El juicio de Grimor

Segunda parte: Los hijos se alzan

De vuelta en la nave Llavage donde algunos ciclos atrás se había realizado la fatídica reunión Decacemal en la que los Pondaror recibieron aquel puñal en la espalda, estaban los jueces y árbitros del juicio de Grimor, Gobernador Kantoriano. Acusado de la muerte de Greonet, antiguo gobernante Pondaror; La muerte de Triana Gran Generala koratak y por último, la muerte de Dayanara esposa del actual Gobernante de los Pondaror, Obnet.

Para ello concurría a la reunión el Gran Consejo Shidorl presidido por cuatro de los cinco grandes Shidorls del cúmulo, más un Shidorl desconocido.

Los cinco Shidorl permanecían sentados y callados detrás de una gran mesa mirando a la gente en una tarima tres peldaños más alta que el nivel del suelo.

Todavía quedaba un rato para comenzar. Los organizadores de múltiples especies, ataviados con uniformes ocres y la insignia de los Shidorl: una flor dorada de pétalos anchos, se movían con rapidez, ajustando los últimos detalles antes del juicio y ayudando a los asistentes. Testigos de fé de lo que se hablaría.

Taga miró al primero de los cinco colaboradores que permanecían de píe, erguidos a un lado de la sala.

Éste se presionó el hueso detrás de la oreja derecha y comenzó a caminar diciendo: — Abran las puertas principales. Ahora. —

Luego las grandes puertas se abrieron y todos guardaron silencio.

El testigo principal del juicio hacía su aparición en escena.

Fue como una larga sombra la que apareció tras la apertura del cuarzo frío, como si la noche hubiera llegado entre tanta calma y tanto blanco.

El colaborador hizo una larga reverencia la llegada de la comitiva koratak.

Finalmente apareció Darkón antecedido de Gladius del pentágono y Vladdi del diamante. Atrás venía Oefus, su Shidorl y una comitiva militar sin armas de fuego ni láser de diez koratak altos y fornidos.

Los otros cincuenta koratak quedaron afuera de la sala y los otros cuatrocientos afuera de la nave en el Búnker en el que llegó el Emperador.

Darkón pasó, como siempre, en silencio mirando sin expresiones a todo el mundo, incluso al Gran Consejo Shidorl.

Sin embargo, Taga se dió cuenta del gesto de sorpresa del Emperador cuando notó que Jaden no estaba entre los cinco arriba de la tarima.

Se acomodaron en sus respectivos lugares. Darkón y Gladius tomaron asiento en el palco de los testigos, una posición que los mantenía en relativa ventaja visual, pero dentro del campo de observación de los Shidorl.

Vladdi se ubicó detrás del palco de Darkón, inquieto, sonriente pero en silencio.

Todos murmuraban en voz baja. Algunos miraban de reojo a Darkón y a Gladius.

El aire se empezó a sentir denso.

Taga ahora miró al segundo encargado que estaba pegado a la pared.

Éste también se presionó el hueso detrás de la oreja y fue directo a las puertas principales.

Los Kantorianos habían llegado.

Gentes de todas las razas y colores al servicio de los Shidorl. Voluntarios sin excepción, los treinta y seis, salieron desde unos pequeños pórticos al costado de la entrada principal. Formaron una fila acordonando la entrada y separándola del resto.

Unas figuras mecánicas de dos metros de altura entraron en la sala con movimientos lentos, pero precisos y muy bien calculados.

Eran sus armaduras, sus armas, su piel falsa. Dentro de cada una de ellas, diminutos seres sudorosos los dirigían con una destreza que sólo siglos de dominio sobre la tecnología podían otorgar.

Caminaron por el centro del cinturón de los guardias.

Grimmor pasó directamente al palco de los acusados mientras hacía ruidos metálicos al caminar.

Todos guardaron silencio.

Karkrauft, Primer General de los Kantorianos, caminó con Kiltrafa hasta el palco de los testigos.

Gladius mantuvo la compostura, no los miró, pero Darkón sintió el impulso de aplastarlos allí mismo.

