Una elección del destino

Él era calvo. Superior en segundo grado de Gene. Un Koratak disciplinado y amante de sus tropas y la guerra.

Fornido, alto y delgado. Huesudo.

Su nariz prominente era la cúspide de su rostro. Parecía el pariente lejano de un cuervo o de algún ave de rapiña. Le llamaban Galarik el Caballero por sus grandes hazañas en combates de antaño y su perspicaz mente. ​

Galarik entró en el segundo batallón a la nave Pondaror, procurando el deceso de todos sus subalternos del primer grupo… y de cada Pondaror en el camino.

Era la muerte andante.

Su determinación era comparable con los méritos más altos que una persona podría obtener de cualquier especie. Sólo su devoción por Darkón lo hacía vulnerable, no tenía más grietas.

Su mente era extraña. De alguna manera le permitía recordar todo.

— ¡Vamos señoritas! no tenemos todo el día, apuren el paso — decía mientras caminaba por el pasillo central del Bunker, nave flotante intergaláctica portadora de muerte y desesperanza. Un acorazado inmenso, sigiloso como el viento cálido de verano. Una roca negra cortando con gran velocidad el espacio.

Galarik caminaba hacia adelante y hacia atrás en una danza que le permitía recordar el rostro de cada soldado y su posición.

— T menos 5 — Se escuchó por el intercomunicador.

Galarik gritó — ¿Saben por qué estamos aquí? — Los veinte grupos de Koratak formados de a pares gritaron al unísono — ¡Pensamiento, Crianza, Cultura! —

Galarik continuó: — ¡Tenemos diferente pensamiento! —

El pelotón respondió: — ¡Tenemos diferente crianza! —

— ¡Tenemos diferente crianza! — ¡Tenemos diferente cultura! —

Galarik gritó dándolo todo: — ¡Y ESO QUE NOS HACE! —

— ¡ENEMIGOS DE NACIMIENTO! — Y los pelotones se agitaron levantando sus armas por encima de la cabeza.

—¿Están listos para morir? — ¡Sí mi Teniente! — Están listos para renacer como una mejor versión de ustedes mismos? — ¡Sí mi Teniente! —

Galarik caminó por el costado de la formación y observó como todos estaban enardecidos y listos para matar o morir. Sonó un pitido que duró un par de segundos.

Todos los rostros fueron encapsulados detrás de un casco negro sin brillos, el cual mostraba con luces de colores la temperatura, la distancia de los objetos, incluso el nombre de cada militar en la formación.

Galarik caminó hacia adelante, observó el contador a su derecha.

— 5 segundos para el frenado — dijo.

Una correas de nihilo saltaron del suelo, Gene las agarró. Los demás hicieron lo mismo. Casi al unísono, retumbó el piqueteo metálico cuando se anclaron en sus rodillas.

Quedaron pegados al piso.

Cuatro, tres, dos, uno. Y todos adelantaron el pie izquierdo y se inclinaron hacia atrás para evitar salir disparados cuando la nave frenara.

Era una de las primeras habilidades que se aprende en el ejército Koratak. Gene, quien iba al final del primer batallón, ya dominaba bastante bien esta habilidad, además — Las botas de metal ayudan un montón — siempre se decía para sí mismo.

Gene escuchó que Galarik gritó desde la entrada — ¡Al ataqueeeee! — Y todos se inclinaron adelante, desataron sus anclajes y prendieron los propulsores de sus mochilas metálicas, menos Gene, quien se puso a flotar luego de que la gravedad artificial se apagara.

Por más botones que presionaba, la mochila no encendía. Randel, su amigo, quien iba en el segundo batallón escuchó por el intercomunicador de su casco: — Hay Randel, aquí, mírame, aquí arriba, necesito una mano, mi mochila no enciende — Entonces Randel se giró y lo vió flotando por la nave. Entonces se deslizó hacia él.

Lo tomó de un pie y lo arrojó frente a un banquillo en dónde había otra mochila de metal. Gene rápidamente se sacó la que traía y se acomodó la nueva. Presionó el botón principal en su pecho y se encendió sin problemas.

Bajaron de la nave tarde, eso era lo que Gene permanentemente se culpó tiempo después.

Se arrojaba toda la responsabilidad de la muerte de Randel sobre sus propios hombros. — Por mi culpa murió — Se decía algunas noches más adelante durmiendo a la intemperie, escapando de ser casado por sus propios compañeros.

Galarik, al salir de la nave en primer lugar dió la órden de dividir el pelotón si encontraban una bifurcación que por su puesto sabía que existía después de la entrada.

Disparó a la puerta principal, la explosión dañó algunos controles y una alarma comenzó a sonar. Los primeros dos que llegaron a poner las bombas no notaron que Galarik no salió.

Una vez estallaron derritiendo Galarik tomó ventaja utilizando la segunda destreza del Khandú, la de ver el futuro, y entró en el preciso momento en que la puerta caía. Era la única oportunidad que tenía para realizar el siguiente movimiento secreto.

Entró rápido, sacó una tarjeta de acceso Pondaror, la que puso dentro de una pantalla táctil que extrajo desde un bolsillo, presionó algunos botones digitales y la puso frente al receptor, unos segundos después la puerta se abrió.

