El Entrenamiento de Gene
Sentado en el suelo, con la columna como un mástil, buscaba, sin saberlo, ese punto ciego de la conciencia donde el "yo" se disuelve. Sin embargo, la paz era un lujo que no podía permitirse.
Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de su madre emergía desde las ruinas de su memoria: un maniquí de carne sentenciado a un sueño eterno por la Calindra.
— Han denegado el traslado de tu madre. Lo siento. —
La voz de Ghilian, su tutor, sonó como un cuchillo desafilado. Gene no se movió, pero sintió el sabor amargo de la cólera subiendo por su garganta.
— Contrólalo — ordenó Ghilian, detectando el sutil temblor en los párpados del muchacho.
Un guijarro impactó de lleno en la frente de Gene. El dolor físico lo ancló de golpe a la realidad de Breeff: gris, fría y carente de piedad.
— De nuevo — rugió el tutor.
Así pasaron todo el día.
Esa noche, el sudor pegó las sábanas a su cuerpo como una segunda piel. Lo hacían sentir prisionero en una celda falsa. Comprimido.
En sus pesadillas, Gene veía una montaña con cuencas negras y vacías. A su madre gritando desde una oscuridad densa, inaudible.
Al amanecer, cuando los vientos fríos retrocedieron hasta la cima de los montes, sus negros sueños se desvanecieron y un rayo de sol se coló por la ventana, alcanzando su rostro rosáceo y finamente velludo. Pestañeó, se despabiló, se levantó y se aclaró la garganta.
Todo estaba muy silencioso.
— Un día más — pensó mientras se cambiaba la ropa húmeda.
Caminó por el pasillo y entró en la habitación de su madre. La vió acostada con la cara llena de paz.
— Hoy se cumplen ocho ciclos — pensó.
Se acercó a ella y le acomodó el pelo. Se fijó en los tubos de alimentación, el líquido amarillo pasaba sin dificultad.
Le acarició la cabeza y rogó tener tiempo suficiente para llorar.
— !Hey¡ Apúrate! — Sentenció la voz de Ghilian desde la cocina. — Estamos atrasados. —
Gene cerró los ojos y suspiró. — Tranquila madre, te curaré —
Gene salió rápido. Brahm su padre, le extendió un trozo de pan para el camino cuando atravesaban la puerta.
Caminaron hacia las cuevas del oeste, donde la roca de Breef corta el cielo. Una montaña afilada y puntiaguda.
El silencio entre tutor y aprendiz no era vacío, sino una conexión tensa, un ensayo para la guerra.
Al llegar a la estancia ovoide, Ghilian sacó un pequeño cofre de madera y metal negro. El mecanismo exigió su tributo: una aguja brotó del cofre y perforó el pulgar del mentor, bebiendo su sangre para liberar el sello. Dentro, dos setas blanquecinas.
Ghilian tomó una y se la pasó a Gene. — En el brazo. Es más rápido —dijo cuando vio a su pupilo amagar con llevársela a la boca.
Gene se descubrió el antebrazo izquierdo. El fagocitador metálico, incrustado quirúrgicamente en su carne, siseó al abrirse, revelando una cúpula de cristal sobre venas expuestas. Gene aplastó la seta contra el dispositivo. Un residuo de sangre ajena salpicó el suelo.
— Ups —sonrió Gene con una mueca nerviosa mientras el metal se cerraba, hermetizando el flujo químico en su sistema.
— Dime las tres destrezas del Khandú — exigió Ghilian mientras el entorno empezaba a distorsionarse por el efecto fúngico.
Gene recitó, con la voz volviéndose profunda y ajena: — Caminar en silencio: Desplazarse sin dejar rastro en el aire ni en el suelo. Anteponerse al presente: Observar el futuro inmediato y Traer el dolor: Implantar la agonía de la muerte antes de que el golpe ocurra. —
Las palabras de Gene se fueron apagando cuando los hológrafos inundaron todo con un ruido ensordecedor y muchas luces brillantes.
Vibraron.
La roca desapareció, fué reemplazada por pasillos de metal y alarmas de combate.
— Estás solo. Vienen por ti —susurró la voz de Ghilian, ahora camuflada por el entorno digital.
Gene se movió como una sombra. Usó su pulsera para proyectar un holograma señuelo, una firma de luz que engañó a la puerta automática. Pero Ghilian, disfrazado por un holograma de soldado Kantoriano, ya estaba detrás de él y acertó con un crujido su espada de madera sobre la cabeza de Gene.
El entrenamiento se repitió ocho veces. Ocho muertes virtuales. Ocho fracasos.
— No estás concentrado, muchacho. Tu segunda destreza no se ha despertado. Es inutil. — sentenció el tutor.
Luego de reposar un par de minutos pasaron al combate físico.
Empuñaron los bokken de madera. En la penumbra de la cueva, solo se escuchaba el silbido del aire cortado.
Gene tenía que estar muy concentrado para utilizar la primera destreza, Ghilian la usaba con naturalidad.
La experiencia del tutor, contrastada con la ansiedad del aprendiz, hizo que Gene intentara un truco desesperado: generó un holograma de sí mismo en el microsegundo de un pestañeo de Ghilian.
Entonces el mentor atacó al fantasma.
—Lo tengo— pensó Gene, sonriendo desde el ángulo muerto.
Pero las pupilas de Ghilian se dilataron. El viejo no estaba mirando a Gene; estaba mirando lo que Gene iba a hacer. Usando la segunda destreza del Khandú, el mentor vio la estocada a la pierna antes de que el músculo se tensara.
¡CRACK!
El golpe seco del bokken de Ghilian impactó en la nuca de Gene, mandándolo al suelo en un estallido de chispas blancas y dolor real.
— Te lo mereces por confiar en los trucos antes que en la visión —dijo Ghilian, mirándolo desde arriba con esa mezcla de orgullo y desprecio que solo los Koratak dominan.