Eran escurridizos, irritantes. Y lo peor de todo, eran inmunes a su más letal habilidad: el Khandú.

Se sentaron al lado de Gladius.

El aire se sintió asfixiante… líquido, cremoso.

Fue entonces cuando Taga, el Shidorl, se puso de pie.

— Estamos aquí reunidos para llevar a cabo el juicio de Grimor — su voz resonó en la sala, grave y solemne, pero gutural —. Se le acusa de los asesinatos de Greonet, Gobernante Pondaror; Triana, Gran Generala koratak; y Dayanara, esposa de Obnet.

Hizo una pausa, mirando a todos los presentes.

— Grimor, antes de proceder, tienes la palabra. ¿Te declaras culpable de los cargos que se te imputan o inocente?

Grimmor, enfundado en su robot, desde su asiento en el estrado de los acusados, miró a los Shidorl con serenidad, pero con un brillo de determinación en los ojos.

Puso sus manitas en el succionador de sudor: — La justicia llega a pesar de que algunos intenten aplastarla mediante la fuerza. Gran consejo Shidorl me declaro inocente de todos los cargos — dijo con su voz chillona sin titubeos.

Por fuera se escuchó una voz insípida y metálica.

Un murmullo comenzó en la sala.

Todos se preguntaban qué quería decir con aquellas palabras.

Darkón se inquietó.

— Señores de todas las especies. He venido aquí como un ferviente creyente del destino para atestiguar no solo mi inocencia. — El Kantoriano hizo una pausa.

— Sino para acusar al verdadero culpable — Y apuntó a Darkón.

— !Y tengo pruebas de que Darkón ha plantado evidencia falsa en nuestra contra! — decía Grimmor mientras ponía a su robot de pie.

El murmullo en la sala se incrementó de inmediato.

Darkón no reaccionó, al menos no externamente. Solo sus pupilas se dilataron un poco mirando algunos segundos al futuro.

— Quisiera llamar como testigo a Dummur — continuó Grimor—, miembro del Gran Consejo Shidorl del súpercúmulo de Álbaran.

El impacto de esas palabras fue como una grieta en la estructura del espacio.

El Gran Consejo permaneció impertérrito, como si ya supieran lo que iba a pasar.

Pero la sorpresa se posó en el rostro de todos, que se miraron los unos a los otros.

Llamar a un Shidorl a declarar era inaudito. Eran consejeros. Neutrales. No se involucraban nunca en asuntos de política.

Y sin embargo, Dummur entró en la sala rompiendo en bullicio.

Un Shidorl del súpercúmulo de Álbaran entró en la sala, envuelto en su túnica verdosa.

Caminó hasta el estrado.

Su presencia se sentía como una anomalía. Una violación de siglos de tradición que afrontó con tranquilidad, quietud y serenidad.

Pasó lento sin mirar a nadie excepto a Taga, que sólo por un par de segundos chocó con sus ojos haciendo de éste, un acto cómplice y silencioso para todos los demás.

Luego de una extensa e incesante caminata dijo: — Estoy aquí para testificar en contra de Darkón —

Su voz resonó como un eco de algo mucho más grande que el juicio: — Se han encontrado huellas dactilares en una nave de exploración cerca de la frontera con el otro supercumulo. Doy mi palabra de Gran Consejero. —

El tumulto fue inmediato.

Dummur continuó alzando la voz: — Grimor me ha proporcionado las mismas huellas dactilares en el ataque a la nave Pondaror. Un video expulsado de la nave en una cápsula fué interceptado y traído aquí ahora, en el que se muestra a Gladius, hijo de Darkón entrando antes del ataque. —

El caos se apoderó de la sala.

Todos tenían comentarios o cosas que decir. Preguntas al de al lado o expresiones de sorpresa en su rostro. Todos excepto Darkón.

Sintió, por primera vez en mucho tiempo, la presión de todo el que lo rodeaba.

Pero sabía que debía permanecer tranquilo.

Cada fibra de su ser le gritaba que esperara, que usara la razón.

