Rompiendo la realidad
Dentro de la sala la luz era tenue. Lo suficiente para ver. Lo justo para no entender nada del todo.
Gene colgaba de la cruz de piedra.
Las cadenas se incrustaban en sus muñecas. Su respiración era lenta, medida por instinto. Por sobrevivencia.
La voz de Carantos flotaba a veces como un mantra, como una canción descompuesta.
— No eres un prisionero, Gene. Eres una pregunta que no se responde. Y por eso… necesitamos abrirte… Quiero ver lo que hay adentro tuyo. —
Las sesiones eran largas. Dolorosas. Pero nunca letales.
Cada vez que el cuerpo de Gene se quebraba, el regenerador celular hacía su trabajo.
Era un ciclo perfecto. Preciso.
Tres días así pasaron.
En los muros de esa sala sin nombre, el tiempo no pasaba como afuera.
Solo había jadeos, murmullos, y a veces, el sonido de herramientas que se limpiaban en silencio.
El tercer día, cuando lo golpearon con los látigos de cuero, no soportó más el dolor y decidió desdoblarse. Su cuerpo se desmayó y dejó de sentir dolor.
En ese segundo que logró estar afuera, sintió alivio. El dolor del cuerpo había quedado atrás. Desmayado con la carne.
Carantos lo reanimó. No tuvo oportunidad de resistirse, fué arrastrado a su cuerpo.
— Vamos pequeño Sporo. Aún no tenemos información sobre tu neurodivergencia, ¿sabes? Los registros de los Sporo no la contemplan. Pero tú… tú eres otra cosa y por eso nos interesas tanto —
Crantos se tocó el hueso tras la oreja. Alguien le hablaba. Caminó hacia la mesa en silencio y cogió una pantalla táctil.
Se la mostró a Gene y éste vio con dificultad a su madre en ella.
Moira no podía dar crédito a lo que veía. Su hijo estaba moribundo, amarrado de pies y manos por cadenas frías.
Comenzó a gritar y a llorar: — ¡Gene! ¡Gene! —
Gene forcejeó. Carantos ni se inmutó. Solo esbozó una leve sonrisa. Una sonrisa ganadora.
Gene forcejeaba desesperado. Hacía que las cadenas se le incrustaran en la piel y después de un alarido de dolor, como el alarido de un animal herido todo quedó en silencio.
En ese momento su ser astral salió de su cuerpo de forma inmediata y su mano quiso agarrar la pantalla táctil que quedó en el mundo de la carne y por un segundo, por tan solo un segundo pudo sentir sobre sus dedos el contacto duro del cristal.
A carantos se le cayó la pantalla de las manos y se trizó en el suelo.
Carantos miró con sorpresa el cuerpo de Gene que parecía haberse desmayado de nuevo.