Un regalo quitado

La puerta de la habitación se abrió con un soplido suave. Gene alzó la mirada desde su

pantalla táctil.

Vladdi estaba de pie en el umbral, sonriendo con esa mueca torcida que siempre parecía esconder algo.

— Vamos, Sporo. Hora de estirar las piernas. — dijo juguetón, como si fuera un simple paseo.

Gene se puso de pie sin decir nada. Se ajustó la chaqueta y caminó hacia él.

Vladdi dijo mientras caminaban por el pasillo — Yo también soy un hombre de secretos. Algunos los comparto, otros… los arranco.

La nave-ciudad estaba en completo silencio, como si todos contuvieran la respiración. Solo el zumbido de los conductos energéticos acompañaba el eco de sus pasos.

Vladdi caminaba ligeramente ladeado, como si no pudiera andar recto ni aunque lo intentara.

— ¿Dormiste bien? — preguntó, sin mirarlo.

— Lo justo. — respondió Gene.

— ¿Tienes sueños vívidos? — insistió Vladdi. — He leído que los Sporo a veces los tienen. También que suelen divagar en sus pensamientos. Y tienen visiones, les dicen algunos. ¿Te ha pasado?

Gene entrecerró los ojos, pero no cambió el tono.

— Sueño con montañas. Con cosas simples. Con mi madre —

Vladdi sonrió.

— ¿Montañas? Qué aburrido. Yo soñé anoche que le arrancaba los ojos a alguien y los usaba como amuletos. — Y se rió de su propia broma. Soltó una carcajada que parecía más un alarido.

Gene no reaccionó.

— Te vas a emocionar, Sporo. — dijo finalmente, al llegar al ascensor.

El ascensor se abrió. Adentro, una única luz tenue iluminaba el espacio.

Ambos entraron.

Vladdi no dejó de hablar.

— Ella ha estado muy bien cuidada, ¿sabes? Una celda especial, tecnología médica avanzada. Le salvaron la vida. El Emperador… bueno, es un hombre de recursos. Si sabes ser útil, claro. —

Gene cerró los ojos un segundo. Respiró hondo. Sintió que las palabras de Vladdi eran como alfileres, suaves pero persistentes.

— Solo digo — murmuró Vladdi, mirando el reflejo de ambos en el metal de la pared — que hay muchas formas de ser útil. Algunas más… íntimas que otras. —

El ascensor se detuvo. La puerta se abrió.

Vladdi lo miró con su sonrisa venenosa.

— Vamos, pequeño. Hora del reencuentro. —

Y salieron hacia la penumbra del pasillo que los llevaría a la sala blanca donde Moira, por fin, lo esperaba.

Aquella puerta se abrió lentamente, tardó casi un siglo. Dejó entrar un haz de luz pálida y estéril. El blanco de la habitación era total. Paredes, suelo, techo. Todo parecía suspendido en un silencio de hospital olvidado.

En el centro, sentada sobre una camilla elevada, estaba ella. Moira.

Tenía los ojos cerrados, el cuerpo más delgado de lo que Gene recordaba, pero aún firme. Su piel era pálida, como la luna de Breeff. Llevaba un delgado vestido gris que caía sobre sus hombros. Su cabello estaba recogido en una trenza suelta que le caía al costado del pecho.

Vladdi no entró. Solo apoyó la mano en el marco de la puerta y dijo en voz baja:

— Tienes cinco minutos, Sporo. Que no se te escape nada. —

Y cerró la puerta con un clic suave.

Gene avanzó, lento. Cada paso se sentía como un ciclo entero.

Moira abrió los ojos.

Tardó dos segundos en reconocerlo. Luego, sin hablar, se bajó de la camilla y caminó hacia él. Sus pasos eran casi imperceptibles.

Cuando estuvieron frente a frente, no dijeron nada. Solo se miraron.

Una lágrima se soltó de los ojos de ella. Gene ya lloraba a cántaros.

Por fin se abrazaron.

No fue un abrazo sutil, ni contenido ni perfecto. Fue crudo, verdadero y roto. Como si intentaran reconstruirse el uno al otro con las manos.

Como si sus cuerpos intentaran cerrar todos esos años vacíos con un solo contacto.

— Gene… — murmuró Moira, apenas audible — Pensé que habías muerto. Nadie me ha dicho nada… —

— Madre… — susurró él, temblando.

Ella se aferró a su nuca, acariciándole el cabello como cuando era niño.