Pero entonces, el video. Su hijo, su linaje, atrapado en la trampa.

Dumur sin esperar respuesta ni autorización reprodujo el video-holograma de Gladius desde su pulsera.

Darkón se enfureció: — Malditos Kantorianos… Malditos Shidorl, me han tendido una trampa. — Un instante de vértigo.

Luego, solo rabia.

Apretó su mandíbula.

Sintió el ardor subiendo por su pecho.

Había controlado su expresión, había mantenido la compostura con frialdad calculadora hasta ahora, pero al ver el video, al escuchar las pruebas, su respiración se aceleró y comenzó a sobarse los dedos de su mano derecha, los unos con los otros. Gesto que ocultó bajando la mano tras sus piernas.

Taga dijo: — Las palabras de un Gran Consejero como Dummur, para nosotros, y para todos los presentes, son una prueba irrefutable. Ni hablar de las presentadas. Darkón. ¿Qué tienes que decir en tu defensa? —

Darkón conteniendo la rabia, cerró los ojos. Suspiró tan levemente que sólo los cercanos pudieron percatarse. Aguardó así un segundo, limpiando su mente, debía ser estratégico.

Levantó las manos para explicar algo cuando la voz robótica de Grimor lo interrumpió: — ¿Podría hablar desde acá, Emperador Darkón? — Y señaló la silla de acusados vacía a su costado.

Todos callaron. El movimiento de cada alma se detuvo. Una onda expansiva del cólera de Darkón recorrió todo el universo. Todos sintieron frío.

Aquella sala jamás había estado tan silenciosa. Solo se escuchaba el leve zumbido de los campos de fuerza Kantorianos.

Los Consejeros Shidorls se miraron los unos a los otros asintiendo.

Taga levantó la mano derecha y la apuntó al estrado de acusados invitando a Darkon a sentarse en él.

Suspiró.

Se levantó tranquilo.

Calmado.

Caminó sin hacer ruido.

Paso por delante de Gladius.

Pasó por delante de Karkrauft y Kiltrafa aguantando la respiración para no respirar el mismo aire que ellos.

En la sala sólo se escuchaba el susurro de las aterciopeladas ropas de Darkón rozando el aire.

El Gran Consejo había osado sentarlo junto a Grimor, como si fuesen iguales, como si pudieran someterlo a un juicio.

No lo eran. No lo eran.

Todos lo miraban, pero Darkón sólo tenía a Grimor en sus pupilas.

Cuando llegó y agarró la silla, dió vuelta la cabeza para mirar a Oefus, su Shidorl pero no estaba donde debería estar. — Maldito traidor — Pensó mientras tomaba asiento.

Taga dijo: — Hemos de analizar las pruebas, Dummur. En tu calidad de Testigo de fé, ¿Tienes la facultad de enviarnos los cristales con la información? —

Dummur respondió, pero Darkón que estaba sumido en sus pensamientos no lo escuchó. En cambio su mente se decía a sí misma: — Esto es una trampa. El Consejo Shidorl se ha puesto de acuerdo con los Kantorianos — Y Darkón miraba a los Shidorls y a Grimmor.

Sintió que le palpitaba la cien. Apretó sus manos y dejó sus nudillos blancos: —¡Mentira! — Gritó y su voz resonó en la sala.

La conversación que acababa de iniciar entre los Shidorl cesó de inmediato.

El aire se volvió eléctrico.

Los koratak presentes dieron medio paso atrás haciendo sonar sus pies metálicos.

Los Kantorianos dieron un paso atrás y activaron sus campos de protección listos para defenderse.

Los Shidorl se quedaron inmóviles, evaluando.

Darkón miró a Gladius, éste asintió.

—¡Todo esto es una farsa! — dijo Darkón, señalando a Grimor con el dedo.

— Sabemos de qué son capaces los Kantorianos. Sabemos que pueden engañar la mente. ¡Y ahora traen este simulacro de evidencia para enlodarnos! —

Grimor sonrió dentro de su armadura robótica. Era una sonrisa que no podía verse, pero Darkón la sintió. Lo provocaba.

