Una joya rota
El pitido resonó en la habitación.
Todo había sido en secreto. Incluso estaban en la sala de tortura personal del Emperador, cerca de sus aposentos.
Los ojos ambar de Oefus se abrieron de sorpresa al ver el semblante de Darkón cambiar. Primero se retorció. Luego se irguió con otra postura.
La misma cáscara, otra alma.
La cara dura de Demetter se perfilaba afilada por entre las sombras de las luces tenues. Pero el Shidorl, como puesto delante de un tribunal, yacía amarrado de pies y manos bajo un foco de luz un poco más intenso.
Demetter se acercó a la mesa, de entre todos los instrumentos escogió el látigo con puntas.
Oefus vió brillar el cromo tenuemente, pero supo que era algo afilado.
Se miró las manos, atadas por cadenas de hierro.
Los pies separados en una postura incómoda, apresados por grilletes. Pegado a una cruz de piedra tallada.
Entre abrió la boca, no podía creer lo que miraban sus ojos de Shidorl. La líneas del tiempo se confundían y se creaban nuevas ramificaciones. Movía los dedos hacia atrás y adelante incesantemente.
— No.. no puede ser… esta no.. esta no es mi muerte… — y lanzó un alarido de dolor seguido del silbido del látigo.
Su brazo quedó descubierto y lleno de sangre verde.
Carantos quien observaba, sonriendo y gozando del espectáculo, corrió hacia el Shidorl y le arrancó las ropas. Las sacudió fuerte hasta rasgarlas dejando el torso esquelético del Shidorl al descubierto.
Otro alarido gutural.
Y otro más…
Pronto el cuerpo del Shidorl, lleno de sangre verde temblaba del miedo.
Demetter lanzó el látigo al suelo.
Oefus sintió miedo. Pavor. Desesperación.
El emperador lo miró un rato. Jadeando. Viendo como un maestro ve una obra de arte rota. Contemplando su creación entre chorros de pintura en el suelo.
Demetter se acercó al prisionero, lo agarró por el mentón y le dió un gran lengüetazo en la cara, bebiendo la sangre verde que encontraba a su paso.
Le dijo al oído: — ¿Qué ven tus ojos de Shidorl ahora? — y se burló de él lanzando una gran carcajada.
Oefus, con los ojos blancos revisaba una y otra vez las líneas del tiempo.
— Carantos. Las agujas — Ordenó Demetter. Carantos corrió a la mesa y le extendió un trozo de cuero marrón enrollado. Darkón lo tomó de una punta, lo desarrolló y tomó la primera aguja.
La enterró lento y sin apuro en el hombro izquierdo del Shidorl.
Oefus al principio se negó a demostrar dolor. Pero la aguja se iba ensanchando más en cada momento.
Después siguió con el brazo izquierdo.
Luego desde el hombro derecho hasta la mano.
— ¿Qué? no puede ser… ¿Tan poco a durado? No llevamos ni una hora — Exclamó Demetter mirando a Carantos. — Despiértalo —
Carantos corrió a la mesa y sacó los sobres metálicos. Cogió uno, lo abrió y extendió el trozo de tela que había adentro. Lo puso sobre la nariz del Shidorl y en un gran suspiro se despertó y comenzó a gritar del dolor.
Todo su cuerpo se retorcía. Demetter desde la mesa lo miraba — Sí… — Decía con una gran sonrisa malévola.
— Dime Shidorl — Y corrió con grandes zancadas hacia Oefus. — Cuéntame del plan. — Llegó tan cerca de Oefus que lo vió claramente. Pero el Emperador tenía otra mirada. Era muy extraño. Hablaba de otra forma.
Oefus lo miró bramando. Botaba saliva por la boca y su cuerpo, chorreaba sangre.
— Detén la hemorragia —
— Sí mi señor — respondió carantos.
Luego de un rato, el cuerpo del Shidorl, ya débil, quedó colgando de las cadenas que apresaban sus manos. Pero ya no sangraba, parches improvisados con una especie de pegamento viscoso, sellaban sus heridas. Pero de las agujas, todavía salía un poco.
El pitido todavía sonaba con la misma intensidad. Pero nada se podía escuchar desde afuera de una habitación hecha de cuarzo frío.
— Dime Shidorl. Cuéntame del plan —
Oefus no cabía en sí. Lo miraba sin saber qué decir.
— Demetter caminó a la mesa y cogió un bastón. El bastón que le recordaba a su padre, con núcleo de plomo.
