No es lo que parece
Más tarde, Obnet ya en su habitación a la hora de dormir, caminó hacia su cama.
Previamente se desprendió de su ropa formal para ponerse su Zambiyé o ropa interior para dormir.
Su zambiyé era marrón, se asemejaba al color de su piel, vagaba suelto en su cintura y caía lánguido sobre sus muslos tapando solamente lo necesario.
La habitación estaba cerrada, el ambiente un tanto tibio. Estiró su cabeza hacia la derecha y pudo escuchar sus huesos tronando. Lo mismo hacia la izquierda. Bajó ambos hombros y dibujó un círculo con ellos haciéndose sonar los huesos adyacentes a la clavícula.
Suspiro hondo y largo.
Cuando llegó al medio de la habitación se detuvo y abrió un poco las piernas con las puntas de sus pies apuntando a fuera, las flexionó para quedar a media altura y agarrándose la rodilla derecha con ambas manos, se giró tronándose los huesos de la espalda.
Repitió el movimiento hacia el otro lado y un crack de sus vértebras acusó la eficacia del movimiento.
Cruzó su mano izquierda por encima de su muslo derecho y se encorvó para tocar el piso con la mano, repitió el movimiento de estiración una vez más hacia el otro lado. Luego subió ambas manos y se contorneó en círculo para estirar y contraer su pecho y abdominales.
Se aclaró la garganta y suspiró.
Se dió un pequeño impulso con la pierna derecha y estiró la otra quedando parado con la punta del pie izquierdo.
Subió lentamente la pierna derecha estirando cada músculo en el intertanto hasta que quedó completamente extendida hacia arriba haciendo una recta perfecta hacia el suelo mientras se agarraba ambas manos haciendo el mudra de la virtud frente a su pecho.
Un minuto después se soltó las manos para estirarlas justo al momento en el que parecía caer y gracilmente, dando un pequeño salto quedó parado de manos.
Extendió sus piernas para hacer una línea horizontal paralela al suelo.
Su Zambiyé, muy bien utilizado por Obnet, tapaba todo rastro íntimo de su cuerpo.
De pronto contrajo las piernas tan de prisa que provocó un giro, el cual mantuvo centrando todo el peso de su cuerpo en su mano izquierda y mientras giraba hacia el mudra de la escencia con su mano derecha sobre su espalda.
Luego de un par de segundos se frenó abriendo las piernas nuevamente y cayó de espaldas tan perfectamente que utilizó la fuerza de su caída para proyectarla sobre su columna y rodar para finalmente quedar de pie con ambos brazos extendidos. Sin duda Obnet era un atleta nato, siempre demostró, incluso desde niño, grandes capacidades físicas.
Entonces obnet juntó las palmas de las manos, cerró los ojos y juntó las piernas. Respiró profundo y se concentró en el sonido de su respiración.
Por dentro, en su mente, otro mundo ocurría. Pensaba en su esposa y en su hijo, quien tendría que crecer sin su madre. Pensaba en las difíciles decisiones que debía tomar, en el comportamiento que debía tener ante Darkón y lo que su Shidorl le había dicho: — Estarás solo desde que llegues hasta la cuenta de ocho meses regulares — ¿De qué se trata? — pensó. – ¿Acaso será un secuestro? ¿Debo prepararme para aquello entonces?. —
Estiró ambas manos con las palmas juntas hacia adelante.
Subió la pierna izquierda, la flexionó al mismo tiempo que sacaba la rodilla hacia un costado.
Se inclinó hacia adelante mientras bajaba para sentarse en el suelo. Lo hacía lentamente, para forzar a su cuerpo a resistir. Metió la punta de su pie izquierdo, detrás de su muslo derecho quedando sentado perfectamente en posición de meditación con las piernas cruzadas y las palmas juntas.
Comenzó su sesión de respiración pránica que constaba de tres inspiraciones seguidas y luego dos espiraciones de ocho segundos en total.
Aceleró su respiración pránica y pasó de demorarse ocho segundos en total a demorarse sólo seis mientras pensaba: — ¿Tendré la oportunidad de matar a Darkón? ¿Qué clase de milagro será aquello? ¿O acaso este designio significa otra cosa? —
Aceleró a cuatro segundos y se mantuvo.
Mantenía su abdomen apretado e inmobil, respirando solamente con su pecho.
Luego debido a su gran fuerza, concentración y años de práctica, quiso hacer la posición Cunda, que es una práctica milenaria que ayuda a la concentración sacando la punta de su pie derecho, apuntando hacia abajo y levantándose sobre él soportando todo el peso de su cuerpo, en posición meditativa, sólo con los primeros dos dedos del pie.
Onet respiró profundamente mientras estiraba los dedos con los cuales soportaba todo su peso. Cuando quedó equilibrado comenzó su respiración de nuevo.
Esta vez la aceleró a tres segundos en total. Su cerebro comenzó a hyperoxigenarse y a entrar en trance.
Vió claramente a Dayanara acercarse en un espacio negro.
Caminaba despacio mirándolo triste y de forma vacía
— ¿Por qué moriste mi amor? ¿Por qué moriste? — Dayanara solo lo miraba.
Ella estaba vestida con ropajes extraños, un vestido amarillento bordado de flores blancas y un peinado ondulado que caía suavemente sobre sus hombros.
Usaba zapatos de tacón de cuero rojo muy elegantes. —¿Por qué no hablas? Dime… ¿Quién te mató? dime algo… Señálame algo — imploraba Obnet llorando en su visión aunque por fuera estaba impertérrito como una roca equilibrado solamente en la punta de su pie. De pronto vió que en su visión las flores bordadas en el vestido de su amada muerta eran todas iguales: Con pétalos definidos y grandes espinas en sus tallos.
— Rosas — se dijo — ¿Rosas? — e Interrumpió su meditación.
Se puso de pie subiendo la pierna derecha y quedando estirado sin el más mínimos esfuerzo y recordó lo que le dijo el operario de mensajes: — Está encriptado con la codificación Rose —
Las rosas del planeta natal de los Pondaror, de donde eran oriundos ambos, eran tan bellas como venenosas. Los animales que intentaban polinizarlas eran engullidos por sus jugos gástricos sabor a miel. Y seguidamente los adultos para enseñar a los niños usaban a las rosas para decir: “Nada es lo que parece”. Dayanara y Obnet bromeaban diciendo “Es una rosa” para indicar que aquello “no es lo que aparenta”, frase clave que los salvó en más de un aprieto cuando eran jóvenes amantes y pensó: — El mensaje no era el mensaje. El mensaje era la codificación. Rose para decirme: Esto no es lo que parece. ¿Qué querías decirme mi querida Dayanara? ¿Acaso son verdaderas mis sospechas de que no fueron los Kantorianos los que te mataron? —