Ambos se pusieron de pie.

— Oh, Gran Emperador Darkón — dijo Grimor con voz pausada, amplificada por los altavoces de su robot —. Tan predecible. Sabes que estas pruebas son irrefutables. Y tu rápida ira sólo confirma cuán desesperado estás. —

Eso fue suficiente.

Darkón saltó sobre Grimor desatando su furia, usando toda su velocidad y su fuerza.

En el aire activó la tercera destreza del Khandú: "Traer el Dolor".

Sintiendo la conexión en su mente, intentó hundir la muerte anticipada en la conciencia de Grimor, hacerle experimentar el dolor desgarrador de su propio fin antes de que llegara.

Pero no hubo vínculo. No hubo nada.

Darkón sintió el vértigo de un golpe cuando su habilidad se deslizó sin efecto sobre Grimor.

Recordó la debilidad de su Khandú.

Su ceño se frunció mientras su puño descendía con furia.

El metal del exoesqueleto Kantoriano bloqueó el impacto con un destello de energía repelente.

— Lo olvidaste, Darkón — dijo Grimor mientras se movía con gran agilidad saltando las vallas. — Tu don no tiene efecto si no puedes mirarme directamente. —

Antes de que Darkón pudiera reaccionar, la mente de Grimor se abrió hacia él y un torrente de imágenes lo golpeó como una tormenta. Darkón vió cómo la realidad se reducía a un simple punto de luz.

Vio a Grimor de niño. Jugaban juntos, corriendo por campos de hierba alta en un planeta que Darkón no reconocía. Se reían, se contaban secretos, hacían pactos de sangre. En el reflejo de un lago cristalino, sus rostros infantiles estaban unidos por una amistad que Darkón no recordaba.

Pero aquello nunca había sucedido.​ ¡Eran recuerdos falsos!

El shock fue inmediato. Darkón tropezó hacia atrás, llevándose las manos a la cabeza, tratando de arrancar la mentira de su mente.

Su respiración se volvió errática. La imagen de un joven Grimor sonriendo como su amigo de la infancia se clavó como una espina en su memoria.

—¡S- SA-L DE MI MENTE! — rugió Darkón, agarrándose la cabeza con ambas manos.

Y en ese momento, Gladius viendo a su padre tambaleante y vulnerable por primera vez miró a Karkrauft y analizó la situación.

Se pusieron ambos de pie.

Gladius se agachó para dar un gran salto hacia atrás para tomar distancia. Necesitaba analizar más la situación. No sólo ceder a la rabia. La impresión de la reacción de su padre le hizo recalcular rápidamente toda la situación.

Vladdi del diamante miró a Gladius y a ambos Kantorianos. No sabía si esperar o atacar, pero su inexperiencia le ganó y saltó sobre el Kiltrafa con un rugido de batalla.​ ​

El Kantoriano reaccionó al instante.

Vladdi se deslizó debajo del brazo mecánico que venía empuñado a su rostro y lanzó un golpe brutal contra el torso del robot, buscando desestabilizarlo. Kiltrafa recibió el impacto y contraatacó, pero en vez de golpes, lanzó una ofensiva mental.

Una ola de visiones inundó la mente de General Supremo del diamante.

Se vio a sí mismo niño, llorando en una habitación vacía mientras su padre se alejaba de él con un rostro frío e impenetrable. Vio a Acadio, su maestro, abrazando a Karkrauft como si fueran hermanos riéndose de él. Vio también un pasado donde los koratak eran esclavizados por los Kantorianos.

Nada era real. Pero todo se sentía como si lo fuera.

Vladdi tropezó, desorientado y Karkrauft aprovechó para clavar una cuchilla metálica en sus costillas.

Los koratak de atrás saltaron también a la acción.

Los Kantorianos hicieron lo mismo.

La confusión se transformó en caos y el caos en una batalla.

Los Shidorl, caminaron hacia atrás protegidos por un campo de fuerza que enseguida se encendió.

