Un extraño en el vecindario

Gene no lo podía creer. Estaba con ella. Iba despierta tomándolo de la mano desde el asiento de atrás.

Su mente no podía identificar muy bien lo que sentía. Era euforia, miedo, resolución.

— ¿Gya habrá escapado? — se preguntaba acariciando los dedos de su madre

— Mierda le han dado al tanque — Dijo y miró a Moira: — El giroscopio magnético está fallando — apuntando al compartimiento trasero, lugar de los instrumentos sensibles.

Moira lo soltó de la mano y fué atrás del asiento a revisar los artefactos. Llegó a una caja, presionó la clave y se abrió soltando chispas amarillas.

Miró a Gene y le dijo: — Estamos por nuestra cuenta, el computador a bordo no funciona, el disparo ha entrado directo. Tenemos solo una batería. —

Gene apretó una serie de botones y se desplegó un mapa del cúmulo en la pantalla principal. En seguida ubicó la posición de la nave-ciudad y al ojo, ubicó la suya propia. Tomó los controles y giró para perderse en la sombra de un planeta.

Mientras llegaba al gélido paraje, una gigantesca sombra detrás del planeta de hielo puro lo cubrió con su manto, no pudo evitar sentir frío, pero con algo más mezclado. Era un frío interior, que venía desde su médula y terminaba en su piel.

Recordó el momento del escape. Y poco a poco las blancas montañas del titán planetario de enfrente se transformaron en los recuerdos de su huída.

Pestañeaba tupido, pero su mente no estaba en su cuerpo, sino en un recuerdo en el que corría lejos para ocultarse en unas ruinas en llamas. Cuando estuvo seguro que no lo habían seguido abrió el bolso que le arrojó Gya y utilizó un regenerador celular.

Se sintió aliviado poco a poco y bajó su ritmo cardiaco. Se tranquilizó y pensó con la mente fría. Miró a todos lados, debía ser rápido. Seguramente en la pantalla táctil habían instrucciones.

Abrió el bolso y encontró algo oculto. Un pequeño cuadrado metálico de color negro.

— Un traje de batalla —

En seguida lo sacó, lo presionó contra su pecho y fué envuelto por él.

Sacó la pantalla táctil. La encendió y se abrió un archivo de texto. En él una lista de cinco pasos.

Primero la ubicación de una nave de escape y como llegar a ella.

Segundo, la ubicación de su madre.

Tercero, en qué momento actuar en el paso primero y segundo

Cuarto, la ruta de escape desde el segundo paso.

Y quinto, la promesa de Gya de verse de nuevo.

Ahora, asombrado por el hielo blanco en la oscuridad de aquel planeta, flotando en el espacio, se lamentaba por la suerte de Gya y por cómo habían pasado las cosas.

Miraba a su madre en el asiento de atrás y agradecía al universo poder tenerla con él.

Pero sus epifanías terminaron pronto. Un estruendo lo sacó del transe y lo trajo al crudo presente. ​

— Gene… Gene — Escuchó a lo lejos.

Su madre le tocó el hombro: — Gene, ¿me escuchas? — Y Gene la miró.

Estamos siendo arrastrados.

Y Gene miró al frente.

Desde el borde más exterior del hielo blanco de la gran masa planetaria que se erguía frente a ellos, pasó un invitado de piedra. Un planeta desconocido, errante, suelto de su sistema hace ya mucho tiempo. Que amparado por las sombras universales recorría distancias eternas en un peńdulo milenario a través de los cúmulos. Pasaba como un visitante de piedra alocando mareas y gases estelares.

Parecía un asteroide redondo. Sin luz propia, devorando incluso la del exterior. Sin brillo, opaco, apagado.

Parecía que las nubes grises de su atmósfera tragaban toda la luz que lo tocaba.

Gene movió los controles y la nave respondió, pero débilmente.

Moira corrió al panel trasero nuevamente y bajó un switch, y aunque los propulsores de emergencia permanecieron encendidos el tiempo suficiente para dar falsas esperanzas a ambos, la nave, en un intento de ahorrar energía, los apagó.

