El destino de Obnet

Obnet había pasado de tener una vida plena y feliz a ser un prisionero silencioso. Su fornido cuerpo ahora yacía postrado en una camilla a cientos de años luz de distancia de su planeta natal y de su hijo.

Su amor de padre se desvanecía en silencio, así como su persona, su realidad y su nombre. Todo aquello era envuelto en una creciente ira que llenaba su médula, sus recuerdos y su dolor.

Una alarma le despertó de pronto. Se sentía mareado y nauseabundo. Sentía su garganta seca y dura, a punto de romperse.

Pestañeó para aclarar la vista.

Todo le daba vueltas entre un color blanco brillante y un rojo cegador. Estaba tan iluminado que sus ojos le ardían.

— ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? —

Analizó su cuerpo y no le dolía, sólo sentía una leve picazón en el hombro izquierdo.

Respiró profundo y con ambas manos se arrancó la manguera de plástico que tenía embutida hasta el esófago.

Le ardió profundamente.

Tosió seco y su boca fue humedecida con algo de sangre.

Se golpeó la sien para ver si se despabilaba. Se sacudió la cabeza y respiró profundamente.

Un recuerdo auditivo le inundó, era la voz de su Shidorl.

— Cochran — Miró a la camilla contigua y estaba ordenada. Limpia. No había nadie ahí.

Se sentó en la camilla pestañeando rápido para ver si con eso lograba recobrar la estabilidad. Se apoyó y sintió algo helado con la yema de los dedos.

— El frasco — pensó.

Enseguida apartó la mano y quiso caminar, pero sus piernas no le respondieron y cayó al suelo.

Tosió sangre.

La manguera le había desgarrado por dentro.

Se sentó, se limpió la sangre escupida, cerró los ojos y en un suspiro, levantó atrás su cabeza para estirar su columna.

Sus huesos crujieron. ​

Abrió los ojos y ahí estaba, pegado con un adhesivo común debajo de su camilla, un frasco de ElectroGlass.

Cerró los ojos para no mirarlo.

Aquel inofensivo frasco, con tecnología del siglo pasado, le recordaba que cada segundo de su vida y cada respiración ya casi no le pertenecían y sentía como su destino se le escapaba como agua entre los dedos.

— Darayana — Pensó mientras una imagen de su esposa se posaba en su mente.

Se lamentó una vez más. Miró al suelo pensando que ni siquiera tenía fuerzas para sacar su frustración golpeándolo.

Una picazón le interrumpió.

Se rascó el hombro izquierdo y le ardió. Rasgó sus ropas de tela blanca para encontrar una enorme y purulenta escara.

La miró frunciendo el ceño. Se pasó la mano izquierda por la cara para contener la frustración.

Miró a su alrededor, necesitaba salir de ahí.

Juntó sus piernas con las manos, se dió la vuelta para arrastrarse con sus brazos, se deslizó a una esquina y tomó una silla de ruedas. Se subió usando su destreza muscular. Se acomodó y la silla se encendió adaptándose a su cuerpo.

Se movió con una pequeña palanca en el reposabrazos izquierdo.

Fue al armario y sacó su ropa mientras un cosquilleo le recorría las piernas.

Tomó su camiseta, sus cinturones de pecho, su chaquetón y se los puso.

Los Pantalones azules fueron acomodados por un mecanismo de la silla en la que estaba.

Unas pequeñas tenazas los subieron por sus piernas y unos rodillos de piedra los arrastraron a su cadera mientras permanecía sentado.

Antes de ponerse las botas notó que podía mover, aún levemente, el pulgar del pie derecho.

— Estoy recuperando movilidad — Pensó.

Las luces rojas no dejaban de titilar. Se acercó a la puerta y cuando se abrió un sonido de alarmas le chocó en el cráneo.

Antes de salir, en un suspiro de enfado, fué al costado de la camilla, sacó el frasco y lo escondió en el bolsillo cerca de los pies.

