El sueño de Gene
Luego del conteo final, salieron marchando al suelo del planeta Kraios. Planeta base militar de los Koratak.
La brisa fría le movía las pestañas y jugueteaba con los finos vellos de su rostro. El sol, oculto tras nubes de ceniza, dejaba que un manto blanco cubriera todo el planeta. Solo las montañas eran grises y parecían unas enormes garras que se cerraban hacia el pelotón.
Apenas Gene tocó tierra sintió su nombre — Gene. Soldado —
Era la voz pastosa de Galarik — Hay una misión para tí — Sígueme —
Caminaron alrededor de quince minutos y entraron a un hangar hecho de piedra.
Mientras caminaban Gene memorizó un camino hacia el bosque. El pasto escarchado acusaba unos pasos marcados por entre los árboles.
El vapor que exhalaba ocultaba los inquisitivos ojos de Gene. — ¿Galarik Sabe lo de mi General Gladius? !Claro que lo sabe¡ por eso estoy aquí… ¿Acaso moriré aquí? No puedo morir aquí — Sentía la mirada punzante de Galarik en su espalda.
Cuando llegaron adentro, un leve silbido distrajo a Gene. Miró atrás, pero Galarik ya estaba adelante abriendo la puerta con una velocidad sobrehumana.
— No lo he sentido. Ha pasado por mi costado y no me he dado cuenta — Y se sentía aún más pequeño... pequeño y débil.
Galarik esperó con la puerta abierta y la mano en el cerrojo.
Gene entró a la habitación. Galarik no entró, solo cerró la puerta por fuera.
Gene tomó asiento frente al mesón, lo miró y pudo distinguir que era un antiguo mesón-monitor que se usaba para planificar estrategias militares muy antiguo, hoy relegado a un viejo hangar de entrenamiento.
Se sentó con los pulmones helados, no había dormido. La tranquilidad y la agradable temperatura del lugar lo traicionaban. Bajó la guardia y cerró los ojos dejando que su cansancio lo inundara.
Cuando Galarik entró nuevamente por la puerta principal, mucho rato después, vió a Gene ensangrentado de inicio a fin con la boca entreabierta echado muerto sobre el mesón central.
Galarik mostró los dientes y apretó la mandíbula con una grotesca sonrisa.
Cuando avanzó vió al aspirante Mone con el pecho destrozado. Sentado como un niño en un charco rojo con un agujero abierto en el pecho como un muñeco roto.
— ¿Qué? —
Gene parecía muerto.
Apretó los controles del mesón-monitor a un costado de él y comenzó a ver la grabación de momentos antes.
Tuvo que correr el cuerpo de Gene y limpiar su sangre para poder ver completamente la escena.
En la grabación observó como Gene se sentó en la silla, vió cómo se relajaba y cerraba sus ojos.
Un instante después se abrió una compuerta trasera. Gene permanecía inmobil y desde la oscuridad de la entrada trasera entró el aspirante a Teniente Mone con su Daga cónica estirada.
Intentó clavarla en Gene, pero éste por mero instinto se dejó caer.
Mone se extrañó cuando vió a Gene tirado en el suelo y le clavó la daga en el muslo. Gene no se movió. Entonces enterró más la daga. Utilizó ambas manos. Gene no movió ningún músculo, pero de pronto, aun con los ojos cerrados tomó su daga cónica y la estiró introduciéndola en las costillas de Mone. Quien solo pudo retroceder y caer sentado con las piernas estiradas.
— Una estocada cónica en el pecho significaba la muerte. —
Observó en la imagen que Gene se levantó con los ojos cerrados como si estuviera sonámbulo y se echó acostado de espaldas en el mesón cuando un crujido se sintió punzante. Pero el dolor no provenía del video, sino de su pecho.
Se miró abajo y encontró la misma daga cónica que había dado muerte a Mone, clavada en su propio pecho.
