Demeter
El Emperador cruzó el umbral metálico del salón de sesiones desnudándose el torso sintiendo la brisa fría de las paredes de hierro.
La puerta se cerró detrás de él impermeabilizando el interior y dando inicio al ritual.
Encima del sillón reclinable, había un óvalo brillante de vidrio que reflejaba el universo de afuera, distorsionándolo.
Carantos lo esperaba a un costado.
— Mi señor… — Dijo Carantos asintiendo con una reverencia mientras desenvolvía las agujas cuidadosamente esterilizadas en un paño blanco.
Darkón no dijo nada. Caminó con lentitud hasta el sillón inclinado, diseñado especialmente para sostener su cuerpo cuando cruzaba la frontera. Se sentó, apoyó ambos brazos en los reposabrazos de titanio cromado y cerró los ojos.
Respiró profundo.
— ¿El mismo patrón de frecuencia? — preguntó Carantos mientras encendía los dispositivos.
Darkón asintió.
Un zumbido comenzó a llenar la habitación. Grave. Constante. Mecánico.
Abrió los ojos y los centró en el óvalo cristalino. Vió tres soles orbitando un centro distorsionado. Comenzó a pestañear lento.
Luego, un pitido agudo cortó el aire.
piiiiiiiiii
Enseguida de los bordes cromados del sillón, saltaron unas cadenas de metal, abrazando los brazos del emperador. Éste se resistió por un momento, luego se relajó y abrió los ojos.
Pero no era él.
Su espalda se irguió más de lo habitual.
Los músculos de su mandíbula se relajaron.
Los dedos, que antes reposaban tensos sobre el metal, se curvaron lentamente como si saborearan el frío metálico.
La arruga del entrecejo se relajó cambiando su expresión.
El cuerpo era el mismo. Pero algo más lo habitaba.
Carantos se inclinó, sin decir palabra. Sabía con quién trataba ahora.
— Buenas noches, Carantos. — dijo el emperador.
Aquella voz era más suave. Pero también más fría. Cada palabra salía medida, como si fuera esculpida con precisión quirúrgica.
— Buenas noches… Gran Emperador Demetter. — Dijo Carantos, desencadenándolo.
Los eslabones de acero fueron arrastrados tras los bordes..
El alter ego se levantó caminando con una elegancia pétrea, mecánica. Lentamente hacia el centro de la sala.
Sus pies metálicos no hacían ningún ruido.
El óvalo de cristal mostró un vórtice de estrellas girando en espiral.
Demetter miró el vórtice con una sonrisa contenida y dijo: — Nuestro señor emperador no recuerda estas sesiones todavía, ¿cierto? —
— No, mi señor. No recuerda nada. Aún cree que son sesiones de autohipnosis. —
Demetter se giró. Miró a Carantos con una mezcla de ternura y crueldad.
— Qué bello es ser invisible a los ojos de los Shidorl, ¿no te parece? Ser un silencio en su río del tiempo. Un susurro que no pueden oír.
Carantos bajó la cabeza en una reverencia: — Gracias al diseño de su padre… — dijo, casi temblando — …A usted nadie puede observarlo. Fue hecho para burlar al futuro. —
Demetter sonrió: — “Hecho”. — Y Demeter se miró las manos: — Sí. Fui hecho. Pero nací… —
Giró la cabeza y miró el cristal. El vórtice se disolvía y giraba aún más de prisa.
— Él me creó. No a Darkón. A mí. Él necesitaba algo más allá del poder, más allá del juicio. Un emperador puede ser asesinado. Un dios, en cambio, sólo puede ser adorado… o temido. —
Guardó silencio. Caminó de nuevo hasta el sillón y se sentó, como quien contempla su trono oculto.
Luego, como si hablara consigo mismo, murmuró:
— ¿Sabes qué odia Darkón más que a los Kantorianos, Carantos? —
El médico negó con la cabeza.
— A su padre. —
Hizo una pausa. Luego bajó la mirada, con los ojos entrecerrados.
— Pero yo… yo lo amo. —
Ambos guardaron silencio.
Entonces Carantos sacó un par de agujas y caminó al sillón.
En silencio se las clavó en el brazo, las abrió y metió unas pequeñas mangueras de goma que se llenaron de sangre.
Demetter, relajándose, cerró los ojos y su mente fué a un recuerdo de su infancia, al primer recuerdo que tuvo. Los pinchazos de las agujas que le clavaba Carantos, lentamente se convirtieron en azotes en su espalda y su pecho. Pudo sentir como aquel día, Gladius primero, su padre, lo golpeaba con un macizo de plomo.
— ¿Lo recuerdas Carantos? ¿El día que nací? —
— Nunca lo olvidaré. Tan sólo tenía nueve ciclos, igual que usted —
Lentamente, la vista del óvalo que reflejaba el universo se fue transformando en su recuerdo.
Darkón, de apenas nueve ciclos, estaba sentado en el centro de un círculo de obsidiana tallada. La sala era húmeda, sin ventanas, oscura y olía a sangre seca.
Frente a él, su padre, Gladius Primero, Emperador de los koratak. Un ser que parecía tallado en piedra. Casi mitológico. Su gran altura eclipsaba por completo su rostro.