Las alarmas de la nave Llavage comenzaron a sonar, anunciando el colapso del juicio.

Unas luces rojas se prendieron por toda la estancia. Las grandes puertas volvieron a abrirse. La seguridad Shidorl entró, separando a las facciones en combate con escudos de energía.

Se escucharon disparos, explosiones menores afuera de la sala.

Darkón logró recuperar el control de su mente, al igual que Vladdi. Se retiraron y retrocedieron.

Confundidos, cedieron terreno a los Kantorianos mientras Gladius observaba con una calma desmedida.

No tuvieron más remedio que retirarse.

Vladdi, jadeante, fue el último en salir, tambaleándose con una herida en el costado. Gladius lo sujetó antes de que cayera.

Grimmor, observando el caos y viendo que los Shidorl se habían retirado, buscó en el rincón derecho, detrás de las cortinas del fondo la señal de Taga.

Ahí lo encontró parado sin decir nada. Ambos se miraron de forma cómplice.

Luego buscó con la vista a Dumur, quien también lo miró asintiendo levemente.

Todo había salido según lo planeado. — El equilibrio se ha roto — Pensó.

Luego, los Kantorianos también tomaron su camino, con Grimor a la cabeza.

Cuando los koratak llegaron a su nave, Darkón miró a su hijo, a sus generales, y con un tono grave, dijo:​

—¿Saben lo que significa esto, no? Es el comienzo de la guerra. —

Los militares se alzaron en un grito ensordecedor.

Gladius asintió mirando a su padre​

Todos los koratak presentes subieron sus brazos en señal de exaltación.

Las luces de la nave se iluminaron con rojo intenso. La voz de la inteligencia artificial anunció: —Código Ares activado. Deformando espacio. —

Los motores rugieron. Los militares abrieron una pequeña tapa debajo de sus pies, de las cuales estiraron unas correas. Las adhirieron a su pies metálicos dejándolos enganchados al suelo.

Antes de salir expulsados, Darkón sintió algo frío en la nuca, miró hacia atrás y vió sobre las cabezas en la oscuridad de la cabina más pequeña del final, la sombra y el brillo ámbar de los ojos de su Shidorl.

Darkón pensó mientras se pasaba la lengua por la punta de los dientes dando una mirada implacable a Oefus: — Y así comienza la guerra. —

Cuando terminó el recorrido y bajaron al planeta Nombrar al planeta de los koratak, Darkón caminó solo a la cabeza del pelotón.

Entró en el hangar principal, fue directo al pasillo central y se encerró en una habitación de reuniones.

Fue a la cabecera de la mesa y tomó asiento situando ambas manos en los reposabrazos.

Así con esta ira que le carcomía, cerró los ojos y reflexionó sobre lo ocurrido.

— Malditos Kantorianos — repetía su mente: — ¿Cómo esta insignificante hormiga me ha dejado tan vulnerable? Los mataré a todos. — Mientras hacía rebotar la pierna izquierda incesantemente. — ¿Acaso este es mi destino? Maldijo consejo Shidorl, me tendieron una trampa. Estaba preparado de antemano. ¿Y Oefus? Gaaaahhh —

Comenzó a respirar agitado pero seguía con los ojos cerrados: — Debe tener alguna explicación lógica ¿O acaso me dirá que era necesario que fuera así? Si.. si… lo mataré, pero ¿Por qué lo ha hecho? tendrá que responderme primero… Maldito Grimor — Y una chispa del rostro de Grimmor sonriéndole como su mejor amigo se expandió en su mente y sintió asco.

Golpeó la mesa con ambas manos. En ese momento sonó un pitido. Alguien llamaba a la puerta.

Darkón presionó algunos botones y vió por el visor que era Gladius, su hijo.

Presionó otro y la puerta se abrió.

Gladius entró caminando raudo, pero sin hacer ruido.