Cuando Gene la retiró, salió violentamente un chorro de sangre que inundó la pantalla del monitor y Galarik cayó de bruces sobre él deslizándose poco a poco hacia el suelo.
Unos segundos después Gene se despertó dando un respiro muy profundo y un alarido de dolor.
Se obligó a mantener el foco y a callar la punzada permanente que sentía en el muslo.
Se hizo un torniquete con tela de sus ropas que logró rasgar. — Este no será el momento de mi muerte. Este no puede ser mi destino — dijo mientras abría la puerta para escapar.
Abrió la puerta principal. No vió a nadie, estaba todo muy silencioso.
Aquella tarde fría, hubiera escapado sin ser visto si no fuera por el camino de sangre que dejó.
Salió cojeando del hangar. — No hay nadie… no puede haber nadie. Esta era una misión secreta — Y tomó el camino escarchado que llevaba al bosque entre el hangar y las montañas nevadas.
Caminó. Caminó hasta que se cansó y desfalleció en un camino rocoso y resbaladizo.
Calló por un costado rodando por entre los árboles y siendo tapado por algunas capas de nieve.
Cuando despertó, un rato después, dió un salto.
El cuerpo le dolía, tenía hambre y sed. Se dió cuenta que su cantimpĺora podría estar congelada en esas condiciones. Y a pesar de que su ropaje militar le ayudaba a soportar temperaturas extremas, sintió que podía morir en cualquier momento.
Se recuperó y comenzó a caminar pendiente abajo para perderse entre la espesura del bosque.
La noche llegó muy de prisa y casi por obra de suerte Gene encontró una pequeña cueva al interior de una de las paredes montañosas que cortaban la vista.
Entró y caminó veinte pasos por un camino encaracolado que podía ocupar de refugio temporal.
Llegó al final de la cueva y se echó como un gato asustado entre la pared y el suelo.
Apretó un botón de su antebrazo izquierdo y se abrió una pequeña compuerta de su mochila. metió los dedos y sacó una tela muy fina y negra que le servía como cubierta en la noche.
Se tapó con ella. El frío mordía su rostro mientras su cuerpo se apagaba lentamente. Sus párpados pesaban como el metal de sus botas implantadas. Se dejó caer en la oscuridad y, de repente, cayó presa de un sueño incontenible y se durmió profundamente.
Era un sueño satírico en donde formas y ondas de varios colores que revoloteaban entre los árboles de un bosque nocturno.
Arriba en lo alto del negro azulado de la noche se recostaba sobre el fondo una especie de aurora boreal verdosa que se perdía tras las sombras montañosas a lo lejos.
Gene caminaba lento. Su pierna no le dolía. Se miraba los pies y veía claramente sus botas metálicas adheridas a su carne y piel. Miraba el cielo y se convertía en presa de los maravillosos colores que desfilaban uno tras otro en lo alto.
No se sentía cansado, pero luego de un rato ya no pudo caminar.
No podía dar el paso siguiente, se miró las botas y vió a Randel convertido en un cadaver sin piel y con la carne descompuesta que le afirmaba.
Gene lo miró para hablarle, sentía pena y tristeza por su destino.
Cuando le habló, Randel no respondió, solo lo miró mientras fluídos verdosos y gusanos salían por sus cuencas y sus narices.
Gene lo miró con desapaciguamiento y compasión, le agarró el rostro — Perdóname amigo — dijo mientras aquella imagen se transformaba lentamente en sal.
Se levantó. Vió a su madre de joven caminando a la distancia.
Iba con un ropaje de telas blancas que revoloteaban al viento.
Sintió ganas de llamarla cuando vio a una versión de sí mismo muy joven corriendo tras ella y recordó esa tarde tan feliz, cuando su madre le contó aquella historia del planeta en donde habían frutos que te permitían hablar con tus antepasados y fue presa de un dolor que le clavó la espalda.
El dolor era tan real como su experiencia misma.
