Los hilos del destino
Oefus era un Shidorl viejo y de voz gastada. A pesar de su edad se mantenía firmemente en pie y sus pasos eran más rápidos de lo que su cuerpo a simple vista le permitía.
Siempre vestía túnicas negras sin brillo y la mayoría del tiempo permanecía con su capucha puesta.
Su piel palidamente verdosa se veía muy delgada y cuando asomaba sus manos por fuera de sus ropajes, los más cercanos podían ver algo de su sangre verde corriendo en sus venas sobresalientes.
Tenía los ojos grandes y penetrantes, de color ambar profundo con grandes pupilas. Fué marcado desde antes de su nacimiento y profetizada su apariencia física.
Fue traído al mundo con el propósito de acompañar al Emperador Gladius, padre de Darkón y fué asignado a su primogénito cuando éste dimitió en su favor. Ahora acompaña a Darkón hasta que su vida se lo permita. Dentro de las anécdotas contadas siglos después, se destaca la particular de ser el responsable de que el hijo de Darkón se llamara Gladius como su abuelo, el padre de Darkón
Oefus era apasionado y obedecía ciegamente la voluntad de su emperador Darkón, sin claramente saltar su propósito de acercar el oráculo Shidorl a las acciones del emperador. A pesar de que sólo se dirigía al Emperador, a veces hablaba con él en presencia de otros koratak, pero en realidad muy pocos pudieron decir en todo el universo cuál era el sonido de su voz. Siempre mantenía el temple frío con esos grandes ojos oscuros y amarillos mirándolo todo como escrutando los pensamientos de cada uno de los que estsuviese.
Oefus fruncía el ceño mientras se mantenía firmemente de pie agarrándose las manos por el frente debajo de sus mangas.
Miró hacia un costado y observó que Obnet despertó pestañeando lento, como sacándose una tela muy delgada que le cubría el interior de los ojos.
Miró atentamente sus reacciones tras el cristal.
Se notaba que le ardían y las luces le parecían estrellas brillando delante de sus pupilas.
Obnet se dió cuenta que tenía una manguera que entraba por su boca, abría su garganta y terminaba en sus pulmones, no la podía cerrar ni emitir ningún sonido.
Sus pulsaciones se aceleraron y luego bajaron.
Antes de caer desmayado nuevamente pudo ver dos cosas que se le quedarían estampadas en la memoria, pero recordaría como un sueño, el cual muchas veces tergiversaría en su propia
conciencia, que iba a desencadenar la línea temporal Shidorl escogida para él: Vió por la ventana aquellos ojos amarillos oscuros, profundamente insípidos del Shidorl de Darkón que lo miraron sin sorpresa antes de los del Emperador con él cual tenía una charla.
Y a su costado derecho, en la camilla de al lado vió entubado y en coma a Cochran, su jefe de guardia personal, compañero, amigo y según palabras de Alarate su Shidorl: El traidor y causante de la muerte de Greonet, antiguo Emperador de los Pondaror y su padre.
Al otro lado del cristal, Oefus le decía a Darkón: — Su cuerpo es muy fuerte pero la cicatriz aún no es estable, debemos mantenerlo dormido por más tiempo. ¿O acaso es más fuerte su voluntad de estar despierto? —
— Cuéntame Shidorl — Interrumpió Darkón —¿Que viste en los reportes de la operación? —
Se reemplazaron dos órganos vitales. — Respondió su Shidorl: — Fueron creados a partir de sus placas base, especialmente para él por lo que no hubo rechazo alguno. El implante de pierna, la cicatriz que aún no se absorbe, fue hecha hasta la médula. El implante se puso ahí, la abertura fue realizada en los pliegues de los músculos del muslo, una vez se absorba no quedará rastro. El fémur absorberá el implante y en tres meses o menos será invisible hasta para los scanners más refinados.
— Cuéntame consejero. ¿Debo matarlo? — Y Oefus lo miró diciendo: — No veo una línea temporal en la que no lo mates Emperador. Sólo tú podrás saber cuando el Pondaror te deje de ser útil. Sólo entonces deberás matarlo. —
Darkń recordó las palabras de Jaden: — No deberás matarlo — Y un agudo dolor de cabeza se apoderó de él. Se tocó la sien con la mano derecha y apretó los dientes.
— ¿Está bien emperador? —
— Solo es falta de sueño — Le dijo a su Shidorl mientras una nube negra oscurecía los recuerdos de aquella reunión con Jaden.
— ¿Sabes lo que viene no? — dijo Darkón.
Su Shidorl asintió.
— ¿Y estás de acuerdo con lo que ves? ¿Acabar con una civilización del otro super-cúmulo no afectará es éste, no Shidorl? Seguiremos teniendo paz ¿No es así? — Dijo Darkón con una sonrisa mientras extendía las manos y miraba al blanco techo.
El Shidorl guardó silencio.
Darkón lo miró directo a los ojos para ver su reacción y ocupó la segunda destreza del Kandú: Traer el presente, para mirar unos segundos antes — Jaden es mi chivo expiatorio. ¿Supongo que lo sabías? —
— Lo sé mi señor — Dijo el Shidorl haciendo una reverencia. Y añadió: — Sé que él te advirtió acerca de los Kantorianos hace tiempo. Sé lo que te dijo, él mismo me lo confesó hace unos cuantos meses atrás. Él sólo busca la paz para el súper-cúmulo emperador —
— Bien, bien — Pensaba Darkón mientras le daba la espalda y caminaba hacia el box de vidrio en el que estaban durmiendo Obnet y Cochran.
Le preguntó a Oefus — ¿Qué más te ha dicho Jaden? ¿Hay alguna profecía para mi de parte de tu superior? — Usted es mi superior Emperador — Replicó Jaden sin contestar la pregunta de Darkón.
— ¡Habla ya! — Gritó Darkón girándose para mirarlo, sus pies metálicos resonaron fuerte en la habitación.
Su Shidorl que aún permanecía con las manos agarradas por el frente abajo de sus mangas sólo lo miró sin decir nada.
— Lo que me faltaba — Replicó Darkón: — Ahora mi shidorl no quiere hablarme. — Y esbozó una sonrisa burlona.
— Es mejor de esta forma — Finalmente dijo el Shidorl.
Darkón pensó: — ¿Acaso tendré que matarte, he Shidorl? No puedes leer mi mente ¿No es así? —
Darkón se saboreaba y se pasaba la lengua por los labios.
El dolor nuevamente. Darkón chistes del dolor y se tocó la sien derecha.
Oefus siguió mirando a Obnet y Cochran a través del vidrio protector mientras meditaba.
— ¿Sabes que puedo matarte, no? —
— Cualquiera puede matarme, mi señor. Pero este no será el momento de mi muerte. —
No le tenía miedo al emperador y confiaba tanto en su oráculo que tenía certeza de cuál iba a ser la causa y el día de su muerte. Se autoconvencía que todo estaba bien repitiéndose: — Así deber ser… así debe ser… —