Bajo control
(Triana (triangulo): Generala implacable. Tropas del norte. Quiere mostrarse. Acadio (cuadrado): General longevo y sabio. Tropas del sur. Vladdi (diamante). General joven y violento. Tropas del Este (Colinda con cúmulo de Kaizo. Gladius (pentágono). General Completo (Próximo sucesor al trono. Justamente se llama como el Padre de Darkón, el emperador anterior. Tropas del Oeste. Icosae (Círculo). Generala joven y prometedora. Tropas del centro).
El aire en la oficina central de la nave-ciudad Uzkar V no se respiraba; se llevaba en los hombros.
Las paredes de metal azabache absorbían la escasa luz de los paneles, creando una atmósfera de sepulcro tecnológico. El brillo tenue de las luces de posición oscilaba en un vaivén hipnótico, perfilando las siluetas de los cinco generales que esperaban al Emperador.
Cuatro sentados en la mesa y un último acercándose.
En los pasillos laterales, el movimiento era frenético pero silencioso. Siguiendo la cultura Koratak, los oficiales no caminaban; corrían. Eran como sombras cruzándose a velocidades artificiales, esquivándose en el último milímetro gracias al Khandú. Sus mentes habitaban hasta dos segundos en el futuro, permitiéndoles tejer una danza de trayectorias perfectas donde nadie chocaba, donde el único sonido era el silbido del viento contra el nihilo de sus uniformes.
En medio del frenesí, el General más viejo llegaba lento, tanto que un rugido de ira convertido en ironía hizo que Triana se burlara:
— ¿Acaso no estás viejo para esto, Acadio? — la voz de la Generala del Norte, cortó el zumbido de la sala.
Triana, con un triángulo invertido tatuado en su sien izquierda, era un bloque de hielo y facciones afiladas. Sus ojos verde oscuro resaltaban como joyas sobre una blanca porcelana. Se dirigía a Acadio, el del cuadrado, el general más longevo, cuyas tropas del sur eran el pilar de la sabiduría militar del imperio.
— No te aproveches de tu belleza, jovencita — respondió Acadio sin mirarla, tomando asiento con la pesadez de quien ha visto mil soles apagarse —. Yo en tu lugar me preocuparía más por la baja de Litio en tu sector que por los pasos de un anciano.
Se sentó despacio dejando ver un tatuaje cuadrado en su sien.
Una carcajada estridente y deforme brotó de la silla de enfrente. Era Vladdi, el del diamante en la sien izquierda. Joven, violento y con una boca que parecía tener vida propia, moviéndose en muecas constantes. Sus ojos eran grandes, toda su esclerótica era blanca y sus pequeñas pupilas delataban su locura.
— Si yo fuera tú, Triana — chilló Vladdi, pasándose la lengua por los labios—, guardaría silencio. Darkón ha sido indulgente, pero todos sabemos que no basta con ser la perra del Emperador para ganarse el pan. ¡Por la Krasia, qué bajo has caído!
Triana se puso en pie, sus puños temblaron de rabia, pero antes de que pudiera saltar sobre el diamante, una voz ronca y cavernosa la ancló al suelo.
— ¿No ves que solo quiere divertirse con tu rabia? — Era Gladius Segundo, el del pentágono en la sien. El hijo del Emperador. Un coloso de facciones endurecidas que cargaba el nombre del antiguo monarca con una dignidad aterradora.
— El aprendiz defendiendo al maestro — intervino Icosae, la del tatuaje del círculo. Representaba al centro y su belleza era tan perfecta que resultaba irreal, una porcelana sin una sola arruga, pura ambición juvenil envuelta en una figura atlética.
Vladdi la miró con hambre, pero las palabras murieron en su garganta porque el miedo, ese viejo conocido de los Koratak, inundó la sala.
El aire cambió de densidad. Las sillas resonaron contra el suelo cuando los cinco generales se levantaron al unísono, impulsados por la advertencia sensorial de su Khandú. La puerta de vidrio polarizado se retrajo silenciosamente.
Un segundo después entró Darkón.
Su presencia marcó un quiebre en la realidad de la habitación. No corría; caminaba con la pesadez del metal puro. Cada paso de sus pies metálicos retumbaba como un martillazo en un yunque. Se detuvo en la cabecera, mirando a sus generales no como subordinados, sino como piezas de un tablero que ya había resuelto.
— ¿Alguno de ustedes sabe el peso de tener un Shidorl? — preguntó Darkón, arrastrando la silla de madera hacia atrás en un chirrido que erizó la piel de Vladdi. Al mirar a los demás generales, el joven sintió un extraño alivio al encontrar su propio temor replicado en la mirada de todos.
— Estamos a tus órdenes — respondió Acadio, el cuadrado, con un orgullo que no lograba ocultar su temor.