Se irguió y se contorsionó, luego aquellos ojos… esos ojos de nuevo — ¿Qué es esta visión? ¿Qué son estos ojos grises? — pensaba Gene preso de un miedo creciente que venía avanzando desde su columna.
Miró fijamente a aquellos ojos en su mente, se fijó en los detalles — Sus pestañas son de color marrón — se dijo. — Su piel es gris, con destellos púrpura — Y su cabeza comenzó a dolerle.
Entre el dolor punzante y la visión de aquellos ojos, notó que su horizonte se ampliaba y ahora veía la cara completa de aquel ser que le amedrentaba y pronunciaba algo que solo Gene pudo oír.
Gene lo oyó, no tuvo dudas, se trataba de un nombre — Es su nombre… Este es su nombre — Gene pronunció Kúrus y se despertó automáticamente en ese mismo instante y como un estruendo llegó galopando el dolor de su cuerpo.
El viento azotaba la montaña. El aire estaba muy frío. Gene botaba un intenso vapor debido a su respiración y la pierna se le transformó en un dolor punzante y agudo, casi incontenible. — Kúrus — ¿Quien es Kúrus? ahhhh MALDICIÓN!!! ¿Qué me está pasando? Maldición, maldición, maldición… — Repetía y repetía mientras trataba de erguirse para seguir adelante.
— Ya deben estar cerca, maldición, me he dormido. ¿Por cuánto tiempo? ¿Quién es ese maldito Kúrus? — y doblaba la tela negra mientras asomaba la cabeza hacia el camino para cerciorarse de que nadie venía.
Cuando estuvo listo, unos minutos después, cojeando, nuevamente emprendió camino hacia la montaña. Cojeaba con la pierna izquierda, se miraba el torniquete, endurecido por el frío y la sangre se había convertido en hielo. — No voy a aguantar ni un día en este estado. Debo encontrar un regenerador celular lo más rápido posible. —
Se miró el antebrazo izquierdo. — Ahhh! maldición ¿Cuánto tiempo ha pasado? y vió que había pasado medio día de aquel planeta.
Tenía que seguir caminando rápido.
Se le desplegó un mapa.
Tenía que caminar unas cuantas horas más para llegar al primer refugio.
— Con suerte — Pensó: — Encontraré un regenerador celular en ese sitio.
Caminaba tan rápido como su fatigado cuerpo y su dañada pierna se lo permitían.
Se miraba las botas metálicas y recordaba aquel día del implante. Había comido una sobredosis de la seta Paradius-K, aunque se acostumbra usar anestesia local para cortar los pies e implantar las botas de guerra de metal, tal anestesia no se usa del todo a un cien por ciento.
— Esto forja guerreros — Según sus superiores militares.
Pensaba que seguramente de no haber sentido aquel dolor tan intenso ese día cuando le cortaron los pies y le fueron implanatadas sus botas, ahora no podría haber hecho lo que hizo.
Se arrojó con el trasero por otro costado oblicuo para ahorrar camino.
Tapó el agujero por el que descendió con ramas para ocultar su andar. Se colgó otra rama en la cintura para borrar sus pisadas, pero había comenzado a nevar, esto le sorprendió, le agradó y le entristeció en igual medida.
Le sorprendió porque nunca esperó verse ahí, le agradó porque sus pisadas iban a ser borradas por la nieve y le entristeció porque quizás moriría ahí. Solo y congelado. Muy lejos del futuro que se forjó por años en su cabeza.
— Maldición… es una misión secreta... lo olvidaba, ¿Pero cuanto tiempo se demorarán en encontrar a Galarik muerto? ¿Unas tres horas o algo así, no? — pensaba: — Me quedan algunos minutos todavía para llegar al refugio. ¿Por Qué no he visto a nadie? Mientras caminaba recordaba el rostro de su madre y la promesa que le hizo mientras dormía agarrándole las manos — Lucharé contra la Calindra, madre —
Miró abajo del precipicio que se dibujaba delante de él y vió un pequeño bunker de piedra y metal medio tapado por la nieve. — El refugio se dijo. — Avanzó sigiloso.