Avanzó, no vió a nadie pero le pareció un ambiente de caos.

Fue por el pasillo repasando las palabras de su Shidorl tocando el frasco en el bolsillo de la silla.

Giró a la izquierda y entró por una puerta que se abrió a su paso.

Al interior de la sala divisó una figura que le pareció conocida.

Tenía botas de cuero, ropaje verde camuflado. Correas de cuero de las cuales colgaban puñales, armas de pólvora y otras explosivas. Usaba guantes negros y una boina negra sobre su blanca cabellera.

— Tengo muchas cosas que explicarte, Obnet. — Dijo la voz gastada. Obnet pareció reconocerla.

Le miró la cara y recordó aquellas barbas blancas. Era Rayken, Emperador de la civilización Toulka y participante del círculo de traición.

— Acaban de declarar la guerra, hijo — dijo Rayken. —Lamento que todo este camino se haya llevado tantas almas. Y tantas que está por llevarse — Y miró atrás.

Obnet logró ver la silueta del Shidorl de Rayken, expuesto por las túnicas blancas de los Toulka.

Rayken miró a Obnet nuevamente y dijo: — El destino es mucho más complicado de lo que parece, hijo. Nosotros sólo somos peones en este tablero. Pero estos peones asegurarán el futuro de su gente y de sus hijos. —

Obnet que estaba algo mareado todavía no entendía mucho.

Rayken continuó: — El frasco. ¿Trajiste el frasco? — Obnet despabiló y sacó el frasco del bolsillo y lo extendió a Rayken.

— Es tu sangre, hijo, la que tiene que ir en el frasco. Escúchame muy bien. — Obnet se acercó a una especie de mesón metálico invitado por Rayken quien al llegar dijo: — Sólo los Kantorianos tienen esta tecnología. Por el bien de tu pueblo debes morir. —

Obnet pestañeó tupido. No podía creer lo que escuchaba. — Pero no ahora, ni de la forma que crees — dijo Rayken levantando ambas manos.

— Debe ser así. Verás a tu Shidorl una vez más. Él lo confirmará. Yo sólo debo advertirte. Mi Shidorl insistió que fuese de esta forma. —

Obnet respiró profundo y escuchó una gran revelación de los labios de Rayken: — Darkón lo ha hecho. Ha inculpado a los Kantorianos. Pero ha sido él, muchacho. — Y Rayken miró una vez más a su Shidorl. Éste le devolvió la mirada sin expresión.

Rayken continuó: — ¿Hasta dónde es capaz de llegar? No lo sé. No sé de qué es capaz, muchacho. Todos estamos asustados.

Darkón a matado a Triana y a tu padre Greonet.

En el juicio de Grimmor, que acaba de terminar, se presentaron pruebas irrefutables de esto. — Y Rayken puso cara de afligido y levantó las cejas en señal de empatía.

Enseguida los ojos de Obnet se humedecieron y miró a un costado. Se apretó los ojos con el dedo pulgar e índice para comandar a sus lágrimas dejar de salir. Tragó saliva. Su respiración se entrecortó y apretó fuertemente el frasco de ElectroGlass. Mientras sentía un sudor frío en la espalda.

Darkón.

La imagen de su padre muerto se clavó en su mente. Su voz. Sus enseñanzas. Todo arrancado por ese maldito loco.

Su mano tembló sobre el frasco.

— No… — murmuró. — No puede ser… —

Se obligó a respirar hondo. Pero ya no importaba.

Rayken hizo una pausa. Luego dijo: — Darkón ha declarado la guerra a los Kantorianos. Se ha descubierto su farsa. Debes darnos tiempo, muchacho. Es aquí donde entra el frasco que estás a punto de romper. — Y Obnet relajó su mano.

— Los Kantorianos harán… — Y Rayken respiró. Nuevamente miró a su Shidorl quien permanecía innmobil mirándolos.