— Por supuesto que lo están — sentenció Darkón. Su mente ya estaba diseccionándolos.
— Mírenlos... son libros abiertos. — Observó a Icosae, el círculo; sabía que ella quería brillar. Observó a Vladdi; detectó la dilatación de sus pupilas al mirar a la joven generala. Asquerosos. ¿Acaso tienen algo? ¿Tan fáciles son de jugar? Esto cada vez es menos divertido —
— ¿Son cinco ciclos suficientes para evitar una guerra? —dijo Darkón, clavando sus ojos en Icosae.
— Pienso que deberíamos decir lo que quieres escuchar — interrumpió Gladius Segundo, su hijo, el único que lo miraba con respeto puro, sin el velo del pánico.
— Sagaz... — pensó Darkón —. Continúa.
— Si quieres guerra, eso tendrás — prosiguió Gladius —. Yo y cualquiera en esta mesa te seguiría hasta el final, padre.
Un estruendo de talones metálicos retumbó cuando los guardias de la sala cuadraron posición. La lealtad era absoluta, pero Darkón necesitaba que desearan la sangre por convicción propia.
— Mi Shidorl me ha advertido sobre traiciones — dijo Darkón, dejando caer la palabra como un veneno — Los Kantorianos necesitan litio, y nuestras canteras en territorio de los Pondaror están reportando bajas inaceptables. Triana —
La palabra traición resonó en la mente de Triana. Lo miró sin saber que decir.
— Irás al sector de los Pondaror. Verificarás por qué el litio no está llegando. Sabes que la Krasia se acerca. —
— ¿Acaso cree mi señor que los Pondaror nos han traicionado? —preguntó Triana, su voz quebrandose apenas un milímetro.
Darkón sonrió levemente en una expresión gélida.
— Han trabajado para nosotros por milenios, Triana. Pero la Krasia no perdona el desorden. Si el litio falta, la culpa recaerá sobre ti. —
Darkón activó un mapa holográfico en la mesa. El supercúmulo de Shaka brilló en azul y blanco, pero él hizo zoom en un punto específico: el sistema Traiguen-456.
— Gladius, ¿qué noticias hay del Oeste? —
Gladius consultó su pantalla táctil. Por un momento, sus ojos buscaron un dato que no encontraba. Subía y bajaba el registro, dándose cuenta de que el sistema que recordaba haber leído horas antes había sido alterado. Miró a su padre y pensó: — Maldito sociópata, lo tienes todo controlado. ¿No es así? —
— Se registran pasos de Kantorianos no habilitados en Traiguen-456 — dijo Gladius, siguiendo el juego — justo en la ruta comercial de los Pondaror.
La sala se sumió en un silencio de tumba. Las miradas convergieron en Triana.
— ¿Traiguen-456? — murmuró Acadio —. Eso está en el corazón de la ruta de transporte.
— Malditos Pondaror — escupió Vladdi, mostrando sus dientes enrevesados —. Nos están vendiendo. —
Darkón se recostó en su silla, satisfecho. Tenía a Triana acorralada, a Acadio indignado. Faltaba Icosae y Vladdi.
— Si la tengo a ella, tendré al diamante — Pensó.
Luego dijo mirando a la joven del círculo — ¿Cómo van los cultivos de nuestra seta, jóven Icosae? —
La joven, en su mente, se fue a un agujero en el que solo veía a Darkón. Pensaba en la palabra traición y dijo: — Todo está en orden mi señor. Tenemos setas hasta para una… — Y su mente se autointerrumpió comprendiendo el viejo refrán Koratak: “Hasta para una guerra”.
Darkón sonrió comprendiendo lo que la jóven mente de Icosae pensaba. Esperó a que ella continuara.
— Hasta para una guerra, señor — finalmente dijo.
Aquella palabra resonó como un campanazo de frente en la mente de todos. Icosae miró a Vladdi. Vladdi la miró y asintió levemente. La mente de Darkón quien ya había mirado este futuro ocho segundos antes sonrió por dentro.
— Cinco ciclos serán suficientes para evitar una guerra... o para ganarla — dijo Icosae, comprendiendo finalmente la magnitud de lo que Darkón estaba orquestando.
— Bien —concluyó el Emperador. Su visión del futuro se sentía sólida, inamovible.
Entonces, Gladius rompió su máscara de hierro y dejó escapar media sonrisa.
— Hay algo más, padre. Tenemos un robot Kantoriano. Lo hemos capturado —
Darkón entrecerró los ojos. Su Khandú ya había procesado esa información, pero ver la confirmación en el rostro de su hijo le dio una satisfacción nueva. El robot no era solo una pieza de metal…
— Ah... interesante —murmuró Darkón, y por primera vez en toda la reunión, la oscuridad de la sala pareció volverse absoluta.