Cuando llegó, se escondió tras unos matorrales, esperó un momento.
Las aves cantaban, había un ruido de viento en todo el campo. Los árboles hacían un sonido blanco frotándose las hojas unas con otras presos de la ventolera.
Se veía todo despejado.
Salió para correr a campo traviesa la explanada que convergía en el refugio.
— Quedaré expuesto, pero es mi única alternativa —
Corrió lo que más le permitió su pierna. Corrió y corrió sin cesar.
Sintió un silbido a su costado, luego otro, como aves de caza que pasan cortando el aire
— Balas — pensó mientras sentía el sonido del impacto en el bunker delante de él.
— Como lo supuse, no hay otro lugar donde ir. Estoy acorralado —
Tastabilleó, esquivó algunas balas de suerte y logró entrar por la puerta principal presionando la clave secreta del pelotón.
— Me tienen acorralado. No hay donde ir —
Sintió unas voces — ¡Vamos a entrar! — provenientes de afuera.
— Maldición, maldición y cojeó para llegar a unos cajones de madera.
Los abrió — Maldición, donde está… donde está… — y escudriñaba todo lo que encontraba.
Sentía los pasos cada vez más cerca de la gente de afuera.
Abrió un cajón metálico y largo del siguiente mueble y encontró una caja fuerte de metal negro con un teclado numérico. Gene presionó la clave del pelotón y se abrió — ¡Bingo! — dijo.
Sacó el regenerador celular, el cual se componía de cinco agujas dispuestas en un pentágono para que todas tuvieran la misma separación con respecto a la otra.
Mientras lo preparaba, abrieron la puerta. Gene los miró de reojo mientras se clavaba las cinco agujas en la pierna desangrada. En ese mismo momento Gene cayó como si hubiera muerto o como si estuviera profundamente dormido.
Los que entraron, ambos, se sorprendieron cuando lo vieron. — ¿Que se ha inyectado? — le preguntó uno al otro.
El otro fue por el cajón abierto y dijo: — un regenerador celular de emergencia — Ambos se acercaron apuntándole con sus armas de fuego y poco a poco cayeron en la trampa de Gene, quien logró desdoblarse inmediatamente después de automedicarse el regenerador celular.
Lo inspeccionaron con la punta de las armas — Parece desmayado — miró las agujas del regenerador y se encontraban clavadas en plena herida — Se ha desmayado por el dolor — Le dijo de nuevo el uno al otro y quedó mirándolo como esperando una respuesta. La cual fue reemplazada por un intenso dolor en una de sus rodillas.
Gene que aún parecía dormido fue comandado por su proyección astral a apuñalar a uno de sus captores en la pierna.
El Gene desdoblado movió el brazo, lo sintió muy pesado y en ese mismo momento el Gene que parecía dormido lo movió también apuñalando a uno de los dos soldados que entraron, el cual gritó asustando al compañero que se había inclinado para ver más de cerca si Gene estaba respirando.
— ¿Pero qué ocurre? — exclamó.
El Gene desdoblado movió ahora el brazo en un zigzag rápido y violento hacia atrás el cual sintió nuevamente muy pesado, tuvo que apretar los dientes y fruncir el ceño.
El Gene durmiente hizo lo mismo desgarrando la garganta del segundo compañero, quien cayó de rodillas con una cara de pánico y sorpresa frente a una piscina de sangre que salía a borbotones de su cuerpo.
En ese instante, el Gene desdoblado cerró sus ojos, se concentró y fue expulsado hacia su cuerpo real. Se despertó y en ese mismo instante pasó rasante de nuevo la daga por el aire llevándose la vida y la garganta del que quedaba, del que había sido apuñalado en la pierna.
Todo en menos de diez segundos.