Para cuando entró el primer militar, Galarik ya había escondido la pantalla táctil y con su arma había disparado al tablero de comandos.

— Esto los confundirá y creerán que hemos entrado por la fuerza. —

Y así fue.

Cuando todos pasaron, se dirigieron a otra puerta central que se abrió detectando el movimiento. Entraron y se hicieron presa de la gravedad artificial.

Cesaron de flotar y apagaron sus propulsores.

Frente a ellos, la bifurcación.

Galarik tomó la de la izquierda junto con la mitad del primer pelotón, la otra mitad se dirigió a la derecha.

Los que fueron con Galarik se dividieron en dos. Los de adelante; Todos muertos por Galarik mismo y por lo escasos Pondaror que encontraron en el camino. Los de atrás; Los que no vieron nada, sólo aquellos se salvaron.

Los que fueron por la derecha murieron todos a manos de Gladius, General Supremo de los Koratak, menos Gene, quien llegó tarde y logró esconderse en el cubículo-armario que le salvó la vida.

El segundo batallón aguardó, sin saberlo, la muerte de todos los que entraron primero. Y gracias a su ignorancia, aquel asalto Pondaror fue encubierto.

Pero Gene fue quien hizo fracasar su plan, puesto que vió lo que pasó cuando Randel Murió.

Cuando Galarik iba de vuelta con la parte trasera del primer grupo, “los que no vieron nada”, se encontró de pronto a Gene y de inmediato recordó su posición inicial:

— Él estaba adelante, me ocupé de ponerlo ahí… ¿Por qué no está muerto? — Pensó.

Se acercó de forma amistosa y le dijo: — Heee Gene-Sha… aquí estabas muchacho. No te me pierdas, tuvimos varias bajas. Malditos Kantorianos… no vimos ninguno, todos los primeros que entraron murieron derretidos. Vamos a desmantelar la nave… Espero no toparme con un Kantoriano en mucho mucho tiempo… ¿Dónde estabas? —

Gene lo miró de reojo y no supo qué responder cuando Galarik lo abrazó de una forma extrañamente fraternal.

— Emmm… estaba aquí con ustedes… Tampoco vi nada — y pensó — ¿Acaso él sabe algo? —

— Bueno, no te me pierdas — dijo Galarik — Mantén tu posición, no quiero volver a cambiar mis recuerdos — Y Galarik se alejó para tomar la cabecera del grupo.

Llegaron a la entrada principal, la puerta que detectaba el movimiento se abrió y comenzaron a flotar. Activaron sus propulsores y se dirigieron a la nave Bunker Koratak que permanecía oculta e invisible tras la sombra de un planeta cercano.

En la nave, Gene no pudo evitar la mirada petrificante de Galarik entre las sombras, mientras pensaba en todo lo que había visto, todo lo que había pasado, las decisiones que había tomado y las que tenía por tomar.

— ¿Ahora qué haré? ¿Acaso mi Comandante Galarik sabe de la muerte de Randel? — Se tomaba la cabeza intentando arrancar aquellos recuerdos.

— Relájate — pensó y cerró los ojos —

Comenzó una improvisada meditación mientras repetía el credo Koratak — Voy a superar esto, la Calindra no me detendrá aquí, tengo que llegar a mi propósito siendo más fuerte cada día, controlando mis pensamientos, manipulando mis emociones, encontrando el camino del futuro ahora en el presente, siendo implacable, obedeciendo los designios del destino, dando la vida con honor… ¿Dando mi vida con honor? Si hubiera muerto ahí no habría nada honorable en ello, no puedo… no debo obedecer los designios del destino en esta oportunidad —

Su móvil poco a poco tomaba los ribetes de una extraña fijación más parecida a una obsesión que a cualquier otra cosa.

Le temblaba la rodilla derecha, la aquietaba, luego la izquierda, la aquietaba, pero todo era inútil para poder controlarse, sentía que su jet le pesaba varias toneladas, se sentía pequeño, inútil y muy triste.

— ¿A qué se refería mi Comandante Galarik cuando dijo: no quiero volver a cambiar mis recuerdos?.. si él memorizó cada una de las posiciones y sabía que yo estaba adelante, entonces ¿Me mandó a morir? ¡No puede ser! — Y por fin pudo contener sus movimientos involuntarios cuando pensó: — Somos solo carne de cañón. Todo estaba planificado. No esperaré mi renacimiento. — Su mente dibujó entonces con líneas muy delgadas sobre un lienzo negro, con luces provenientes desde dentro del espacio los números tres, seis y nueve.

Gene, asustado, temiendo por su vida, no hizo otra cosa que observar. No pudo hacer nada más.

Al paso de un día y medio llegaron a destino. Gene no comió nada y sólo bebió algo de agua.

Galarik comandó la orden y todos obedecieron, de los que quedaron al final de la misión se acomodaron en un nuevo pelotón.

Gene se puso en la última fila.

Sentía como la mirada de Galarik, desde que lo encontró en el pasillo de la nave asaltada, se clavaba en su cuerpo como un dardo venenoso.

— Lo sabe… él lo sabe — se repetía Gene.