Los ecos de una mentira

Darkón caminaba por un pasillo con pasos lentos.

El metal bajo sus pies parecía crujir con cada pisada, como si la estructura entera reconociera la furia de sus entrañas. Iba solo. No necesitaba escolta. Nadie se atrevía a interrumpir al Emperador cuando su silencio era más estruendoso que su voz.

Llegó al salón de comandos y la puerta se abrió sola, reconociendo su presencia. Dentro, Gladius lo esperaba.

Sobre la mesa central, flotaban hologramas suspendidos. Uno de ellos giraba lentamente: una silueta caminando por el planeta Kantor, flanqueado por figuras armadas. Su rostro se iluminó en detalle.

Obnet.

Darkón no parpadeó. Sus ojos, fríos como el hierro de su trono, se fijaron en la imagen.

— ¿Qué es esto? — preguntó sin mirar a Gladius.

Gladius no respondió al instante. Apagó todos los demás hologramas y dejó solo la imagen de Obnet, caminando entre los vivos.

— Está vivo. — dijo Gladius.

— Eso no es posible. Yo ordené su ejecución. Lo mató el Sporo. —

— No. — respondió Gladius — Mató a Obnet, sí… pero no a éste. El que ves ahí… es un clon. Uno perfectamente funcional, creado con material genético real. Los Kantorianos están detrás de esto. —

Darkón entrecerró los ojos. Su mandíbula se tensó.

— Al fin se han mostrado como son. Malditos traidores. —

— No es solo una confabulación, es una declaración de guerra. Están construyendo su propio gobernador a imagen del verdadero. Están burlándose de nosotros, de ti, padre.

Darkón se giró lentamente. Su respiración se hizo más pesada. El zumbido del cuarto se agudizó.

Un pitido se filtró en su oído.

piiiiiiiiii

Darkón parpadeó. Se tambaleó un segundo.

— ¿Lo oíste? — murmuró.

Gladius frunció el ceño.

— ¿Padre? —

Silencio.

Darkón apretó los puños. Sus ojos se clavaron nuevamente en la imagen de Obnet, pero su mirada estaba perdida en otra cosa.

— Te lo dije. No puedes confiar en nadie más que en mí. — La voz… provenía de adentro.

Darkón miró hacia atrás y no vió a nadie. Miró a Gladius con ojos sedientos de violencia: — Esto no puede ser… !NO PUEDE SER! — Y golpeó la mesa con ambos puños.

— Padre. Los Pondaror siempre fueron el enemigo. No puedes pretender que… — Y Darkón le echó una mirada tan aterradora que Gladius dejó de hablar y titubeó.

Gya que estaba a su lado no se atrevió a decir nada. Era la primera vez que veía tan enfurecido al emperador. Incluso los operarios a lo lejos, dejaron de hacer tanto ruido y se dedicaron en silencio a seguir con su trabajo.

— ¡Silencio! — ordenó Darkón.

Gladius solo lo miraba. Ya estaba callado.

El pitido comenzó a desaparecer lentamente de la percepción de Darkón. La voz también, pero el frío que había sentido en la espalda, permanecía.

Gladius lo observaba con atención.

— ¿Qué quieres que hagamos con el clon? —

Darkón respondió sin pensarlo.

— Encuéntralo. Tráemelo. O tráeme su cabeza. Y mándalos a todos al infierno. Tráeme a ese maldito Kantoriano. Necesito matarlos a todos —

Y salió caminando rápido: — Estaré en mis aposentos. —