La reunión Decacemal
La nave-ciudad Llavage, sede del Gran Consejo Shidorl en el cúmulo Kaizo de Shaka, se erguía como un estandarte absoluto sobre el vacío. Era una estructura perfectamente redonda, un planeta de sombra que flotaba sin emitir zumbido ni rastro de luz propia. Cada diez ciclos, este coloso negro se convertía en el epicentro de la galaxia, albergando a una infinidad de culturas para la Reunión Decacemal.
Aquel día, la jornada comenzó con promesas de paz y bienaventuranzas, pero terminaría con un sabor metálico y amargo. Sobre los hombros de Obnet, el hijo de Greonet y sobre todos los presentes caería el peso de toda la civilización Pondaror.
Cuando Obnet cruzó el umbral de cortinas azul oscuro, la luz del escenario lo cegó por un instante. Al recobrar la vista, el palco le ofreció un mosaico de vida estrambótica:
Los Kantorianos: De pieles metálicas y rostros alargados, sin bocas ni oídos, con paneles de vidrio polarizado por ojos.
Los Ruminitas: De piel verdosa y brillante, como si estuvieran perpetuamente húmedos, con labios amoratados.
Los Crabatan: Enfundados en trajes de azul verdoso, respirando a través de mangueras negras conectadas a tanques de agua.
Los Koratak: Una mancha de negro profundo en los palcos superiores, donde la luz parecía morir antes de tocar sus rostros pálidos.
Así los demás. Había quince palcos en total, adornados con telas finas de cada facción. Los Pondaror ocupaban el tercer nivel. Abajo, en el escenario principal, tres sillas y una mesa de madera aguardaban sobre alfombras de gala.
Un pitido de frecuencia ascendente anunció el inicio.
Tres Shidorl ancianos, vestidos con túnicas color ocre, entraron al escenario: Balasta (el comprensivo), Taga (el sabio) y Modren (el pacifista). Eran los hacedores de paz, los jueces imparciales. El Consejo Shidorl en persona.
Taga tomó asiento y activó los monitores. Salieron de la mesa para ponerse frente a los Shidorl. Así también salieron monitores en cada palco, inundando cada uno con brillosas pantallas.
— Bienvenidos sean todos — sentenció Taga — Se da inicio, de forma oficial, a esta reunión Decacemal, es ésta la ponencia principal resumen de los últimos diez ciclos.
El Shidorl sacudió una pequeña campanilla de cuarzo. El sonido disparó un recuerdo en la mente de Obnet: "Cuando suenen las grandes campanas del fin de la reunión y en los próximos diez segundos, debes usar tus lentes inhibidores". Obnet miró su palco. Su padre no estaba; Greonet atendía una reunión bilateral secreta por la acusación de Darkón, un asunto que solo conocían los estratos más altos de los Brahamanitas, Kantorianos y Kirituras.
Modren hablaba de milenios de paz y de la ausencia de conflictos armados. La multitud aplaudía, pero Obnet no podía dejar de mirar a los Koratak. Se preguntaba si el Emperador Rayken, de otro supercúmulo, cumpliría con su parte dell Círculo de Traición.
Fue el turno de hablar de Obnet. Se colocó los lentes inhibidores en señal de respeto a todas las demás razas y proyectó sus gráficos en los monitores.
— La producción de litio ha sido fructífera — comenzó, su voz resonando en los palcos — Hemos abierto rutas cerca del supercúmulo de Albarán gracias al Shidorl Modren. Un superávit histórico. — Decía mientras intentaba mirar la cara de Darkón para ver si adivinaba sus gestos. Pero mientras hablaba del combustible fósil y la transición a la energía atómica de los planetas menores, algo lo distrajo. La puerta trasera del palco Koratak se abrió, dejando entrar un rayo de luz. Un Shidorl pasó y le susurró algo a Gladius. Este, a su vez, se inclinó hacia el oído de Darkón.
El Emperador giró la cabeza con una mirada endurecida. Acto seguido, Darkón abandonó el palco siguiendo al Shidorl. Obnet titubeó, pero se obligó a terminar su discurso bajo la mirada inquisitiva de los presentes.
Así pasó una hora.
Después, mientras el analista Ruminita, Llatradoy, hablaba sobre maquinaria pesada, una sirena ensordecedora rompió el protocolo. Los monitores del escenario se retrajeron.
Los Shidorl se miraron sin alarma y salieron raudos tras las cortinas, escoltados por guardias de ocre.
Tras quince minutos de caos, casi todos ya habían abandonado las estancias, menos los Pondaror. Aún estaba ahí Obnet tratando de llamar a su padre.