— Sabes que además de sus cuerpos robóticos, los Kantorianos tienen de las mejores instalaciones de ingeniería genética en varios supercúmulos a la redonda. Ellos han sido autorizados por el Gran Consejo Shidorl de éste súper cúmulo y el Gran Consejo de su súper cúmulo. Tendrá tus memorias y recuerdos hasta este momento. —

Y Obnet comenzó a imaginar que era minúsculo. Que no controlaba ya su destino: — ¿Y si me niego? — Respondió mirando a un costado.

— Sabes que debe ser de esta forma Obnet. — Dijo Rayken mostrando las palmas de sus manos.

Rayken entonces no hizo nada. Solo esperó a que Obnet se decidiera. Luego de un momento Obnet presionó la tapa del frasco y éste se encendió. Presionó nuevamente la tapa dos veces con el

pulgar y del frasco emergieron tres agujas. Obnet se clavó el frasco en la escara, ahí no habrían señales, aguantó un grito de dolor y dejó que su roja sangre llenara el tubo.

Cuando estuvo lleno, las agujas se escondieron pero permaneció encendido. Obnet le pasó el frasco a Rayken.

Rayken lo recibió y caminó hacia su Shidorl para entregárselo.

El Shidorl lo recibió y lo guardó en un pequeño morral dentro de sus ropajes.

Enseguida, el Shidorl extendió una prenda de ropa gruesa a Rayken, quien se quitó su saco militar, sus correas y se acomodó el chaquetón ceremonial que le pasó su Shidorl.

También recibió un puñal de metal blanco desenvainado.

Luego, como una sombra en la noche, el Shidorl de Rayken desapareció detrás de una columna de anchas sombras propiciadas por las incipientes luces rojas que iban y venían.

Rayken caminó hacia Obnet tomando el puñal desde el mango. — Hay otro paso que debemos seguir. ¿Conoces la Bellum Gehenna? —

Obnet casi no escuchó. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Cada segundo que pasaba se sentía más temeroso y minúsculo. Sus piernas le hormigueaban y su hombro le ardía. Por dentro sentía un vacío que solo la muerte podría llenar, la muerte de Darkón o la suya propia. Su padre, una herida aunque fresca, estaba asimilada, pero esto la abría de nuevo. Sentía como la escara se extendía al plano de la mente.

Y su esposa. — Darayana no puede ser… — Pensaba y sus lágrimas brotaron de nuevo.

Pero aquellas palabras le llamaron la atención de sobremanera. — Bellum Gehenna. El Arma Definitiva. —

Y Obnet recordó aquel libro que leyó desde pequeño: Bellum Gehenna. Reservada para quienes habían cometido los peores cŕimenes.

Rayken habló: — Bellum Gehenna. Es lo único que le espera a Darkón. Los que queden luego de nosotros, todos aquellos se unirán en nombre de la paz y pronunciando aquellas fatídicas palabras lo exterminarán, a él y a todos los koratak en un ataque masivo. Aquellos ecos que ya nadie recuerda, cuando fue el último Bellum Gehenna, para marcar el inicio de una nueva era son los tambores que ahora resuenan, hijo. Estamos cambiando de época, dando inicio a una nueva era. —

Rayken hizo una pausa y continuó: — Para Darkón, yo seré un traidor. La versión que él escuchará será la que tendrás que repetir cuando lo veas. Recuérdalo Obnet. He venido a matarte y tú me has detenido y me has matado. También debo decirte esto: Recuerda las palabras de tu Shidorl. Tus lentes inhibidores, debes ponértelos. — Y Rayken extendió el puñal a Obnet diciendo: — Así debe ser, muchacho. El destino del universo depende de tu decisión ahora. Debes hacerlo. —

Obnet lo miró con su cabeza a punto de estallar. No entendía nada. Estaba preso en una corriente de la cual no tenía control en lo más mínimo. Sintió como era arrastrado por un caudal enorme que no dejaba nada a su paso. Su mente se hizo un único punto de luz.

