Al filo de la espada
A la mañana siguiente, luego de que todos ordenaron sus pertenencias y después de la primera nave de avanzada, salió el Bunker que transportaba a Obnet, a Cochran y Alarate.
Todos, los ciento cincuenta hombres a bordo estaban en sus respectivos sillones con el cinturón abrochado.
Sonó por el altoparlante: — T menos 15. Despegando del planeta. — Y se prendió un contador digital arriba en la ornamenta donde era visible por todos.
Cuando el contador llegó a cero, un estruendo hizo sonar toda la carrocería de la nave y todos sintieron una presión hacia abajo.
El Bunker despegó de forma vertical directamente hacia arriba llegando afuera del planeta en unos quince minutos.
Se situaron en posición de salto cerca de la estación espacial; un acorazado enorme que flotaba alrededor del planeta.
Todos quedaron sentados en silencio mientras sentían la ingravidez del espacio.
El contador se modificó y ahora marcaba doce minutos para llegar a cero.
Sonó por el altoparlante: — Preparándose para entrar al portal de traslado en doce minutos. Consiguiendo autorización de viaje. —
Cuando avanzó el tiempo y quedaban solamente tres minutos se escuchó: — Viaje autorizado. En el cúmulo Vanataris, Sector V catorce cero dos. En tres minutos. —
Quedando un minuto en el contador la nave comenzó a avanzar lentamente acelerando poco a poco.
Cuando quedaban solo cinco segundos para llegar a cero todos se agarraron del doble cinturón que pasaba desde sus hombros hasta su entrepierna.
Por fuera de la nave, los cercanos pudieron apreciar como el espacio se doblaba.
Se contraía ante el Bunker y se estiraba tras él, propulsándolo a velocidades superlumínicas y desapareciendo de pronto ante la vista de todos.
Dentro de la nave se prendió un contador de nueve minutos en los cuales se debía permanecer en silencio e inmóvil.
Pasado ese tiempo, se sintió una desaceleración profunda.
El cuerpo de todos se sintió propulsado hacia adelante pero sus cinturones de seguridad los mantuvieron sentados y anclados a la nave.
Cuando se estabilizó todo, se prendió una luz led verde, lo que indicó que se podían soltar los cinturones y que la gravedad artificial ya estaba encendida.
Todos se pusieron de pie y los asientos se contrajeron hacia atrás ocultándose en el piso y dejando el espacio libre.
Se formaron en dos pelotones de setenta y cinco integrantes cada uno, los encabezaba Obnet, Alarate y Cochran.
— Es tiempo — Le dijo Obnet a Alarate, quien caminó hasta el final de la nave y entró a una pequeña sala — ¿Me oyes? — escuchó Obnet por intercomunicador
— Te oigo Alarate, fuerte y claro — Respondió Obnet.
— Debes confiar en mi Obnet, dejar que todo esto avance como está predicho. —
Una luz amarilla indicó que la gravedad artificial desaparecería.
Alarate continuó: — Este mundo está regido por reglas mucho más grandes que tú y yo. Los telares del destino son pasadizos que se abren y se cierran, son distintos para quien no sabe mirar, pero solo un camino para los que lo ven atentamente. —
Todos prendieron sus Jetpack personales al mismo tiempo para no perder la formación. El primer pelotón descendió hasta el suelo metálico de la nodriza koratak seguido del segundo.
Cada soldado Pondaror piloteaba su Jetpack con gran maestría y llegaron en bloque a posarse en la nave frente al gran negro y majestuoso espacio.
Alarate seguía hablando por el intercomunicador con Obnet: — ¿Qué son las plegarias Shidorl, sino una comprensión de los caminos de la vida en todo su esplendor? ¿Qué son los deseos, sino la fragancia del Karma propagada entre los seres pensantes? Greonet, tu padre. Gran hombre con un gran peso sobre sus hombros. Grande entre los grandes, aquellos que se niegan a morir y seguir viviendo como un mero recuerdo… y nos aconsejan en momentos de desesperación, incluso después de muertos, en este momento donde todo comienza. —
Obnet escuchaba atentamente mientras esperaba que se abrieran las compuertas.
Miraba a Cochrane sin poder decirle nada concentrado en las palabras de su Shidorl: — Esto es lo que me dijo tu padre. Me dijo que los designios del destino, así como las raíces de una planta, escarban profundo para encontrar su camino. Me dijo que en tu casa del campo, te enseño la muerte cuando vieron aquel ave caer del árbol. Te mencionó aquella vez el nombre de tu madre. Me dijo que recordarías aquella caja azul, en la que enterraron el ave. Aquella caja azul que te dió ella, la que sin dudar usaste para enterrar al pájaro muerto dejando tu juguete más preciado tirado en el suelo. Me dijo que te dijera eso en este momento. —
Obnet se fué al interior de su mente reviviendo aquellos bellos recuerdos de su niñez.
Su Shidorl siguió hablando: — Antes de morir tu padre, su Shidorl le presagió este momento y me pidió que te recordase que la muerte no es el fin del cuerpo, sino más bien el nacimiento de otro. Me pidió que te preguntara ¿Dónde guardas tu caja azul? —
Las puertas se abrieron lentamente.
Obnet los miraba a todos mientras escuchaba la profecía de su Shidorl.
Cuando entraron, tal cual se lo presagió Alarate, hizo pasar a su guardia personal primero.
Dió la órden y observó cómo entraba Cochran encabezando el primer grupo.
Alarate dijo: — ¿Ha entrado tu guardia personal primero? —
— Sí — Respondió Obnet.
— Así está predicho, mi señor. Tu padre me pidió una última cosa en la Reunión Decacemal. Me dijo que tu caja azul no es la caja que tu madre te regaló, tu caja azul es tu corazón. Es ahí en dónde tienen que permanecer todos los recuerdos de tus seres queridos — Y Obnet escuchó un estruendo.
Una axplosión desde el interior de la nave koratak que lo ensordeció. El estruendo fue tan fuerte que lo mandó a volar al espacio vacío.
Mientras giraba y perdía la conciencia siguió escuchando la voz gutural de su Shidorl: — Así es el destino de los hombres. Así es nuestro destino, no somos capaces de huir de él. —
— Los dados ya están tirados, ahora que se ha escogido este destino puedo decírtelo. Tiene que ser de esta forma mi señor, así lo veo en las líneas del tiempo. He aquí mi predicción: Aquel de entre tus filas que fue responsable de la muerte de tu padre aún vive. Aquel que fue comprado con oro y perlas a cambio de la traición a toda su raza y que no estuvo cuando tenía que estar para defender a tu padre del asesino. Aquel es el gran protagonista el día de hoy, quien activó la bomba de sulfuro que ahora te mataría, así le fue dicho el engaño, pero el destino te quiere vivo y no solamente para esto, pero así tiene que ser, y quedará vivo también él, nuestro protagonista. Será el primero que veas cuando despiertes después de esto. Espero que el saber te traiga consuelo Obnet, porque a pesar de querer, no serás tú quien tome justicia por tu padre. No lo olvides Obnet, será el primero que veas, el primero que veas será el hacedor de la muerte de muchos compañeros tuyos el día de hoy y el traidor de tu raza, el responsable de poner fin a la vida de tu padre. —