Le dijo a Darkón: — Padre ¿Estás bien? — Darkón le preguntó: — ¿Son 3 ciclos suficientes para terminar una guerra? —

— Serán suficientes, padre. La Krasia no encontrará al imperio destrozado, lo verá victorioso y erguido. Ellos tomarán parte en los asuntos, te lo aseguro. —

Darkón no dejaba de rebotar la pierna izquierda con la punta del pie.

Gladius continuó: — Verás que no me equivoco, padre. Todos te apoyarán, mi abuelo estará también de acu… —- Y Darkón miró a Gladius con una expresión de sorpresa.

Darkón pensó: — Maldito viejo. — Y se tocó una cicatriz que tenía en el cuello con la mano izquierda. — Aún recuerdo cuando me hiciste esta cicatriz —

Gladius guardó silencio comprendiendo el momento de introspección de su padre y caminó para sentarse en una silla.

Darkón permanecía inmobil, como ido de la realidad: — Maldito viejo. Siempre pensaste que no era digno, pero te lo demostraré. De pronto comenzó a sonar una voz muy lejana en la mente de Darkón — Padre —

Luego iba creciendo — Padre… —

Darkón se despabiló cuando Gladius pronunció por tercera vez: — Padre — y le tocó el hombro.

Darkón le miró.

Gladius le hizo un gesto con los labios apuntando al monitor empotrado en la mesa.

Era Oefus quien tocaba a la puerta.

Darkón se sacudió la cabeza y presionó el comando para dejarlo pasar.

Gladius lo miró sorprendido pensando que era la primera vez que le veía vulnerable. El universo le caía encima y lo único que pensaba era en la Krasia.

Oefus entró y Darkón se puso de pie.

Tiró la silla hacia atrás cuando se levantó.

Esperó que la puerta se cerrara y corrió velozmente sin hacer ruido al encuentro del Shidorl.

Lo agarró del cuello y lo arrastró a la pared más cercana dándole un golpe en la espalda y la nuca.

Oefus hizo un ruido gutural tratando de respirar lo que las manos de Darkón le permitían.

Lo miraba con esos grandes ojos de color Ambar.

— Dime shidorl Mío — Dijo Darkón de forma sarcástica — ¿Por qué no me advertiste de estos hechos en el juicio de Grimmor? —

El Shidorl que luchaba por respirar alcanzó a pronunciar con un sonido leve: — Así debía ser… — Darkón hizo más presión y un chorro de saliva se coló por la boca del Shidorl llegando a sus manos.

Luego de un rato en el que los tres permanecieron callados. Los grandes ojos de Oefus comenzaron a cerrarse y su cuerpo empezó a desvanerserse. Darkón lo soltó por fin y Oefus cayó al suelo dando una gran inspiración y tosiendo por un largo rato.

Darkón miraba a la pared — Dime Shidorl. ¿Qué ves a la llegada de la Krasia? —

El shidorl que aún estaba en el suelo tratando de componerse. Se aclaró la garganta. Se irguió, y, sentado en el suelo sobre sus rodillas apoyó su espalda contra la pared.

Levantó las manos e hizo gestos en el aire como si estuviera separando unas cortinas.

Sus ojos se tornaron blancos y a duras penas dijo: — Veo… ejem… veo la Krasia… si… La Krasia llega y hay… paz… —

Finalmente dejó caer las manos cuando sus ojos se tornaron de su color natural.

— La seta, Gladius — Y Gladius prestó atención a Darkón: — La seta del planeta Brieef. La quiero aquí lo antes posible — Gladius asintió pensando: — La seta mutada —

Oefus se puso de pie lentamente y mientras se acomodaba sus ropas dijo con dificultad: — Obnet…. Va a… ejem… va a despertar pronto. —

Darkón miró a Gladius y dijo. — voy a estar en mis aposentos. Se ha declarado la guerra. Se ha activado el código Ares. Haz sonar las alarmas — Y salió de la habitación.

Cuando Oefus terminó de acomodarse sus ropas y se puso en su posición habitual agarrándose los antebrazos por debajo de las mangas Gladius le dijo: — ¿Y ahora Shidorl? ¿Cuál va a ser tu predicción para mi esta vez? —