De pronto comprendió que no había nada que hacer.

Se estaba ahogando en un mar tormentoso en el cual no podía hacer otra cosa que dejarse arrastrar por la corriente.

Obnet lo miró usando sus ojos Iyuwe.

Vió un aura blanca al rededor del emperador. Estaba listo para su muerte.

La aceptaba y no tenía miedo.

Obnet movió los pies de manera circular. Los pudo controlar. Se palpó el hombro y una pequeña compuerta se abrió, agarró sus lentes inhibidores y se los puso.

Sus ojos rojos y húmedos quedaron detrás de un par de cristales polarizados.

Agarró fuertemente la silla y se puso de pie. Sus piernas ya le respondían.

Rayken le extendió el puñal agarrándolo de la hoja y con lágrimas en los ojos, lo tomó y se lo enterró en el pecho.

Fue un movimiento rápido. Rayken ahogó un grito de dolor, sus signos vitales se desvanecieron y cayó al suelo.

Su grueso chaquetón se empapó de un rojo intenso.

Obnet lo agarró para que no golpeara contra el suelo y lo dejó suavemente.

Aún con el cuerpo tibio, Obnet retiró el puñal del pecho de Rayken. Que murió con los ojos abiertos, como observando su destino después de la muerte. Obnet lo aceptó, agachó la cabeza y lloró.

Así debía ser. Su papel ya estaba escrito y debía interpretarlo de la mejor forma.

Ahí agachado se empapó las manos con la sangre caliente que aún salía del cuerpo. Se llevó un poco al rostro asegurándose de que las manchas fueran lo suficientemente convincentes. Se manchó su chaquetón y sus botas y se hizo un corte en el cuello.

La farsa debía ser perfecta.

Las alarmas en la nave aún titilaban en rojo cuando Darkón sintió un escalofrío.

Se detuvo. Su Shidorl lo miró con extrañeza.

Carantos quien iba a un costado también lo miró, vió en sus ojos algo conocido pero absurdo. Algo que no debería estar ahí.

— ¿Emperador? ¿Emperador, está bien? — Dijo Carantos.

En ese momento Darkón se agarró fuertemente la cabeza y cayó al suelo de rodillas.

Carantos miró al techo. — Las alarmas — dijo. Y abrió los ojos: — Estas luces rojas son parecidas a… —

Y Darkón dejó de retorcerse.

Se calmó y se puso de pie como si nada esbozando una sonrisa malévola. — Carantos — dijo.

Carantos lo miró asustado: — D… D… — Y miró al Shidorl: — Darkón… emperador Darkón — Le hizo una seña al emperador. Éste asintió y dijo: — A la central… —

— Pero emperado… necesitamos … — Y guardó silencio cuando sintió la mirada fría y penetrante de su emperador sobre sus ojos.

Carantos se cuadró y lo siguió. El shidorl hizo lo mismo.

La puerta principal se abrió con violencia. Un grupo de soldados koratak ingresó a la sala con sus pasos metálicos resonando como una marcha sincronizada. A la cabeza, envuelto en su habitual aura de frialdad, el emperador Koratak.

Obnet no necesitó mirarlo para sentir su presencia.

El Emperador vió la sangrienta escena, reconoció de inmediato la cara con los ojos abiertos de Rayken, lo vió ensangrentado en el suelo.

Obnet aún tenía el puñal en la mano.

Levantó la vista levemente. Miró al Emperador con un semblante exhausto, lleno de furia contenida, pero también de duda. Todo debía parecer real.

—No tuve opción —dijo Obnet con voz áspera, aún afectado por el esfuerzo físico.

Los pasos del emperador resonaron con lentitud. Su capa negra flotaba, mientras sus ojos evaluaban la escena.

Se detuvo junto al cadáver y lo miró con desdén. Luego, sin prisa, giró su cabeza hacia Obnet y clavó su mirada en él.