Cochran, jefe de la guardia Pondaror, entró rápido.
— Es su padre, mi señor. Ha sido atacado.
El corazón de Obnet se detuvo. Su cerebro se bloqueó, dejando que solo su niño interno gritara en el vacío de su mente. Siguió a Cochran por pasillos que se tornaban rojizos bajo las luces de emergencia. El trayecto pareció durar siglos.
Llegaron a una sala gigantesca. Sobre una mesa blanca, rodeada de médicos Shidorl, yacía su padre. A su lado, el cuerpo ensangrentado de la generala Koratak, Triana.
Obnet corrió donde su padre. Su pecho estaba abierto de lado a lado desde el hombro izquierdo, hasta la cadera derecha. Un corte limpio, letal. Obnet, aún con los lentes inhibidores puestos, digiriendo lo que veía, preguntándose una infinidad de cosas aún, se los quitó de golpe para activar sus ojos Iyuwe. Un destello rojo los iluminó mientras escrutaba el aura de los presentes.
Buscaba el color naranja de la agitación o la culpa. No encontró nada en los médicos.
Entonces, en un recoveco, vio un tumulto. Apartó a los doctores y corrió hacia el rincón. Encontró el cuerpo de un robot delgado con el símbolo Kantoriano.
— Fue este robot — dijo un Koratak cercano —. Triana intentó defender a tu padre, pero fue inútil. Logró darle un golpe fatal al robot antes de morir.
Obnet corrió hacia Greonet. Apartó a los doctores con gemidos de dolor y puso la cabeza de su padre en su regazo. Sus ojos estaban abiertos, pero su mirada estaba más allá del destino; no emanaba ningún aura. Eran ojos muertos. Obnet se los cerró con ternura, mientras sus lágrimas se perdían en las arrugas del anciano.
— Malditos Kantorianos — susurró con odio.
Obnet se dirigió al robot. Quería despedazarlo, encontrar al piloto Kantoriano que lo manejaba y arrancarle la vida. Con su fuerza bruta, cortó los cables que unían la cápsula craneal. Una compuerta chilló, exhalando vapor.
La cabeza estaba vacía. No había piloto.
— ¿Cómo es posible? — exclamó Obnet —. Los Kantorianos no usan control remoto, está prohibido — Y miró a los presentes. Eran Koratak, no le dijeron nada.
Inspeccionó el interior con sus ojos de guerrero. Encontró un pequeño asiento modificado y una antena de transmisión sin inscripciones. Una antena de contrabando. De pronto, un chirrido emanó del mecanismo y empezó a salir humo.
— Se está autodestruyendo — pensó Obnet mientras un guardia Shidorl cubría la escena con espuma extintora — Esto ha sido planificado. Alguien quiere culpar a los Kantorianos. —-
— Cochrane — llamó Obnet a su guardia —, debemos encontrar el origen de la señal. Las paredes son de cuarzo frío; el emisor debe estar dentro de la nave.
Mientras los médicos retiraban el cuerpo de Greonet, Obnet salió del portal en un estado de somnolencia displicente, escoltado por sus hombres. Caminó sin rumbo aparente perdido en sus pensamientos. De pronto, las grandes campanas de la nave sonaron. Unas campanadas graves y profundas que solamente se oyen cuando se da por terminada tal reunión.
Obnet recordó la advertencia de su padre: "Cuando suenen las campanas, usa tus lentes". Se los puso por pura lealtad, comprendiendo en ese instante que su padre sabía que el atentado iba a ocurrir. — ¿Sabía que moriría? — pensó.
Entonces quiso buscar al Shidorl de su padre, pero al doblar un pasillo, vio una sombra gigantesca. Era la comitiva Koratak caminando a toda prisa. En medio de la marea negra, divisó a Darkón.
El Emperador sonreía. Le decía algo a Gladius mientras avanzaban. Darkón clavó sus ojos en Obnet, pero no dejó de sonreír. Fue un segundo de una crueldad absoluta.
Obnet se arrancó los lentes para ver el aura de Darkón, pero fue tarde; los Koratak doblaron la esquina y desaparecieron.
— Cochrane — dijo Obnet con los ojos desorbitados — sigue a Darkón. No le quites los ojos de encima. Observa su aura. Necesito saber si hay un atisbo de culpa en él.
Cochran le puso una mano en el hombro para tranquilizarlo.
— El Shidorl de tu padre me pidió hablar contigo —dijo el guardia—. Te espera en tus aposentos.