Cuando el cuerpo cayó bañándose en su propia sangre, quedó todo en silencio y Gene escuchó solo su propia respiración. — ¿Qué haré ahora? —
Saben que están muertos. Ahora deben estar acechando cada rincón del refugio y deben haber más escondidos en los árboles. Se sentó en posición meditativa y se dispuso a salir de su cuerpo nuevamente.
Cuando se desdobló pronunció el mantra de siempre: — Lo he hecho de nuevo —
Miró a su alrededor y vió las paredes del refugio convertirse en un humo negro.
Atravesó el humo y vió un par de siluetas de soldados acercándose desde el sur. Estaban envueltas en una especie de luz amarilla. Miró al rededor y vió un humo negro en forma de árboles y arbustos.
Incluso miró al cielo y no se veía nada, ni siquiera la luna. Pero distinguía muy bien entre el humo en forma de arbustos, tres soldados puestos estratégicamente. Uno al sur, uno al este y el otro al norte. Su luz se podía ver sin problemas entre tanta oscuridad por más que se escondieran.
Dos avanzando. Son cinco. y Dos que ya bajé, son siete en total. Hay otro por aquí, siempre viajamos de a parejas… ¿Dónde está… dónde está…? y miró a lo alto de una montaña y una luz tenue y amarillenta se asomaba por una roca en la cima de un pico de humo. — Ahí estás… son ocho. —
Aquel soldado en la cima de la roca más alta de la primera colina hacia el sur era un franco tirador exelente, bajo estas condiciones y a esa distancia podía dar a un blanco corriendo sin problemas y estaba listo para matar a Gene, el traidor.
Vió por la mirilla de zoom de su arma a un compañero, primero vió una luz, como un pequeño disparo que se diseminó en el aire, esto le llamó la atención.
Cambió la mira, hizo más zoom. Vió a un segundo compañero apuntando con su arma al refugio y al mismo tiempo vió como perdía la cabeza producto del impacto de una bala rápida de fuego y caía al suelo.
Con la mano derecha agarró su intercomunicador del hombro derecho y dijo: — No está en el refugio, está afuera… repito, está afuera, ha caído Trombei.
— Otro compañero respondió — OK — y al mismo tiempo se escuchó un — Haaggg — Cambió de dirección su mirilla y alcanzó a ver como su compañero era abatido.
— Maldito Gene ¿Cómo ha salido? — y concentró su mirilla en ambos que iban al asalto del pequeño refugio. Primero cayó uno, luego el otro, amables balas disparadas perfectamente.
El francotirador calculó ambas trayectorias, era sin duda un soldado exelente, pero no contaba con que Gene sabía de su posición, por lo que cuando terminó su cálculo, con una sonrisa que acusaba encontrar la fuente de ambos disparos, se encontró con la mirada fija de Gene apuntándolo con un arma de gran calibre y una bala atravesó aquella sonrisa y le hizo explotar la cabeza. — La información lo es todo — Pensaba Gene.
Gene utilizó su desdoblamiento para conocer la posición de cada uno de los soldados que venían a matarle.
Se desdobló, memorizó las posiciones, entró en su cuerpo, salió por el punto ciego y se escondió.
Rodeó el lugar, mató al primero, robó su arma, se movió rápido y los fue matando entre las sombras, así como una maldición que aniquila gente, fueron cayendo uno por uno todos aquellos que se interpusieron en su camino aquella tarde: — Maldito Kúrus, Quien eres!!! — pensaba Gene, mientras corría escapando, ya recuperado en un gran porcentaje gracias al regenerador celular aplicado de una vez en su pierna.
Gene dejó los ocho cuerpos atrás, pero el eco de sus muertes seguía en su mente.
Sus botas resonaban en la nieve.
Cada sombra era una trampa. Cada rama crujiente, un delator. — No pueden encontrarme. No pueden encontrarme. — Se repitía una y otra vez mientras se internaba en la montaña. — ¿Qué está pasando? ¿Qué me está ocurriendo? ¿Acaso es este mi destino ahora?