— He pasado tanto. Te extrañé tanto… — dijo Gene. — Yo sólo quería hacerlo bien, mamá…. —

— No importa… no importa. Ahora estás conmigo, mi pequeño Gene. —

El Sporo recordó aquellas tardes lluviosas, de truenos que paralizaban el alma. Cuando ella lo contenía.

Se quedaron así, abrazados, sin hablar, dejando que el tiempo se derritiera entre sus brazos.

Hasta que la puerta volvió a abrirse.

— Basta. — dijo una voz seca.

Dos soldados koratak Puros entraron de sopetón.

— ¡No! — gritó Moira, aferrándose más fuerte a su hijo.

— ¡Los cinco minutos no han pasado! — Gritó Gene.

— Los ciclos de un Emperador no se miden en relojes. — respondió el militar.

Los soldados se acercaron. Gene los vio, pero no se soltó.

— No… no todavía… — murmuró.

Uno de los soldados lo tomó del brazo.

Gene se soltó violentamente.

— ¡No me lleven! — gritó.

Pero el otro lo sujetó por la cintura. Moira comenzó a golpear con sus puños el pecho de los soldados.

— ¡No se lo lleven! ¡Es mi hijo! ¡Es mi hijo! —

— ¡No la toquen! — rugió Gene. Pero ya lo estaban arrastrando.

— ¡Madre! ¡Escúchame! ¡No es tu culpa! ¡Nunca fue tu culpa! ¡No te lo creas! ¡No… te… lo… creas! —

La puerta se cerró con un golpe seco.

El blanco volvió a reinar. El silencio lo secundó y un pequeño llanto revoloteó apagándose entre las paredes.

Gene entró en una sala gris. Habían muchos contrastes de luz y una sombra muy pronunciada hacia el fondo.

Caminó hacia la mesa esposado. Lo sentaron a la fuerza en una silla metálica sin respaldo. Frente a él, en la penumbra, donde se encontraba Darkón.

El Emperador tenía los ojos hundidos. Había algo raro en su postura, como si su columna ya no soportara el peso de lo que sabía. Caminaba en círculos lentos. Respiraba por la boca, profundamente. Su piel, pálida como el mármol dejaba ver una gota de sudor que caía por el costado de su mejilla.

— ¿Cómo mataste a esos koratak? — preguntó, sin saludar.

Gene lo miró, confuso.

— Yo… me hice el muerto. Temí por mi vida. Sólo reaccioné… —

Darkón se detuvo en seco. Giró con lentitud y se acercó hasta quedar frente a él. Lo miró con los ojos abiertos, vacíos, como si buscara algo dentro de su mente…

— Me refiero a las muertes del Búnker. Las cámaras muestran cómo acabaste con cada uno de ellos. Sabías su posición desde dentro del Bunker. —

Gene no dijo nada. Su boca se abrió, pero no salió sonido alguno. Sus pupilas temblaron.

Darkón lo observó un segundo más. Luego gritó.

— ¡Contéstame! —

Y de pronto, en un movimiento que ni el aire percibió, Darkón tomó la silla y la volcó de un golpe. Gene cayó al suelo con ella. El metal retumbó como un tambor de guerra.

El Emperador lo levantó con una sola mano por el cuello. Gene pataleó, apenas alcanzando a respirar.

— ¡Dime qué eres! ¡Qué eres, maldita sea! ¿Qué eres tú? Dime por qué eres neurodivergente. Dime por qué Jaden estaba tan interesado en ti… —

El pulso de Darkón retumbaba en su sien. La gota de sudor cayó de su mentón.

Y entonces… el pitido.

piiiiiiiiii

La voz.

“La Seta. No puedes matar al Sporo”

Darkón se paralizó y soltó a Gene. Lo dejó caer.

El Sporo respiraba entrecortado, con la cara roja, tosiendo. Encorvado en el suelo

La mirada del Emperador cambió. Se limpió la frente. Miró sus propias manos, como si se diera cuenta de lo que casi había hecho.

— No… no todavía… — murmuró para sí.

Se giró, dándole la espalda a Gene, y levantó una mano.

— Carantos. Llévatelo a la sala contigua a mis aposentos. Que quede bajo observación directa. Cada minuto. Cada sonido. —

Darkón habló sin girarse:

— Puedes comenzar las preguntas sin mí… Necesito descansar —

Hizo una pausa.

— Que sienta el dolor. Pero que no muera. No quiero perder… su material genético —

Carantos salió de la oscuridad y levantó a Gene. El Sporo no opuso resistencia. Apenas podía caminar.

Darkón quedó solo, de pie, observando una pared vacía, escuchando sonidos que nadie más oía.