El susurro de Alarate

Los Shidorl, grandes expertos en los caminos del destino, veedores del futuro, caminadores de los desconocido, veían en sus memorias fragmentadas las conexiones entre el pasado, el presente y el futuro. Transitaban siempre por la vía más fluida, la más coloreada, la que conducía al gran plan de paz entre todas las facciones.

Eran realmente diestros en cubrirse con las sombras, pasar por las espaldas sin ser vistos y caminar sin ser oídos.

En ese momento, aprovechando cada segundo y cada sombra, Alarate se escabulló por los rincones de la nave-ciudad koratak.

Caminaba rápido, mientras veía en su mente que el ser algo más joven le servía ahora, quizás todo cuanto hizo en el pasado sirvió para estar presente ahí en ese momento.

Movía sus grandes ojos para mirar bien los escondrijos de la nave. Los usaba también para mirar el futuro y predecir los caminos más solitarios.

Caminó por un pasillo oscuro, parecía que terminaría en una sala de maquinarias.

De vez en cuando debía parar para que un chorro de vapor saliera por una escotilla.

Escuchó voces adelante, tuvo que agacharse. Pasó por debajo de un tubo y siguió en silencio, cuidando cada paso. Pero sus ojos con una tela blanca le advirtieron que no habría más remedio que mostrarse en público.

Respiró y salió del escondrijo. Se bajó la capucha y se perdió entre la gente.

Intentaba caminar ligero, mirando desde la sombra de sus telas para que no vieran sus ojos blancos.

Pasó desapercibido. Nadie notó su presencia.

Llegó al cuarto donde estaba internado Obnet y entró.

Adentro esperó unos cuantos segundos parado mirándolo y se acercó.

Aquellos momentos tranquilos le sirvieron para ocultar que por debajo de las mangas de su sotana se aplicaba un poco de Heterol, perfume utilizado en la guerra para hacer volver en sí a los soldados desmayados, sobre la parte interior de su muñeca derecha.

Cuando llegó sobre Obnet, acarició su cabellera en señal de cuidado y fraternidad, pero cuidando que su muñeca tuviera contacto con el aire que respiraba su nariz desnuda.

En ese momento Obnet despertó haciendo sonar la gran indumentaria que tenía enchufada en los pulmones y que salía por su boca.

Alarate miró a ambos costados y calmó a Obnet. Lo miró fijo y lo agarró de los hombros: — Cálmate por favor —

Obnet al ver que su Shidorl le imploraba quietud, se tranquilizó.

Alarate entonces le dijo: — He ocultado un frasco de Electroglass debajo de tu camilla. Debes llenarlo de tu sangre llegado el momento. Debes ocultarlo de todos, de no hacerlo presagio gran dolor y desesperanza. Recuérdalo Obnet, debes llenarlo con tu sangre llegado el momento. Oculta el frasco, está debajo de tu camilla. — Y Obnet lo miraba medio atontado y exhausto.

Su cabeza tambaleaba tratando de ponerle atención al Shidorl y tratando de enfocar bien la mirada.

Obnet miró a su costado a la camilla contigua y vió a Cochrane, el asesino, su más fiel amigo, dormido plácidamente.

Solamente atinó a levantar su mano izquierda para tratar de alcanzarlo mientras un sonido gutural se desprendía de la manguera que tenía insertada en su boca.

Alarate lo agarró más fuerte de los hombros y lo empujó a la camilla mientras le decía: — Calma Obnet… recuerda el frasco… recuerda el frasco —

Obnet alcanzó a ver una especie de tela blanquecina que cubría los ojos de su Shidorl. Luego notó que sus párpados le pesaban y comprendió. En tan sólo un segundo, que fue el segundo más largo de su vida, comprendió que Alarate lo había despertado para darle solo una información.

Y cayó desmayado nuevamente debido a la bomba de medicamentos que le metían en la sangre. Desvaneciéndose escuchó a su consejero por última vez: — Recuerda… recuerda el frasco. —