Por ojos tenía dos luces frías, como las lunas de Trailion. En su mano, un bastón largo con un núcleo de plomo. A su lado, observando en silencio, estaba un joven aprendiz de bata blanca y manos temblorosas, pero con la misma nariz afilada, parecida a un ave de rapiña: Carantos.
— ¿Por qué no te levantas, Darkón? — dijo Gladius aquella vez.
El niño lo miró con terror y con enfado. En sus ojos brillaba una ira que ningún niño debería sentir.
— ¿Te vas a quedar ahí llorando como un Kantoriano sin traje? —
Darkón temblando sobre sus rodillas. No dijo nada.
Entonces el bastón descendió.
¡CRACK!
El impacto fue directo al estómago. El niño cayó al suelo sin aire. Vomitó bilis y sangre.
— ¡Levántate! — rugió Gladius.
Carantos, joven, quiso intervenir, pero su maestro, detrás de él, le puso una mano en el pecho. — Observa. Solo observa — le susurró.
El maestro tenía los ojos vacíos, como si lo que ocurría fuera apenas un procedimiento técnico. Miraba un monitor tras él sin cesar.
Darkón volvió a mirar a su padre. Las lágrimas caían de sus ojos, pero algo más surgía de ellas. Algo nuevo.
El niño comenzó a gritar y se agarró la cabeza. Comenzó a ver borroso. Sentía com su cerebro se salía de su cráneo, empujando sus ojos adelante. Luego toció. Toció y se tranquilizó.
Darkón entonces lo miró sereno, con otra expresión facial.
— Y Ahí estaba yo. — narraba Demetter desde la memoria. — Yo nací en esa mirada. Esa fue mi primera respiración. Aún puedo oler la sangre seca. — Y volvió a su recuerdo.
En los ojos del pequeño Darkón ya no había miedo. Ni llanto. Ni obediencia. No había nada.
Una nada tan pura, tan sin forma, que ni siquiera su padre lo reconoció.
Gladius miró al maestro de Carantos con sorpresa: — ¿Se ha disociado? — Dijo. El médico viejo se acercó a un panel de controles, miró atŕas al Emperador y asintió.
— Tú no eres Darkón — dijo Gladius, inclinándose hacia el niño. — Tú eres algo mejor. Algo que yo he creado. —
— Darkón no respondió. Pero yo sí lo hice. — Señaló Demetter a Carantos con los ojos aún cerrados.
— Yo soy la consecuencia, padre — dijo Demetter con una voz que no era la de un niño.
Los ojos de Gladius primero brillaron por primera vez con aprobación, pero no sonrió. No dijo nada.
Solo dio unos pasos atrás y le susurró al médico anciano: — Haz que este estado sea permanente. Quiero hablar con este… este otro… cuando lo necesite.
El médico asintió. Carantos miró, pálido, mientras el viejo comenzaba a grabar códigos auditivos en un dispositivo.
— Estimularemos el centro neural izquierdo, justo antes del miedo. — dijo el anciano mientras presionaba algunos botones.
Carantos tragó saliva. Fue la primera vez que presenciaba algo tan sublime.
Ahora en el presente. Demetter recostado en el sillón decía: — Cada vez que quería hablar conmigo, golpeaba a Darkón —
Miró a Carantos que se enfocaba en los tubos de sangre y le dijo: — ¿Cómo va el plan? —
— Como se diseñó, Emperador. Darkón no sabe por qué hemos atrapado a su Shidorl con su ayuda — Y lo miró: — Oh majestuosa creación del universo. El único que puede caminar por el oráculo Shidorl sin ser visto. —
Y la escena se tornó de una ternura falsa y perturbadora.
Demetter se levantó, las mangueras de plástico se estiraron. Caminó hacia Caranto. Su médico resistió
Demetter dijo: — Sabes que el plan perfecto, concluye con un final perfecto, ¿No? ¿Mi querido Carantos? —
Carantos no decía nada. Intentaba contener la respiración para no explotar en llanto. Tenía al emperador Demetter tan cerca…
— ¿Lo sabes, no es así Carantos? Tú eres el único que sabe de mi existencia además de él. — Y Demetter agarró a Carantos por el cuello: — Sabes que cuando se complete la obra de nuestro padre, deberás ceder tu vida ¿No es así? —
Demetter le hablaba cerca, casi susurrándole.
— Lo… lo se mi señor — Dijo Carantos forzadamente.
Demetter relajó un poco su mano: — Mi vida entera le pertenece señor Dark… — Y la mano volvió a apretarse: — Señor Demetter. Pue… Puede hacer lo que quiera con ella. O con mi cuerpo. —
— Perfecto — Dijo Demetter y soltó al médico.
Lentamente, disfrutando del momento de manejar el cuerpo del emperador, levantó las manos y se estiró sintiendo crujir las vértebras de su espalda. Volvió a recostarse en el sillón.
Carantos, recobrando la compostura, se irguió y presionó algunos botones. El pitido comenzó a hacerse más pequeño.
Demetter lo miró por última vez y le dijo: — No debes dejar que Darkón mate a su Shidorl. Lo necesito con vida. —
Y el pitido sonó otra vez con la misma intensidad
piiiiiiiiii
Darkón parpadeó. Se frotó los ojos. Miró alrededor, un poco desorientado. — ¿Carantos? — preguntó. — ¿Terminamos ya? —