El otro yo

Un planeta quedó atrás. Obnet miró al frente. Tenía todo el universo para él. Se sentía como un pequeño pez nadando en un gran mar. Oscuro y sin rumbo.

Poco a poco desaceleró su respiración. El rojo de sus ojos retrocedió lentamente dejando su esclerótica blanca. Sus pupilas se contrayeron, llevando el tono de un negro profundo al acostumbrado ambar de los Pondaror.

Sacó el cristal del bolsillo. Lo miró. Posó su cabeza en la cabecera del asiento y suspiró dejando caer su mano.

Cerró los ojos y vió a su esposa e hijo. Estaban de frente mirándolo.

Se pasó la lengua por los labios. Los tenía secos. Su cuerpo fatigado, le dolía. Tuvo que utilizar sus últimas fuerzas para salir con vida del hangar.

Luego de un rato, el cansancio no le permitió más y comenzó a ver borroso.

Lo único que se le ocurrió fué apretar fuertemente el cristal contra su estómago y se desmayó.

— Padre — Escuchó Obnet — Padre… — ¿Ziro? ¿Ziro dónde estás? — Y Obnet se despertó de pronto entre luces rojas y un sonido de alarma persistente.

Pestañeó.

Movió la cabeza para despabilar.

Se acomodó en el asiento y notó un ruido que cada vez se hacía más fuerte. Un golpeteo. Al principio creyó que era el sonido de la lluvia, pero poco a poco, a medida que recobraba el conocimiento comprendió que se trataban de rocas.

El sonido de la lluvia era el armazón de la nave chocando con una infinidad de piedras pequeñas en suspensión. A veces era arenilla, a veces rocas grandes y pesadas.

Apretó unos botones en la parte superior para cesar la alarma y apagar las luces rojas.

Tomó el mando.

Presionó la secuencia para controlar la nave de forma manual.

Enfocó su vista al frente y en tan solo un segundo, movió, de forma instintiva, las palancas hacia la derecha esquivando una colisión que parecía inminente. — Es un cinturón de rocas — Pensó.

Presionó otra secuencia de botones y switches y la nave se detuvo.

Un sonido, de entre todos los que sentía, le llamó la atención.

Era un tintineo que parecía provenir de sus pies.

— El cristal — Pensó.

Se inclinó y ahí estaba.

Aprovechó la quietud para agacharse y recogerlo.

Lo tomó y lo metió en la ranura amarilla que sobresalía a la izquierda del panel central.

Tomó una protuberancia que parecía una moneda negra que emergió luego de accionar el switch al lado del cristal y se la pegó detrás de la oreja. Inmediatamente, un holograma en forma de Alarate, su Shidorl, saltó por encima del cristal, pero quedó pausado.

Obnet cerró los ojos comprendiendo que quizás esta fuera una predicción como ninguna otra. Alarate con aquella expresión en su rostro, como si fuera una despedida, contaba una historia mucho más profunda que la que se podía expresar con simples palabras.

Obnet ya no luchaba con sus pensamientos, sino más bien sentía que se convertían en una ola que iba y venía según los designios del destino. Su mente se abría como una flor desde adentro hacia afuera.

Presionó un botón más y dejó que la voz de su Shidorl lo inundara:

— Esta será mi última predicción para tí Obnet. Ya no tengo que ocultarte nada. Todo lo que piensas es cierto. Todo esto es parte de un plan mucho más grande que tú o yo. Incluso tu padre o Ziro. Si algo de consuelo sirve en esta circunstancia, aunque no sea más que para apaciguar la mente, Ziro, tu hijo, gobernará muchos ciclos con grandeza. Eso te lo puedo decir desde mis más profundas convicciones. Pero tú, no estarás para verlo, ni ahora ni en adelante. — Y una lágrima rodó por la mejilla de Obnet

— Sin embargo, el reinado de tu hijo será luego del reinado de Obnet “el fuerte”, resurgido de las cenizas, cuando la guerra acabe. —

El rostro de obnet acusaba dudas

— Brante, el Shidorl de Rayken, a quien mataste, como parte del gran plan, llevó tu sangre con Grimor, Gobernante de los Kantorianos. Tu clon ya ha sido preparado y está en crecimiento. —

Obnet se relajó sintiendo que todo había terminado para él mientras escuchaba.

— Tu clon llevará las memorias hasta el momento de antes de matar a Rayken. Se le implantarán recuerdos falsos. Recuerdos de una huída con él y un escape tremendo en dirección

hacia el super-cúmulo donde viven los Kantorianos. En esos recuerdos, Darkón lo mató y juraste vengarte.

Él, quien lleva tu estirpe, tu doble, desde ahora el verdadero Obnet, gobernará a los Pondaror desde ahora. ¿Lo comprendes Obnet? Hago esto solamente como un guiño de nuestra amistad. La nave fué programada para ir a una dirección en particular. Y no puede ser reprogramada. Allá, en tu destino, es que encontrarás la muerte. Obnet, debes comprender que debe ser de esta forma y no de otra. El destino de esta guerra depende del plan trazado, desde hace ya mucho tiempo. Debes comprender que el destino de tu especie y de tu hijo depende de esto. Allá, en el planeta Caiobos, verás a Vladdi. Morirás en su presencia.

Aunque el destino muchas veces parezca una treta y desborde ironía, tu grandiosa historia terminará en silencio en manos de un pequeño Sporo quien con su puñal hará que tus pulmones respiren por última vez. Obnet. Todo lo que pensaste alguna vez, es cierto. El destino ya está trazado. La rueda del Karma de este universo ya está girando. Yo, de ahora en adelante, debo obediencia al verdadero Obnet, Gobernador de los Pondaror. Tu clon —