Obnet sostuvo su expresión. No debía dudar.

— Me trató de convencer para unirme a él y a esos malditos Kantorianos. — y escupió al suelo.

— Maldio traidor. Quiso manipularme para hacerme creer que todo era culpa tuya. — dijo Obnet con una voz calculada, con el tono exacto entre confusión y rabia. — Que tú mataste a mi padre. —

El emperador sonrió apenas. Un gesto leve, casi imperceptible. — ¿Y tú que piensas? — Obnet miró el cuerpo de Rayken, como si aún procesara lo ocurrido. Era su momento para sembrar la duda. Debía hacerle creer que él estaba ganando.

—No lo sé. Quiero creer que él me mintió. Pero… —

El emperador se inclinó levemente.

—Pero… — repitió, como si disfrutara del momento, mientras sus pupilas se hicieron más grandes.

Obnet frunció el ceño y apretó los puños, dándole lo que quería ver.

— Pero nada de esto tiene sentido, Darkón. ¡Rayken no era estúpido! Todo parece tan extraño. Intentó amenazarme con este puñal — Y Obnet miraba el puñal en su mano apretada — Creyó que estaba inválido. Maldito Rayken —

El emperador rió suavemente. Pero no de alegría. De satisfacción.

— Ah, Obnet… Sigues siendo el mismo guerrero testarudo de siempre, tal cual tu padre. — Se acercó más, poniéndose a su lado —. Obnet miró el puñal. Era su oportunidad. La oportunidad que su padre nunca tuvo. Con un gesto rápido podía acabar con la vida de Darkón y vengarlo y vengar también a su esposa.

Obnet sintió el peso del puñal en la mano. Su corazón martilleó en su pecho. Su agarre sobre el puñal se tensó aún maś. — Lo tengo al alcance de mi mano — Su pierna avanzó un milímetro.

Y entonces… La voz de su Shidorl resonó en su mente: — Darkón no debe morir a manos tuyas… A pesar de que puedas hacerlo, esto no acabará con la guerra y Gladius se encargará del resto y se coronará él en vez del padre — Obnet sintió un escalofrío. Sus dedos temblaron en la empuñadura del puñal.

Aquella vez Obnet pudo hacerlo, acabar con la vida del ser más despreciable que había conocido la historia reciente.

Pero no lo hizo.

— Así que ha tratado de asesinarte ¿No? — dijo el emperador con voz calma, pero con un leve tono de sospecha.

Obnet no respondió de inmediato.

El filo de la daga aún estaba cálido con la sangre de Rayken.

Con una respiración profunda, aflojó lentamente su agarre sobre el puñal. Lo dejó caer al suelo con un sonido hueco.

—No tuve opción —dijo finalmente, su voz aún áspera.

Darkón avanzó. Su capa rozó la sangre del suelo mientras se detenía junto al cadáver. Observó a Rayken sin la menor expresión en su rostro.

Luego, alzó la vista hacia Obnet mientas empuñaba su daga cónica por la espalda. Ésta permanecía retraída. — Que buen experimento sería matarlo ¿Pero aún lo necesito? —

Finalmente aflojó sus manos de la daga y la metió rápidamente dando media vuelta.

— Ve a limpiarte Pondaror. Quiero mostrarte algo… — Y salió rápido de la habitación.

Darkón corrió afuera. Carantos lo siguió.

Oefus el Shidorl del emperador estaba confundido, se sentía mareado, las líneas temporales estaba algo difusas…

Carantos siguió al emperador por detrás de una mampara y lo encontró en el suelo.

Darkón lo miró y le dijo: — Carantos… No he presionado el botón —

Obnet quien estaba aún en el suelo, le cerró los ojos a Rayken. Sintió su pecho oprimido y suspiró.

Lo había logrado.

Pero al mirar el puñal en el suelo se tocó el corte que se hizo con él en el cuello y pensó — Juro que no dejaré pasar esta oportunidad de nuevo —