La apertura de una flor
Todos sin excepción tuvieron que abandonar Uzkar V. Pero lejos de sentir miedo o rencor, todos sentían exaltación, excitación. El ímpetu de la sonrisa en sus rostros, el brillo de sus ojos acusaba su fanatismo por la lucha. Sólo debían agruparse.
Gladius vió en el radar de su nave como todos los puntos amarillos se juntaban en su propio destino. El planeta Caiobos. Lugar de entrenamiento.
Miró por el vidrio y vio varias naves koratak convertirse en estrellas fugaces mientras se perdían en el vacío, alargándose y dejando una estela como la piel muerta de un reptil.
Tomó una pantalla táctil del panel. Puso su dedo sobre ella y enseguida despertó diciendo: — Gladius Segundo. Bienvenido. —
Gladius introdujo su clave personal y abrió el intercomunicador. Se conectó con el dispositivo implantado detrás de su oreja y llamó al Emperador.
— Gladius. Hijo. ¿Qué ocurre? — Respondió Darkón.
— Hemos sido atacados padre. Vamos al planeta Caiobos —
Silencio…
— ¿Qué..? —
— Padre, hemos sido atacados por los Kantorianos, la nave-ciudad ha sido destruida. Vamos al planeta Caiobos —
— El Sporo… ¿Lo tienes? —
Gladius se extrañó de la pregunta.
— Gladius… oye ¿Me escuchas? el Sporo ¿Lo tienes? — Replicó Darkón por el intercomunicador
— No padre… Creo que murió en la nave… —
Y se escuchó el pitido de cierre de comunicaciones.
Darkón, perplejo por el llamado de su hijo, se dejó de tocar el hueso tras la oreja y miró a Dummur.
— ¿Tu sabías de esto? — Y saltó sobre él tomándolo del cuello. Lo arrastró a una pared. El golpe seco del cuerpo del Shidorl resonó en la habitación de cuarzo frío.
Claro que lo sabía le dijo mirándolo a los ojos.
El Shidorl levantó su mano y las mangas cayeron en su antebrazo. Sobre el índice y el pulgar tenía un pequeño dispositivo con un solo botón.
Lo presionó.
Enseguida el Khandú de Darkón se distorsionó. Pestañeó y se sacudió la cabeza.
Un pitido comenzó a sonar.
Estaba viendo diez segundos al futuro, tenía solo diez segundos para reaccionar.
No tuvo más que hacer que atacar al Shidorl lanzándole un puñetazo justo en medio de los ojos.
Pero el golpe dió en la pared. El Shidorl movió la cabeza a un costado.
— Maldición, he relajado mi mano — pensó Darkón.
Lo apretó de nuevo.
Subió la rodilla para darle entre las costillas y dejarlo sin aire, pero el Shidorl interpuso su pierna en la trayectoria.
Los huesos del Shidorl crujieron y ahogó un grito de dolor.
— ¡Pero qué está pasando! — gritó Darkón.
Siete segundos.
El Shidorl levantó su mano derecha y pasó su brazo por ensima de la mano que tenía en el cuello y logró zafarse.
Darkón rugió de rabia.
En un segundo saltó de nuevo sobre el Shidorl.
Dummur que estaba parado solamente en un pie, desvió con gran precisión el ataque de Darkón, pero el movimiento ya había sido previsto y Darkón lanzó un puñetazo con la otra mano.
Dummur le dió la espalda y se agachó.
— Esquivó mi golpe — Pensó Darkón.
Cinco segundos.
Entonces se barrió en el piso destabilizando al Shidorl y cayendo en el suelo.
Darkón le lanzó una patada a la cara con la planta de su pie metálico, pero el Shidorl logró bloquear el ataque con sus manos y saltó golpeándose la espalda con la pared.
Darkón vió que en tres segundos más dejaría de funcionar su Khandú .
Corrió al centro de comandos para apagar el pitido, pero en mitad del trayecto cayó al piso. Miró su pie metálico y vio una mano de piel verde que lo sostenía. Dummur lo había apresado.
Le pegó en los dedos. Dummur rugió de dolor.
Darkón logró ponerse de pie, pero fue tarde, el hecho de ver su habilidad de “Traer el futuro” disminuída lo ralentizó. Casi al llegar cayó al piso agarrándose la cabeza.
Dummur suspiró mirando el espectáculo.
Las luces del difusor de pusieron verdes y una serie de pitidos a intervalos muy cortos comenzó a sonar.
Darkón se retorció en el piso tapándose los oídos.
Cuando estos cesaron, Darkón no sintió más dolor. Se despabiló y se puso de pie.
Vió al Shidorl en el piso y le dijo: — ¿Esto era todo? — Y corrió sobre él: — ¿Esto era todo? —
Y los pitidos comenzaron de nuevo.
Darkón gritó nuevamente y se fue a tierra.
Dummur le dijo: — Esto está recién comenzando. —
Los pitidos cesaron una vez más.
Darkón comprendió que tendría poco segundos para matar al Shidorl así que se apresuró en ponerse de pie y saltó sobre él. Pero en la trayectoria, los pitidos.
Luego cesaron de nuevo, luego volvieron.
Luego frente a sus ojos vió un óvalo negro con dos estrellas girando entre si. Formaban la figura del yin y el yang.
Entre las visiones vió como Dummur, malherido, se arrastraba hacia él. Jadeaba mientras le metía una aguja por el cuello.
Los pitidos se hacían más intensos.
En su memoria vió recuerdos con los Kantorianos. Con Grimmor sonriendo de placer. Con Dummur en la oscuridad susurrándole cosas.
Y escuchó esa voz de nuevo. Su propia voz, pero venía de afuera: — Ven aquí… —
De pronto se sintió tragado por los vórtices negros que veía en su mente y dejó de moverse.
Su respiración se tranquilizó poco a poco.
Los pitidos ahora resonaban más persistentemente. Pero se paró tranquilo, fue al centro de comandos y los apagó.
Se giró mirando al Shidorl. Su cara acusaba dolor y jadeaba de cansancio en el piso: — Hola, mi querido Dummur. No es necesario que te postres en el suelo, por favor levántate. ¿Cómo has estado? No nos vemos hace mucho tiempo —