Noticias del futuro

En el centro del dominio Koratak, una sombra del tamaño de un asteroide con puntas como rocas surcaba el vacío. Era la nave-ciudad del Emperador Darkón, quien observaba la negra inmensidad desde el cristal de su cabina, bebiendo un líquido rojizo y viscoso.

Cada sorbo era una batalla interna.

Sus labios se curvaban en la misma mueca de placer que arrastraba desde hacía años mientras deslizaba el hilo de jalea en su boca. Ocultaba el deleite tras una cara de piedra, pero por dentro se regocijaba. Solo cuando creía estar a salvo de miradas ajenas, cerraba los ojos y soltaba un suspiro profundo al tragar.

Pero la tranquilidad lo abandonó pronto. En la penumbra, un Shidorl le hablaba al oído, su voz como un siseo, fragmentaba la mente del Emperador en múltiples escenarios y ninguno le parecía favorable.

Darkón sorbía y sorbía mientras la mueca de su rostro se acentuaba, transformando su placer en bilis. Subió hacia su paladar un sabor amargo que le recordó el sabor de su propia sangre.

Al terminar el vaso, se irguió con la rigidez de un jefe militar y entrelazó las manos en la espalda.

El Shidorl calló comprendiendo el final de la reunión y se fundió con la sombra de un pilar desapareciendo en silencio.

Cuando sus glándulas asimilaron la noticia y sus niveles se estabilizaron, Darkón clavó la mirada en la espesura del cosmos. — Malditos Kantorianos — exclamó con desprecio —. Pagarán por su atrevimiento.

— Su transporte está listo, Emperador — anunció una voz ronca desde el pasillo.

El guardia permaneció inclinado, en una reverencia solemne. Nadie osaba mirar a Darkón directamente a los ojos.

El Emperador apretó el vaso de cristal con tal fuerza que la pieza crujió, llenándose de grietas. Se llevó las manos a la frente, cerrando los ojos para medir sus actos, pero el veneno de las palabras del Shidorl ya estaba en su sangre.

Sus glándulas se desbordaron otra vez.

— ¡Malditos Kantorianos! — rugió mientras salía rápido por la puerta principal.

En la cabina, los operarios y guardias quedaron petrificados. La mayoría contuvo el aliento; como usuarios expertos del Khandú, sabían que si nadie se movía, nadie moriría. En medio de ese silencio aterrador, se oyó el estruendo de un cristal rompiéndose al final del ala este.

Llegó a su habitación y se encerró.

Bajo la luz tenue de dos focos flotantes, comenzó a despojarse de sus ropajes de nihilo azabache. Al quedar desnudo, su piel reveló un mapa con relieves de dolor: infinitas cicatrices pulidas como mármol que recorrían su torso, espalda y muslos. Tenía muchas, más que sus ciclos de vida.

Se acercó a la mesa de comandos. Activó el agua y abrió una portezuela de la que extrajo un artefacto redondo y negro. Lo partió a la mitad e incrustó la punta metálica en los engranajes de sus rodillas.

Un espolón saltó hacia afuera, desplegando una fina capa de plástico maleable que impermeabilizó sus engranes al instante.

Se metió bajo el chorro de agua helada.

El frío le servía para aclarar el juicio y anteponerse a los escenarios que repasaba incesantemente.

Mojado, trazaba su plan: a quién seducir, a quién obligar, a quién matar. Se sentía divino y maquiavélico mientras su mente caía en un abismo sin fondo.

— Esto traerá consecuencias graves — pensó — Kantorianos estúpidos. —

Bajo el agua, sus pensamientos se volvieron más oscuros al vislumbrar su propio futuro. — La Krasia… viene la Krasia — balbuceó, tocándose una cicatriz en el cuello —. Voy a tener que ver a ese viejo de nuevo. —

De pronto, se giró con la velocidad de una serpiente. Creyó oír una voz familiar: "Debes estar tranquilo". Pero detrás de él no había nadie.

Solo se oía el chisporroteo del agua contra el piso.

— Sí… tranquilo. Estará todo bien cuando llegue la Krasia. Ese maldito viejo no podrá decir nada. —

Cuando tocó la punta inicial de la cicatriz de su cuello, su mente retrocedió a un pasado borroso. Vio la imagen de su padre, Gladius Primero, exorbitantemente grande, mientras él se sentía pequeño... pequeño y débil. Sacudió la cabeza para despertar del trance.

— Los Kantorianos necesitarán litio. ¿Acaso esto tiene que ver con los Pondaror? Ellos son nuestros proveedores de Litio. Ya van cuatro reportes de bajas... ¿Acaso le están dando mi litio a los Kantorianos? Maldito Greonet, tendrás que darme explicaciones.

Apagó el agua y escupió al suelo. Caminó hacia un pilar cubierto de telas de fibra, rumiando su rabia.

— Les hemos dejado vivir en paz por siglos... Maldito Shidorl, ¿por qué no me dijiste qué es lo que quieren? —

Se detuvo frente al espejo, con la toalla entre las manos. Sus ojos se abrieron con una epifanía violenta. — La Krasia. En poco tiempo viene la Krasia… ¿Acaso me quieren a mí? Maldito Jaden, ¿Por qué no me dijiste que es lo que quieren? ¿Y ese viejo decrépito Greonet me está traicionando? —

— ¡Malditos Pondaror! —gritó al espejo.

Luego, luchando por recuperar la compostura, respiró profundo y se irguió, ocultando de nuevo al niño herido tras la máscara del Emperador.