado. Lamento no tener tiempo de saber en qué línea temporal nos encontramos para darte un mejor consejo. Los caminos del destino son azarosos, nuestro oráculo los ve a todos, pero los hombres son libres de tomar el que les plazca y el futuro de Ziro, tu hijo depende de eso, su vida así como todas las demás, dependen de cuan buen traidor seas. — Y ambos mantuvieron un silencio que se propagó más allá de los normal.

— ¿Recuerdas lo que se habló en aquel círculo de traición, no? —

— ¡Claro que lo recuerdo! Jaden nos dijo muy claramente que… — Pero fue interrumpido por Alarate quien lo pausó mostrando ambas palmas de la mano como empujando sus palabras de vuelta de a la boca —

— No debo saber nada de eso. Es muy peligroso. Obnet, lo sabes —

Obnet que ya estaba enardecido, lo miró con enojo y dijo: — Soy yo quien tiene que tomar todas las decisiones. Seré yo el que encarne a este papel tan nefasto que tú junto con tu especie han confabulado. ¿Acaso no están todos ustedes de acuerdo? ¿Acaso no sería una buena oportunidad para matar varios pájaros de un tiro? Los Pondaror y los Koratak — Obnet levantaba ambas manos señalando sus puntos — Monopolio del Litio de las galaxias circundantes. Darkón se ha mantenido neutral ¿Qué razones tienes para pensar que destruirá la galaxia? Todos sabemos lo sádico que es… ¿Pero esto? —

— Tu padre lo odiaba — Replicó Alarate.

Obnet hizo un forzoso silencio para que no se le escaparan de la boca los insultos que tenía guardados. Cerró los ojos y se pasó las manos por la cara como limpiándola de malos augurios.

— ¡Soy yo el que tomará todas las decisiones!. — Dijo Obnet gritando enardecido — Soy yo el que ha perdido… tú, ser solitario sin alma. Nunca sabrás lo que es perder el amor ¿Y vienes a hablarme de sonreirle al enfermo de Darkón? No necesito sonreirle, necesito levantar un auricular… solamente un auricular para acabar con los Katorianos. No necesito ser un traidor para eso. Tu plan o el plan de tus superiores es lo que menos me importa ahora. ¿Entiendes? Pensé que tenías que decirme algo de Darayana. ¿Tienes algo que decirme al respecto? ¿Acaso te puedo interrogar sobre las líneas del tiempo que me devolverán a mi amada Darayana? —

— Sabes que no funciona así —

— Lo único que sé es que tus visiones son muy acomodadas, son casi fingidas, solamente se dirigen a un punto. Y ahora más que nunca carecen de total y completo sentido para mi. ¿No las puedes controlar, cierto? —

— Sabes que no puedo, así como tu no puedes controlar las imágenes frente a tus ojos. —

Obnet refunfuñó levemente y caminó por la habitación como para tratar de sacarse la rabia que le seguía como sombra al árbol.

— Debo convencerte de ésto, debes creerme, éste es mi papel en todo este asunto, el asunto más importante de esta era y cada uno tiene el suyo —

En ese momento casi imperceptiblemente Obnet usó sus ojos Iyuwe sobre Alarate y vió sus intenciones en un aura azulada y pálida.

— No está mintiendo se dijo — Alarate pausó su discurso y miró a Obnet en silencio quien recorría la habitación caminando de izquierda a derecha, pensativo y meditativo.

— ¿Me dices que nunca voy a sentir una pérdida? — Dijo Alarate cambiando de entonación, dulcificándola — ¿Que no tengo amor? Pues te digo que he perdido y muchas veces, en incontables vidas, más allá de tu imaginación y sosiego. Son tantas vidas que no lo podría describir —

Obnet lo miró y recordó la reunión Decacemal aquella vez el día del asesinato de su padre cuando, en sus aposentos, en la nave Llavage sintió que el karma de los Shidorl se hacía palpable y tangible. Ahora nuevamente presos de una tragedia, ambos se encontraban solos de frente, hablando del destino.

— Cada cual tiene su papel en este juego. Yo moví mis piezas hace mucho tiempo, en incontables vidas anteriores cuando hice mi jurament… — Si, si.. blah, blah, blah… — Obnet interrumpió al Shidorl con un tono burlesco.

Alarate se apretó los labios y guardó silencio.

Ambos fueron interrumpidos por un pitido.

Una tenue luz rojiza parpadeó en el antebrazo de Obnet.

Obnet se presionó el hueso detrás de la oreja, dejó pasar un par de segundos y miró a Alarate fijamente a los ojos.

Alarate se percató del destello rojizo en aquellos ojos y se irguió opulentamente demostrando sus buenas intenciones. Se agarró ambas manos por el frente, debajo de las mangas. Suspiró profundamente y caminó hasta la puerta.

La abrió, retrocedió un paso e hizo una reverencia a Obnet invitándolo a salir.

El Pondaror Obnet caminó rápidamente de vuelta al Centro Receptor de Mensajes donde lo esperaba Cochran. Entró y se dirigió a una salita de vidrio que le permitía tomar las llamadas en privado.

Una mirada del Shidorl Alarate a Cochran bastó para desocupar el lugar y Cochran dió la orden de que todos debían salir.

Obnet contestó presionando un botón del tablero de comandos de la mesa principal de la pequeña sala.

La puerta se cerró detrás de él y se escuchó un sonido blanco. Alarate y Cocrhan fueron testigos sordos de lo que ocurría al interior de la sala.

Ellos quedaron afuera y a pesar de que no pudieron oír nada, vieron todo lo que sucedía.

Al interior, en medio del sonido blanco, Obnet escuchó una voz: — ¿Hola? ¿Gran Gobernante Obnet? ¿Es usted? —

— Aquí Obnet. —

— Señor, he quedado en espera. Necesito un código cifrado para encriptar el portal de comunicación —

Obnet presionó algunos botones con números en el tablero de la mesa. Luego sonó un pitido de llamada entrante.

Obnet volvió a contestar y digitó la misma clave

—¿Hola? ¿Gobernador Obnet? ¿Me escucha? —

— Alto y claro —

— Ahora si, el portal ha sido encriptado. Un momento por favor. —

De la mesa emergió una pantalla de cristal que dejó ver la cara del Sporo que llamaba.

Obnet vió su cara velluda y unos pequeños y suaves bigotes marrones por encima de la comisura de los labios.

— Ya lo comunico, Gobernador —

Alarate y Cochran se miraron de reojo cuando vieron el rostro que siguió al Sporo era de Darkón, Emperador Koratak en persona, comunicándose con Obnet el Gran Gobernador Pondaror, directamente por una video llamada.

Fueron largos minutos en los que Obnet caminó de un lado a otro hablando y escuchando.

Cochran entre todas las palabras logró leer en los labios de Darkón la que creyó era la más fatídica de todas las palabras: guerra.

Por su parte Alarate creyó distinguir la palabra: destino en los labios de Darkón.

Ambos quedaron impresionados, dubitativos y con pensamientos herrantes al rededor de todo lo que estaba pasando. Había sucedido todo muy rápido, no habían alcanzado a acomodarse ni a descansar cuando Obnet cortó la llamada, salió de la sala como un prisionero que acaba de escuchar su sentencia.

Con la cara oscurecida, como si una sombra se hubiera posado sobre ella.

El peso de la guerra se aferraba a sus hombros. Todo lo que había querido evitar estaba ocurriendo.

Miró a Alarate con rabia. — ¿Por qué estoy haciendo esto? — murmuró, sabiendo que no había vuelta atrás.