Estrellas del universo
En medio del supér-cúmulo de Shaka, negra por fuera y perfectamente redonda, Iba a la deriva Llavage, Palacio centro de la reunión decacemal. Un zumbido parecía mantener la nave a flote y la murmurante estela que dejaba se difuminaba rápidamente entre cientos de kilómetros de una negra nada.
Por dentro las paredes, de un blanco cremoso, albergaban luces cálidas que bañaban cada recoveco con una tranquilidad artificial.
Todo era amplio, lujoso y estaba perfectamente ordenado.
Las mesas eran de un cristal traslúcido con destellos celestes, servían de apoyo para la alcurnia de los tres cúmulos: Vanataris, Intiopeia y Kaizo de Shaka.
El aire, marcado por tres señales azules en cada umbral, anunciaba un veinte por ciento de oxígeno puro; un lujo respirable para la mayoría. Aquellas especies que requerían otros gases deambulaban con mangueras de goma embutidas en sus rostros o con cascos viscosos llenos de líquido.
El murmullo era incesante, un cuchicheo que llenaba las estancias impregnando de una algarabía efímera el aire, fué el mismo que hizo que el corazón de cada uno, horas después, cayera hacia la tristeza.
A pesar de la blancura del entorno, el salón era un estallido de colores y telas exóticas. Cada facción portaba su vestimenta y su insignia como un arma.
De azul profundo destacaban los Pondaror, comandados por el Gobernador Greonet y su siempre presente Shidorl. En el ala oeste, tras separaciones de mármol barroco, invitados del otro súper cúmulo, aguardaban los Kantorianos: piel metálica, uniformes amarillos con franjas negras y una presencia inquietante. Formaban una barrera gris protegiendo un vehículo redondo y flotante.
Los más curiosos, ocultos en el tumulto, juraban ver a través de la cúpula empañada a dos figuras humanoides, similares a bebés gigantes y regordetes, cuyos pliegues de piel se movían con lentitud, como gelatina.
Un bullicio en la puerta principal desconcentró a Obnet, el hijo de Greonet. La multitud se abrió como una herida.
Entró el Rey Combu. Venía sentado en una silla flotante, rodeado por una comitiva de cien personas vestidas de verde, al estilo Ruminita.
Combu no miraba a nadie. Sus labios delgados y amoratados estaban apretados en una línea de tensión, mientras finas gotas de sudor traicionaban su calva cabeza.
Al pasar frente a los Pondaror, el instinto de Combu le obligó a alzar la vista. Sus ojos se cruzaron con los de Obnet. Fue solo un segundo, pero el tiempo se detuvo.
Ambos recordaron el domo de cuarzo y el Círculo de Traición. Obnet sintió que su aura se tornaba anaranjada por la agitación, pero activó sus ojos Iyuwe de forma sutil: forzó el color hacia un amarillo opaco y finalmente al azul de la relajación.
— Es la primera vez que nos vemos después del Ghoj de Jaden — pensó Obnet, estabilizando sus latidos mientras Combu se alejaba hacia el sector cercano a los Kantorianos.
De pronto, el cuchicheo se extinguió. Tanto que sorprendió a Obnet.
Una reacción en cadena de silencio absoluto barrió el salón. Las puertas principales seguían abiertas, pero la gente se replegó con una eficiencia superior a la anterior llegada Ruminita, una eficiencia nacida del miedo.
Apareció una sombra en el mármol blanco. Una mancha acercándose a los portales. Los Koratak.
Vestían de negro azabache, en ropajes de Nihilo aterciopelados y brillantes, desprovistos de la más mínima arruga. Encabezando la comitiva, caminando con paso raudo, mirando al frente tan pesadamente que sus ojos parecían no pestañear nunca. Sus pasos devoraban el sonido. Emperador altivo, venía Darkón.
Su capa de nihilo negro, se alzaba tras él.
Obnet usó sus ojos Iyuwe solo un instante y retrocedió mentalmente ante lo que vio: Darkón irradiaba un aura azul tan profunda que parecía negra.
— ¡Hey! — Greonet le dio un golpe en el brazo — No uses tus ojos aquí, hijo. No seas irrespetuoso —
Obnet asintió, pero no pudo apartar la vista.
A pesar de los pies metálicos del Emperador, Obnet no pudo escuchar sus pasos, ni ninguno de la comitiva, el avance era insonoro.
Tras Darkón caminaban sus cinco generales supremos, y cerrando el grupo, avanzando solo separando la cabeza del cuerpo de cien Puros, como una sombra independiente, su Shidorl.
Darkón se dirigió directamente hacia Greonet. El viejo Gobernador, vistiendo su uniforme de guerra azul profundo, salió a su encuentro con la voz gastada pero firme.
— Bienvenido, Emperador Darkón. Y bienvenida toda tu comitiva —
— Saludos, Gobernante Greonet —respondió Darkón, extendiendo un brazo. Greonet lo apretó.
Entonces, Darkón se inclinó hacia el oído del anciano. El susurro fue una descarga eléctrica:
— No le estarás dando mi litio a los Kantorianos, ¿verdad? —
Greonet se quedó paralizado. Darkón no soltó el brazo; lo aferró con ambas manos mientras su Shidorl hacía una reverencia fingida. El Emperador relajó el apretón solo cuando Obnet se acercó, pero mantuvo una sonrisa malévola.
— Ah… mírate — dijo Darkón, fijando su vista en Obnet — Estás hecho todo un hombre. Seguro has aprendido mucho de tu sabio padre. —
Obnet forzó su mente a visualizar un color blanco absoluto, un vacío mental para que nadie pudiera leer sus pensamientos sobre el Círculo de Traición. Sonrió de forma mecánica, bajando la mirada para que sus facciones no fueran observadas. Pero al subirla, la sonrisa de Darkón se había ido.
Lo que Obnet encontró en esos ojos no fue odio; fue un desprecio absoluto. No era el desprecio que se le tiene a un enemigo, sino el que se siente por un aire contaminado o un animal muerto. Era una mirada que negaba el derecho a existir de Obnet.
De pronto Darkón esbozó una sonrisa y miró a Greonet. Se despidió con un gesto afable y falso, hizo una reverencia a los Pondaror presentes y siguió hacia el ala norte. Al pasar, dejó ver a su prole. Obnet distinguió a Vladdi, el del diamante, cuyos dientes retorcidos y pupilas diminutas lo escrutaban con locura. A su lado, la Generala Icosae caminaba con una belleza atlética que contrastaba con la oscuridad de sus ropas.
Pero fue el último el que le heló la sangre. Un general alto y fornido, casi una réplica de Darkón, que lo miraba con una ira sutil oculta tras media sonrisa.
— ¿Y este quién es? — pensó Obnet, irguiéndose para sostener el duelo visual. El Koratak pestañeó y se giró sin decir palabra.
— Ese es Gladius — susurró Greonet al oído de su hijo — El hijo de Darkón. Su sucesor. El hombre que heredará el imperio cuando Darkón dimita y se vaya en la Krasia —
Mientras la comitiva negra se alejaba y el murmullo de la sala regresaba como una marea, Obnet comprendió la magnitud del tablero. Todo el supercúmulo no sólo respetaba a Darkón; le temían como se le teme a un desastre natural. A Dios.