— Señor — Interrumpió Carantos viendo el instrumento que escogió Demetter. — ¿No es muy pronto para eso? — Estiró su mano hacia adelante como para acentuar su pregunta. Demetter lo miró y Carantos encogió la mano. Sabía que con ese mazo, el Emperador llegaba a la cúspide de ira. Era un instrumento muy bien trabajado. Tenía el peso justo. Estaba equilibrado. Las agarraderas eras firmes y hechas a medidas de las manos del emperador.
Demetter comenzó con la rodilla derecha.
CRACK
Crujieron los huesos del ansiado. Su voz gutural ya no era más que un sonido casi mudo.
El Shidorl se retorció, se desplomó hacia un lado, pero las cadenas de las manos le impidieron que llegara al suelo. Lloró del dolor, de la impotencia y de la rabia.
— Cuentame Shidorl. ¿Qué sabes de los Telikitas? — Y Darkón bajó el mazo con fuerza para impactar sobre el empeine de Oefus, pero en el último segundo se desvió. Con sus ojos de koratak vió la expresión seria del Shidorl.
Oefus no se movió y miró a Demetter fijamente. Pronunció algo, pero Demetter no lo escuchó y tuvo que acercarse a él. — ¿Cómo te has enterado de los Telikitas? — preguntó Oefus. Demetter sonrió.
— Aaaaahhh ya nos estamos entendiendo. — se burló.
Cambió su expresión a una cara seria y dijo: — Nosotros los Gobernadores de mundos sabemos muchas cosas y más. Además cuando eres invisible al Oráculo de tu especie se pueden hacer muchas cosas.
Oefus miró al vacío mientras pensaba: — invisible al oráculo de tu especie — Y ocupó nuevamente sus ojos de Shidorl para ver en las líneas del tiempo. No había escapatoria. Las líneas se entrecruzaban, se creaban nuevas, algunas desaparecían. Nunca había estado tan confundido. Pero de algo estaba seguro. Aquel Darkón tenía un poder inigualable.
Comprendió de inmediato el destino de Jaden.
Dejando caer su cabeza en señal de derrota dijo. Demetter tuvo que acercar su oído: — Los Telikitas. Dentro del cúmulo de <Nombrar super cumulo de los Kantorianos> Planeta Zertrah. el último vestigio y pruebas están ahí. —
Demetter sonrió y dijo: — No te duermas mi querido Shidorl. No terminamos todavía. Me dirás todo de los Telikitas. Aun lo que no sepas. Pero primero necesito saber por qué Jaden hacía lo que hacía.
El Shidorl, derrotado aún le dijo: — El plan. El plan de nuestra especie. – y tosió sangre. Demetter miró a Carantos y este corrió con una toalla para sacarle la sangre de la boca. En seguida le insertó las cinco agujas del regenerador celular y el Shidorl recobró poco a poco sus fuerzas.
— El plan nos pertenece a todos. Nosotros somos solo servidores. No es nuestro interés tener tierras, ni espacio. Solo servimos al gran consejos Shidorl. Yo no soy más que un estudiante en esta vida, pero en futuras, miles desde esta, seré yo un consejero. Está escrito en mi sangre. —
Demetter le dijo. — Cuéntame más. — Y caminó hacia la mesa dejando el mazo en ella.
— Los súper cúmulos tienen una distancia superior al oráculo. Las ideas planetarias y el gran plan proviene de ahí, del súper cúmulo de Álbaran, y se esparce como una ola por el resto del universo. Pero esta distancia debe ser recorrida por los Shidorl, sólo así el conocimiento se comparte al resto de nosotros mediante nuestras visiones. Es así como nace el plan. Jaden, marcado desde antes de nacer, tiene la capacidad para darnos la información. Pero él es sólo un mensajero. Al igual que Dummur para este super cúmulo. El plan. El plan… —
Y Demetter miraba con emoción a Carantos mientras dejaba hablar al Shidorl.
— El gran plan es devastar a los koratak. Ya no sois necesarios en este universo Darkón. El plan no te contempla. Los Kantorianos, marcados por los Telikitas, desde hace millones de ciclos, son los que deben reinar esta tierra. —
Demetter corrió a la mesa, agarró una daga cónica y corrió al Shidorl. Le hizo sentir el dolor de la muerte utilizando el Khandú, pero no lo mató. Clavó la daga en la parte sobresaliente de la cruz de piedra y dijo: — Aún no… aún no vas a morir, mi joya rota. Aún tienes que cantar más para mí —