Cuando Moira había presionado la secuencia de emergencia para asignar la máxima potencia, ya era demasiado tarde.

Aquel planeta sin vida, tragaluz se los llevaba. Los arrastraba…

Se tomaron de las manos.

Cuando se dieron cuenta que ya no había nada más que hacer, que caer al absoluto centro de la oscuridad, se abrazaron.

Se hicieron presión, como componiendo piezas de un maniquí roto. Fue como si sus manos juntaran las partes sueltas de sus cuerpos.

— No moriremos aquí — Le dijo Gene y fué al panel de control delantero.

Moira vió en los ojos de Gene una determinación universal, animal, poderosa. Las luces del exterior parecían aumentadas en las pupilas del Sporo.

—- Siéntate y ponte el cinturón —

Moira obedeció a su hijo.

Gene presionó un botón rojo y se sentó también. Cuando ambos se pusieron los cinturones, quedaron en silencio.

Ambos esperaron en sigilo, debían estar más cerca.

Cuando fué el momento, accionó un switch y una tela paracaídas de Nihilo negro se desplego en la parte posterio.

La nave giró y giró.

Adentro, Moira daba instrucciones a Gene para que no cayera desmayado. Pero fue demasiado tarde, la turbulencia y el giro hizo que ambos perdieran el conocimiento.

El frío lo despertó.

Había una pequeña fuga en la cúpula superior. Sus pulmones exhalaban un vapor banquesino.

No pudo girar la cabeza, los globos de espuma de emergencia mantenían su cuerpo embutido al asiento. Buscó con la punta del pie una protuberancia y ahí estaba. La presionó, los globos se desinflaron y pudo salir.

Se sentía desorientado, mareado. Se apoyó en el armatoste y al caer sentado vomitó.

Intentó levantarse, pero su madre se lo impidió poniendo una mano en el hombro.

Gene se tranquilizó: — Está bien… — pensó: — No en vano fue piloto de guerra por tantos años. — y suspiró.

Moira presionó un botón, dejando que el panel principal soltara una explosión de gas. En seguida la cabina se abrió. Pero la madre no pudo con su peso: — Está débil — pensó Gene y se irguió para empujar con ella.

Al salir se encontraron debajo de un cielo gris oscuro, casi negro, nublado. Bajo ellos nieve blanca. Su nave, enterrada en el pico más alto de un cordón cordillerano.

Inspeccionaron el lugar. Nada, no había huellas de nada. Sólo frío. La quietud acusaba que ningún ser vivía en los alrededores.

Se giró para mirar a su madre. En pocos segundos comprendió que ella estaba en shock, mirando despavorida tras la espalda de Gene.

Gene la miró y le sonrió. — Madre. Estoy bien… no hay de que preo… — y se interrumpió. Las facciones de Moira no se dulcificaban, sino que cada vez se hacían más notorias y un rostro de pavor quedó en ella.

Lentamente, mientras la poca serenidad que había logrado conseguir lo abandonaba, miró atrás. Fue el par de segundos más largos de toda su vida.

Todos los acontecimientos que le habían dado sufrimiento y alegría en su vida pasaron por su mente. Había conseguido escapar de las fauces de los Koratak, había sido torturado. Escapó de los Kantorianos, recuperó a su madre…

Miró atrás y vió a un hombre parado frente a él, que lo miraba sin expresión. Tenía los ojos almendrados, la piel oscura y en su cabeza se asomaban tres pares de hoyuelos que bajaban hasta media frente.

— ¡No! — Grito Moira.

Gene se giró para ver a su madre y el mundo se comenzó a girar.

Perdió el equilibrio por un golpe seco en la nuca. Alcanzó a ver la mano de su madre estirarse para tratar de tocarlo, pero no pudo más que caer desmayado en la nieve.

Antes de que Moira también perdiera el conocimiento logró entender su situación y tembló de miedo.

— No puede ser… un… un… Youkai Nohito — ​ ​