Polos superpuestos

Gya saltó.

Vió que en el futuro cercano, el Kantoriano no bloquearía su golpe.

Giró hacia adelante asestando una patada en el hombro del armatoste.

Karkrauft puso una rodilla en el suelo. Adentro del robot bramó y chistó.

El robot se levantó por las órdenes de su titiritero, Ajustó su espada de fuego. La hizo punzante y filosa. Giró un pomo metálico en su empuñadura. La luz anaranjada de la hoja se reflejaba en los ojos verdes de Gya.

Atacó con un grito, Gya fintó. Saltó a un lado, luego se tiró de frente para caer estirada al suelo.

Karkrauft quiso pisarla, pero Gya rodó.

El Kantoriano enfurecido le gritó: — Deja de escapar y pelea! —

Gya sonrió. Se levantó despacio y de la parte trasera de su cinturón sacó unos lentes oscuros. Se los acomodó mientras le decía: — Quiero mirarte a los ojos cuando te mate —

Así ambos corrieron hacia el centro. Donde las fuerzas que chocan despiden luz, donde se define la línea entre la vida y la muerte.

Karkrauft arremetió con su espada de fuego. Gya corrió tan rápido que en un ágil movimiento se dobló hacia atrás pasando por debajo de la lengua de fuego.

Golpeó el piso con sus pies metálicos y corrió para encaramarse en la espalda del Robot. Se apoyó en sus hombros y saltó.

Antes de caer extrajo su daga cónica y la extendió.

Hubiera dado el golpe final. En ese instante se hubiera llevado la vida de Karkrauft si su Khandú hubiera sido mejor aplicado. Pero la distracción de la muerte y la preocupación por Gene, la relentizaron.

Un cable de hierro incandescente se cruzó en sus pies y antes de caer fué arrastrada lejos.

Los lentes se partieron. Sólo un ojo quedó cubierto.

Con la cara ensangrentada miró hacia arriba y logró distinguir unos ojos pequeños en el rostro de un bebé que parecía muy viejo dentro de un armatoste de metal pulido.

Cerró el ojo descubierto para evitar la mirada directa del Kantoriano.

Aquel robot que la arrastró tenía una capa de perlas blancas que caía a media espalda y su cabeza brillaba como el fuego que se cernía por todas partes, la cubierta dorada en la parte superior titilaba viva y violenta.

— Grimmor — susurró Gya en un suspiro.

Entonces el Emperador Kantoriano levantó su espada de fuego. Parecía que cortaba el aire. El zumbido era estremecedor. De base prominente y afilada en la punta.

La bajó con violencia.

Gya cerró los ojos y recordó todo lo que había pasado. Gene, su hermano. Gladius. Y dijo — ¿Gladius? —

Y abrió los ojos para encontrar la figura del asesino de su hermano interponiendo su daga cónica en la trayectoria del Kantoriano.

— ¡Griiiiiiiimmooooooor! — gritó Gladius. Y el estruendo de su voz se escuchó en cada rincón.

Grimmor retrocedió y levantó el pie robótico del muslo de Gya. Gya gritó del dolor. Ambos retrocedieron.

Karkrauft llegó corriendo y se puso al lado de su emperador. Gladius se irguió y apuntó su daga a los Kantorianos detrás de sus lentes inhibidores.

Ambos, Grimmor y Karkrauft retrocedieron lentamente, perdiéndose entre el humo y las ruinas en llamas.

— ¿Estás bien? — Le preguntó Gladius a Gya mientras le extendía la mano.

— Suéltame… estoy bien — Y Gya le apartó la mano con un golpe.

— Está rota — Dijo Gladius apuntando a la pierna.

— Déjame… te dije… — dijo Gya con un enfado inusitado.

Como pudo se puso de pie y ayudada de su daga cónica, retrocedió para ocultarse entre el humo.

Caminó rápido al hangar: — Tengo que salir de aquí — se repetía: — Gladius no ha visto que salvé al Sporo, pero es cuestión de tiempo para que se entere.

Cogió hasta los estacionamientos. Se tocaba la cara ensangrentada. Arrojó la mitad de los lentes que tenía puestos, cogió un carro eléctrico y se fué a su nave.

Cuando llegó, escribió el código de despegue y salió por las puertas que estaban abiertas. Atravesó la barrera cristalina entre una lluvia de chispas.

Miró atrás a la nave-ciudad comprendiendo que su destino ya no era con ellos. Sabía en su interior que pronto la buscarían para torturarla y matarla. Gladius lo haría en persona.

Frente al negro espacio pensaba en Gene. Lo buscó en el plano estelar, pero no aparecía. — ¿Lo habrá logrado? — pensaba inquieta. Su mente viajaba a muchos rumbos catapultada por sus más profundos temores. Se mordía los labios para no irse definitivamente a otra realidad más cruenta. Entre botones y switches se fué convenciendo de que estaba bien.

Cuando volvió de sus pensamientos escribió las coordenadas de su planeta refugio. Cuando presionó la secuencia final, el espacio aulló a su alrededor. Una luz blanca comenzó a llenar todo cuanto veía y el espacio se contrajo delante de ella.

Llegando a las coordenadas, el espacio se volvió a estirar y la luz rojiza que todo lo abarcaba comenzó a atenuarse. Llegó cerca del pequeño verdoso. Sintió nostalgia cuando lo vió, lleno de nubes grises.

Entró al planeta rápido. Lanzó un alarido de dolor cuando le tocó levantarse y doblar la pierna. Cuando la pasó por fín sobre el asiento del piloto, se lanzó sobre el marco de la escotilla. Como pudo salió y llegó rodando al piso.​

Cerró los ojos y cogió fuerzas. Se levantó y caminó a la cabaña.​ ​ ​ Por fin entró y vió el sillón donde tiempo atrás había estado tomando el té con Gene.

Arrastró su maltrecha pierna hasta su habitación — Tengo un regenerador por alguna parte —

Dobló por una esquina y se fue al suelo.

Aquel día cometió dos errores fatales al no usar su Kandú y bajar su guardia.

Cuando el emperador Kantoriano le agarró los pies con el lazo y ahora.

En el suelo vió unas botas negras que culminaban en unos pantalones azul profundo.

Logró por un segundo ver la cara de su atacante. Piel morena, ojos de color ambar que la miraban atentamente. Una cicatriz en la mejilla.

— Obnet … — dijo y todo se volvió negro.